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Potter y el oscuro mundo adulto

'Las reliquias de la muerte: Parte 1', adaptación del último libro de J. K. Rowling, abandona definitivamente el tono infantil

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A punto de llegar a la conclusión (esta es la penúltima entrega que veremos en cines de las aventuras del mago, a falta del estreno en 2011 de Las reliquias de la muerte: Parte 2), las películas de Harry Potter se han retorcido, y han adquirido un tono tan oscuro y siniestro que difícilmente serán soportables para los más pequeños de la casa. No es casualidad que Potter tenga ya 17 años, y se espera que su público haya crecido y madurado con él. Una edad que representa muy bien cierta visión trágica de la vida, la que trae consigo el abandono de los ideales de niño y esa certeza del mundo como un lugar seguro y con algo de orden, que se da de bruces con la realidad de los adultos, esa otra que suele expresar con palabras justo lo contrario de lo que se piensa.

Quizá el rasgo más representativo de esta concepción adulta de la vida sea el aburrimiento. La maldición del trabajo. El día a día, que deja de ser excepcional para consumirse en jornadas intercambiables unas por otras. Nada más arrancar Harry Potter y la reliquias de la muerte, vemos hacia donde ha ido avanzando la saga: muerto el buenazo de Dumbledore, vigía de la ética y las buenas maneras, el mundo de los magos luce pleno de rutina, corrupción, represión y falta de moral.

El tono oscuro y pesimista de la película va más allá de la estética: olviden los partidos de quidditch, las peleas sobre escobas, las bromas en el colegio Hogwarts, porque en esta penúltima entrega apenas hay acción y todo se desarrolla a partir de conflictos típicos de los adultos producidos por la traición, los celos, el poder y la corrección política.

Ni siquiera Potter se libra de la política. La victoria de los mortífagos la facción más negra de magos, seguidores de Voldemort, ha llevado al mundo paralelo creado por Rowling a parecerse al nuestro. Voldemort ejerce de maestro de ceremonias, que coloca a los suyos aquí (en Hogwarts) y allí (el Ministerio de la Magia) como el padrino de una mafia que recuerda al Al Capone de Los intocables de Elliot Ness.

El Ministerio de la Magia va camino de convertirse en el eco de un antiguo ministerio nazi. Ahí donde los ven con sus capas y gorros, los magos malvados andan obsesionados con la pureza de la sangre. Voldemort no cree en la igualdad entre humanos (corrientes, llamados muggles por Rowling) y magos, y quiere depurar la sociedad de mestizos e impuros. Hay una escena de un juicio a una bruja, condenada por no tener sangre 100% 'de mago', y es especialmente desolador ver a un pálido Ron Weasly, uno de los amigos de Potter, escuchar la radio como un desesperado, esperando no oír nunca el nombre de sus familiares entre los interminables listados de detenidos por las autoridades.

Las reliquias de la muerte también se muestra más condescendiente con la violencia visual y hasta se regodea en cierta crueldad hacia el más débil. Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter) disfruta torturando a Hermione (Emma Watson), que queda marcada con las palabras 'sangre sucia'.

Con todo lo dicho, la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte es desconcertante. Para niños y para adultos. Y es confusa en sentido literal. Por un lado, a estas alturas de la historia, el desenlace no puede llegar a golpe de suerte, casualidades y visiones. Potter se merece algo más. Por otro, imaginamos que su director, David Yates, se ha guardado la artillería pesada y las escenas de acción para la segunda parte, que ya venden como 'un final épico'. En esta mandan los conflictos internos, pero también un ritmo lento y torpe, con problemas de movilidad. Hasta en esto Harry Potter y las reliquias de la muerte parece sufrir los efectos de 'hacerse mayor'.