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Picaduras de mosquitos, una furgoneta cargada de melancolía y un montón de amigos, con Sidonie

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El sábado pasado me levanté temprano. A primera hora de la mañana iba a salir con el grupo camino a Aranda de Duero. Esa noche tocábamos en el Sonorama, festival que en los últimos años se ha reivindicando como uno de los más atractivos de la Península.

'Los mosquitos me han torturado esta noche' me quejé. '¡Han hecho una masacre conmigo!' Rascar el picón me sienta bien, es el único placer que hoy siento que puedo provocar, aunque este sólo dure un segundo y hacerlo empeore luego las cosas. ¿A quién le importa eso cuando ya no te soportas y todo, bajo tu coraza, sabes que está a punto de hacerse añicos?

Es extraño subirse a la furgoneta así de raro y melancólico. Cuando eso ocurre, te conviertes en el personaje de una película sensiblera y cursi, demasiado distinta a cualquier escena relacionada con la vida del R'n'R. Mi corazón latía sin el compás del pop. Lo hacía con la temible arritmia de la incertidumbre amorosa.

Cuando me vi con el resto de la banda, me estaban esperando donde suelen recogerme con la furgoneta. Al verles, abracé bien fuerte a cada uno de ellos y les dije al oído que les quería. Era importante para mí que lo supieran, porque yo sabía que iba a estar todo el día tonto de cojones. Tomé asiento y empezamos el viaje. De inmediato, sentí algo que creo que uno no puede entender si no ha estado nunca con su grupo de gira. Sentí una ligera sensación de tranquilidad, de alivio, de dejar el mundo afuera, de hogar extraño pero realmente familiar. Y sentí que el amor de ahí dentro y nuestra música se iban a cargar, de un momento a otro, toda la tristeza que yo llevaba a cuestas. Sólo era cuestión de tiempo...

¿Habéis usado alguna vez tapones de espuma para las orejas? Para quienes no sepáis de lo que hablo, os adelanto que son un rollo. La semana pasada, terminé comprándome unos para ir de gira. Después de comer, en la furgoneta, se me ocurrió estrenarlos. Vi que Marc, a mi lado, los tenía puestos mientras leía Kafka en la Orilla. Yo también quería leer un rato y con la furgoneta en marcha y las ventanas medio abiertas para combatir el calor, el ruido resultaba realmente molesto. No usaba tapones de este tipo desde que estudiaba en la biblioteca de la facultad, de modo que el acto previo a ponerlos en mis oídos resultó muy nostálgico. Luego, topé con una ligera dificultad olvidada: después de estrechar la espuma con los dedos para que esta pueda entrar por el conducto auditivo, la maniobra de colocación debe ser rápida, para que la espuma no se ensanche antes y tengas que intentar lo mismo de nuevo.

Si eso te ocurre varias veces, lo cual puede pasarte si eres tan torpe como yo, terminas poniéndote de los nervios. 'Es como el amor', pensé. 'En el tiempo de entenderlo y desearlo de verdad para que penetre en tu corazón para siempre, puedes perderlo si tu maniobra no es suficientemente ágil'. Innegablemente, si unos tapones de espuma baratos habían inspirado una de mis peores metáforas sobre el amor, significaba que la amistad y la música contenida en aquella furgoneta todavía no habían conseguido liberarme de mi atontada melancolía.

A las 22:20 h. empezaba nuestra actuación en el festival, una de las últimas de nuestra gira veraniega presentando El incendio. Era una cita importante de verdad para nosotros. Íbamos a tocar ante mucha gente y sentíamos la enorme responsabilidad de hacer un Bolaken (así es como llamamos a los bolos que se convierten en inolvidables). Media hora antes empezamos a cambiarnos, muy concentrados, con ganas de demostrar lo que siempre hemos creído que nos hace personales. Inicié luego mis ejercicios de calentamiento y empezamos con todos los rituales que, sin falta, se repiten de forma supersticiosa antes de cada concierto.

'Chicos, hay que salir', nos anunció Leo, nuestro road manager. Y entonces, mirándonos a los ojos, brindamos con nuestras copas y luego nos besamos, todos a la vez, agarrados en círculo. Y salimos a escena en medio de un aplauso del público que es imposible que alguna vez podamos olvidar. Sobre el escenario, sentado delante de mi batería (¡cuántas veces habré dicho que allí es donde me siento más feliz!), me aseguré que Vicen (guitarrista), Baldo (teclista), Jes y Marc estuvieran listos para que yo pudiera marcar con golpes de baquetas el inicio del concierto.

En ese preciso instante, todo, todo excepto el público y nosotros, desapareció por completo. Tocamos nuestra música, y eso supo curar, una vez más, cualquier tipo de melancolía. Tan sólo era cuestión de tiempo.