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Patogénesis de la palpitación

Si tu padre no estuviera tan convencido de que es mucho mejor persona que yo, créeme que ninguno de los tres tendría por qué estar pasando por nada de esto

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Si tu padre no estuviera tan convencido de que es mucho mejor persona que yo, créeme que ninguno de los tres tendría por qué estar pasando por nada de esto. Yo seguiría sin saber a qué se dedica exactamente un trabajador social, por ejemplo, y no tendría por qué entrar de puntillas en mi propia casa. Es verdad que al principio sí me empecé a descontrolar por cosas que a lo mejor no eran asunto suyo, pero él tampoco me supo servir nunca de apoyo y no hay que ser muy listo para entender que eso es lo que al final me ha destrozado. Si ahora mismo se despierta, me encuentra aquí y vuelve a pedirme las llaves, creo que hoy sí se las voy a dar. Así igual hasta recapacita y se da cuenta de lo mal que se está portando.

Yo ya estuve encerrada en casa muchos meses, desde que el verano pasado tuve dos faltas seguidas hasta que dejé de darte el pecho, más o menos, y te juro que jamás lo vi como un sacrificio ni me supuso un esfuerzo. En cuanto decidimos que te queríamos tener, enseguida me hice a la idea de que así iba a ser el resto de mi vida. No sentí miedo ni me dio ninguna rabia porque, por encima de todo, estaba muy ilusionada con algo que en realidad llevaba deseando desde pequeñita. Igual no era el momento más indicado, pero también lo hablamos y llegamos a la conclusión de que nos podíamos pasar años esperando y a lo mejor nunca se presentaba ese momento. Por un lado yo todavía tenía algún tema que solucionar, pero por otro veía muy claro que en el fondo sólo era cuestión de manejar un motivo importante, que en cuanto manejara un motivo importante iba a tener más fuerza de voluntad y todo me iba a resultar mucho más fácil. Estaba segura de que mi gran problema era no haber tenido nunca nada por lo que luchar, o no haber asumido casi ninguna responsabilidad, pero teniendo un motivo importante sabía que iba a poder dar lo mejor de mí, y ese motivo fuiste tú.

Él se pasó todo mi embarazo enfadado porque yo no era capaz de dejar el tabaco, cuando hasta el médico nos dijo que si sólo fumaba un par de cigarros al día era casi como ser fumador pasivo y no había que preocuparse. Después di a luz y desde el primer día sentí todo el rato unas ganas horrorosas de llorar, pero siempre había gente de visita en casa. Se sentaban en el salón, le quitaban el volumen a la tele y empezaba la tertulia, que no se sabía nunca cuándo podía acabar, y a mí no me quedaba más remedio que poner mi mejor cara y aguantarme. Tus abuelos venían todas las tardes con un montón de comida preparada, yo te juro que nunca los había visto tan contentos. Un día incluso me llegaron a decir lo orgullosos que estaban de mí y lo mucho que se les caía la baba con su nieta, y justo en ese momento se me hizo un nudo en el estómago y les tuve que decir que me había subido la migraña para poder ir a tumbarme un rato a oscuras.

Con 10 meses te apuntamos a la guardería y más o menos por ahí fue cuando empezó a complicarse todo. Yo a tu padre le intenté explicar que a veces la depresión postparto podía durar incluso más de un año y que precisamente las mujeres con problemas de autoestima o con una relación de pareja conflictiva eran las más propensas. Cuando me acompañó a la consulta le oyó decir bien claro que, si en algún momento yo no te hacía mucho caso o no era demasiado cariñosa contigo, por nada del mundo había que echármelo en cara, porque lo que me estaba alterando el comportamiento era un proceso hormonal. Le dijo que había que ser comprensivo, pero en lugar de comprensión yo lo único que noté fue un rechazo increíble, todo el rato con miradas superfeas y malas contestaciones, y cada vez me fui sintiendo más juzgada y más culpable.

Tú no te imaginas lo que es convivir con una persona y saber que sólo está contigo porque le da terror quedarse solo. Tu tío Sergio me lo ha dicho un millón de veces, que en verdad Antonio es un soltero camuflado y que, de todos los novios que tuve, lo triste es que me quedara con el único al que se le veía a la legua que era intrínsecamente un infeliz, y que encima no tenía sentimientos de ninguna clase. Entiendo por qué lo dice, pero también sé que tu padre en el fondo sí me quiere. El problema es que la idea que él tiene de lo que significa querer a otra persona ya no cuela, es como cuando la gente creía que la sangre salía del hígado, después iba llenándose de porquería por todo el organismo y al final se purificaba en el corazón. Luego llegó Miguel Servet y dijo que no, que en realidad pasaba bombeada del ventrículo derecho a los pulmones, y que al mezclarse con el oxígeno se transformaba en alma, porque el alma era una cosa universal, compartida, que te iba entrando por el cuerpo cada vez que respirabas. Para mí esa es la mejor definición que se ha hecho nunca del amor, pero si fuera por tu padre la gente seguiría creyendo en la teoría de los humores.

Yo no sé si piensa volver a dirigirme la palabra alguna vez, pero al menos estoy tranquila porque estas noches me están sirviendo para darme cuenta de algo que es fundamental. He estado hablando con un amigo al que puede que ya no le quede en la vida mucho más que lo que cuesta una pensión, pero igual por eso mismo sí que sabe unas cuantas cosas sobre lo importante que es luchar por lo que uno quiere. Le he contado un montón de historias y lo que me ha ayudado a entender es que, si te paras a pensar, en realidad siempre sabes dónde están esos dos o tres cabos de los que te vas a agarrar cuando estés a punto de tocar fondo, o qué es exactamente lo que te va a animar a sacar fuerzas de flaqueza en el último momento. Es como un sexto sentido que siempre está ahí, como eso que dicen que percibes cuando tu hermano gemelo está en peligro o ha tenido un accidente. Él es bastante mayor, pero desde muy joven lleva pasando por una desgracia detrás de otra y reconoce que ya no se acuerda de la última vez que se despertó sin temblores. Dice que, cuando descubrió lo sencillo que es todo en realidad, en su caso ya hacía tiempo que era demasiado tarde.

No sé muy bien cómo me ha hecho comprender que lo mío no tiene ninguna mala pinta. Hace un rato estábamos viendo amanecer desde el mirador y, sin venir a cuento, me dijo que se nota mucho que hay algo por lo que yo estaría dispuesta a dar la vida. Él cree que eso es como un certificado que garantiza que no te puede pasar nada muy malo. A mí se me saltaron las lágrimas y le conté que llevaba toda la noche con unas ganas locas de venir a esperar a que te despertaras para darte un beso. Por eso estoy aquí y no es sólo que daría la vida por ti, sino que sé que cada día que pase voy a ser mejor persona simplemente porque tú estás en el mundo. Puede que haya momentos en los que te preguntes por qué no estoy contigo, pero ya casi no me inquieta porque me siento mucho más fuerte y cada vez tengo más claro mi objetivo. Mi máxima ilusión es estar siempre aquí para cuidarte y dentro de muy poco lo voy a conseguir. Ya no vas a tener que preocuparte por nada. Yo nunca voy a permitir que te hagan daño, básicamente.