Público
Público

La Pamplona de Hemingway

Un estadounidense en la vieja Iruña

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Le gustaba beber y comer, los toros y las mujeres. Vamos, lo corriente'. A esta descripción del típico vividor cañí respondía, en realidad, un premio Nobel de Literatura nacido en los suburbios de Chicago. Las palabras se las dedicaba cariñosamente a Ernest Hemingway su amigo Jerónimo Echagüe, corredor de encierros y compañero de veladas regadas con brandy.

Hemingway pasó nueve veranos en Pamplona. Vivió la esencia de la ciudad, corrió y resultó herido en los encierros, entabló amistad con todo el paisanaje taurino, se divirtió y se emocionó con tardes de toros, se enzarzó en peleas taberneras, comió ajoarriero en restaurantes familiares, pescó truchas, bebió, trasnochó... y lo escribió todo. Antes de que Hemingway llegara por primera vez a Pamplona, en 1923, lo poco que se decía en el extranjero de esta ciudad navarra es que los toros andaban sueltos por la calle.

Raro es el bar que no exponga un cartel que rece «Hemingway estuvo aquí», aunque nunca pisara el establecimiento

Hoy, 50 años después de que el escritor americano visitara la ciudad por última vez, los pamploneses le rinden homenaje en cada rincón. Raro es el bar que no exponga un cartel que rece 'Hemingway estuvo aquí', aunque nunca pisara el establecimiento. Su nombre es un imán. Como decía su sabio amigo, la ciudad es uno de los destinos del turismo internacional gracias a él.

Para empaparse del recuerdo de Hemingway, lo mejor es tomar una copa de brandy Fundador en la terraza del Café Iruña, en la plaza del Castillo. Este establecimiento conserva el mismo aspecto que le cautivó. Aquí protagonizó sonadas trifulcas, una de las cuales acabó en la comisaría horas antes de que otro de los detenidos, su amigo Antonio Ordóñez, saliera a torear.

El Gran Hotel La Perla es otro de los 'rincones de Hemingway'. También situada en la plaza del Castillo, fue el primer lugar al que el joven reportero del Toronto Star acudió para alojarse, en 1923. Pero no se lo podía permitir. Cuando regresó a Pamplona, en los años 50, se hospedó en él. Sin salir de la plaza, los más nostálgicos pueden tomar una cerveza en Tropicana, en el mismo edificio que albergaba el Hotel Quintana. Aquí, el norteamericano entabló amistad con su dueño, Juanito, un gran aficionado a los toros que le introdujo en el ambiente taurino.

El ayuntamiento ha organizado una exposición que recuerda a Ernesto, como lo llamaban aquí, en los sanfermines de 1959 a través de las fotografías de Julio Ubiñá para la revista Paris Match.