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El poeta que vivió dentro del papel

Devoto del lenguaje y la palabra, una vasta exposición celebra en Madrid el centenario de Miguel Hernández

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Decir que la vida está llena de sombras es lo mismo que decir que la vida está llena de luz. Miguel Hernández lo entendió casi desde el principio y por eso escribió que 'siempre hay un rayo de sol en la lucha que deja la sombra vencida'. Porque la luz, incluso la eléctrica, hay que encenderla, y eso se hace aniquilando sombras.

A Miguel Hernández le dejaron morir de tuberculosis en un penal de Alicante en 1942 a los 32 años de edad. Poco tiempo, pero suficiente para acabar con muchas sombras. La que le quitó la vida, de nombre totalitarismo, no logró sin embargo quitarle la esperanza, que quizás es más que la vida. Y él, que la vida la encontró en las palabras a través de un lapicero y un papel, se aferró a un rollo de papel higiénico en sus últimos días para seguir siendo libre aunque fuera entre barrotes.

'Él venció la sombra', coincidía hoy José Carlos Rovira, comisario de una vasta exposición sobre la vida y obra del poeta oriolano con motivo del centenario de su nacimiento, inaugurada hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid. Aquel rollo de papel de váter donde escribió sus últimos versos, sus últimos relatos, era su pasaporte a la libertad. 'Él gozaba de una profunda libertad interior y es uno de los valores que transmite. Tanta libertad interior que se negó a retractarse de sus ideas, incluso después de ofrecerle salir de la cárcel', explicó Rovira.

Parecía que Hernández, que tanto peleó por la poesía, sólo quería vivir dentro de ella. Todas esas cartas románticas a su mujer que se exponen en la muestra, donde suspira por un reencuentro que no llega, hacen pensar que hasta el amor lo quería vivir escrito a lápiz.

Hizo de cabrero, soldado y periodista, pero siempre desde su condición de poeta. Así lo decía en una angustiosa carta: 'Yo me ahogo en mi casa. Me dicen que no hago nada. Y yo no respondo que en los seis meses que no hago nada he hecho más que nunca... Ellos no sabrán que leer y hacer versos e inclinarse sobre la tierra, o sobre las cabras, son la misma cosa'. Ellos es su familia, sobre todo su padre, que a los 15 años les sacó del colegio y le puso a cuidar cabras pese a sus buenas calificaciones.

El autor de Perito en lunas se enamoró de las palabras, como muestran los numerosos manuscritos, escritos con esmero, algunos exclusivamente dedicados a anotar sinónimos y definiciones. 'Se hizo a sí mismo con un trabajo tenaz sobre la palabra poética', explicó el comisario de la muestra. Era un loco del lenguaje, capaz de partirse de risa porque un amigo le escribe en una carta algo como 'la choza del ringorrango'.

La exposición ofrece una rica información y documentación de su estancia en Madrid, donde la poesía le llevó en 1931 a pesar de su pobreza y sufrimiento. 'Madrid es cruel. Acabo de llegar a casa perdido, con los pies destrozados. Desde las dos de la tarde andando con estos zapatos, los únicos, y rotos y llenos de agujeros... a la estación de Atocha a recoger dos cajas de naranjas que han mandado mi madre y mi hermana', le escribía a su amigo Ramón Sijé en 1932.

En 1936 se hizo comunista y zapador, pero sin dejar de ser poeta ni olvidarse de las palabras. De ellas se servía para arengar a los soldados republicanos en el frente de Extremadura, donde estuvo desplegado en mayo de 1937. Y pese a vivir semejantes acontecimientos, en el centro de la historia de España del siglo XX, él siempre encontró su verdadero mundo en lo cotidiano, en versos como aquel que decía: 'En cuclillas, ordeño una cabrita y un sueño'.