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Postales desde el infierno

Un libro rescata, 90 años después, las cartas que enviaban desdelas trincheras los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial

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'Tan importante como la sopa, el trozo de pan y el vino'. Así de crucial era el correo con las familias para los soldados franceses enviados al matadero de la Primera Guerra Mundial. Un libro recientemente publicado en Francia, Cartes postales de poilus, rescata las postales escritas por los soldados y sus novias y completa el paisaje del destrozo humano causado por la conflagración.

La obra, del sociólogo Georges Klochendler y del historiador Jean-Yves Le Naour, retrata a través de los correos de los soldados a sus amores y familias, la historia de la primera conflagración masiva del siglo XX. Esa que demostró, con sus ocho millones de muertos, sus 6,5 millones de inválidos, sus 4,5 millones de viudas y sus ocho millones de huérfanos, lo civilizadas que eran las naciones occidentales.

Especialmente en el caso de Alemania, donde la Gran Guerra dejó un agujero demográfico visible a lo largo de todo el siglo. En Francia, los soldados patrióticos veían la guerra como un paso más en la Revolución de la ciudadanía, pero fueron dirigidos por aristócratas que no dudaron en usar con desdeño la carne de cañón del populacho.

La postal, ese pequeño rectángulo de cartón ilustrado en la cara y página en blanco en el verso, se convirtió en el medio privado por excelencia para los soldados, cordón umbilical con la vida. Gracias al poco espacio que dejaba para escribir, los soldado, bautizados poilus (peludos) podían ser concisos. En el caso de los iletrados, podían intentar escapar a demasiados errores ortográficos.

Las cartas muestran desde el fantasma patriótico hasta el fantasma erótico, pasando por la imagen idílica de unos padres admirativos ante el apuesto hijo soldado. Hay incluso una postal en la que un joven soldado, padre de familia, puede observar a su bebé ya vestido de militar y meando en un casco alemán mientras toda la familia observa extasiada al futuro héroe.

Las postales eran también la lucha cruel por intentar mantener la esperanza de escapar al matadero de las trincheras. Por ejemplo, un joven poilu evoca en un breve correo, con palabras apenas autocensuradas, la esperanza de sufrir la 'buena herida', la que le devolvería a casa en una camilla sin destrozarle para siempre. Terrible contraste con algunas de las postales del inicio de la guerra, cuando muchos esperaban que fuera breve e indolora. Ni una sola huella queda en los correos de los intentos de deserción, de las desobediencias y de los fusilamientos. La censura y la autocensura es la madre de la guerra.

Para los enamorados, escribirse era la esperanza para mantener vivo el amor. 'Nuestro exilio ha acercado nuestros corazones', escribe un soldado. Algunas novias, en sus letras,prometían premio para el regreso: '¡Ese día, nuestro reencuentro va a ser la bomba!'.

Hacia el 10 de diciembre de 1918, un mes tras el armisticio, algunos soldados franceses se divertían escribiendo directamente en postales confeccionadas por el enemigo. Pero los gestos de bravuconería no borran uno de los momentos más impresionantes del libro de postales. Es la historia de un desconocido, el capitán Benjamin Simonet.

A Simonet le acababan de anunciar que le tocaba esa mañana salir de la trinchera y avanzar frente al enemigo sobre tierra de nadie. Así que escribió tres líneas a su esposa el 13 de marzo de 1915 a las seis y media y dejó la postal al encargado de la expedición del correo. Minutos después la orden se hizo efectiva: se alzó, saltó de la trinchera, dio unos pasos y fue aplastado por un obús.