Publicado: 19.11.2016 11:49 |Actualizado: 19.11.2016 21:47

Pucho Boedo: llanto por el Frank Sinatra gallego

El Concello de A Coruña concede una calle al ‘crooner’ que, al frente de Los Tamara, puso banda sonora a la emigración y fue pionero en el uso de la lengua vernácula con Franco

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El cantante coruñés Pucho Boedo, la estrella de la orquesta Los Tamara.

El cantante coruñés Pucho Boedo (en el centro), estrella de la orquesta Los Tamara.

Una mujer ingresa en un hospital de Miami tras sufrir un violento atraco. Sufre amnesia y no se acuerda ni de su propio nombre. Los encargados del centro médico no saben a quién enviarle las facturas, pues lo único que sale de su boca son retazos de canciones que remiten a Galicia, la madre tierra de tantos cubanos que dejaron atrás la isla. “A Santiago voy / ligerito caminando y con mi paragüitas / por si la lluvia me va mojando”. El corte figura en la cara A de un sencillo de Los Tamara editado en 1967, cuyo reverso se apropia del I Feel Good de James Brown, rebautizado para la ocasión como Soy muy feliz. “A Santiago voy / ligerito suspirando por mi niña Carmela / que en Compostela me está esperando”, canturrea la señora, mientras el cónsul español la busca por toda la ciudad. Sus vecinos desconocen su paradero y las cartas se acumulan desde hace un año en el buzón. El diplomático pregunta aquí y allá por María Romo, pero nadie sabe quién es. Ni siquiera ella.

El cerebro, cuando su propietario sufre, trata de barrer los malos recuerdos, mas también desempolva el primer beso furtivo, la llorera después del parto, el chorro de voz de Pucho... Al cónsul le dijeron que desconocían a la tal María, aunque le indicaron que había una paciente que no dejaba de repetir la canción compuesta por Ricardo Ceratto, un argentino que había escrito letras para Raphael hasta que se convirtió al cristianismo, abandonó la música secular y lanzó discos como Vamos a aplaudir a Dios. La prosaica letra de A Santiago voy fue el pasaporte que permitió a una mujer amnésica volver a su tierra con los suyos. Ese cordón umbilical que durante tres décadas la conectó con Galicia sigue siendo la banda sonora de los gallegos en la emigración, que no pueden contener las lágrimas cuando suenan los acordes de piezas como Unha noite na eira do trigo, una balada basada en Cantiga, el primer poema escrito en la lengua vernácula por un bisoño Curros Enríquez. “Lonxe dela de pé sobre a popa / dun aleve negreiro vapor / emigrando camiño de América / vai o probe e infeliz amador”.



Detalle del disco de Los Tamara 'Afro cha cha bolero chipi chipi'. A la izquierda, Pucho Boedo.

Detalle del disco de Los Tamara 'Afro cha cha bolero chipi chipi'. A la izquierda, Pucho Boedo.

Aunque hace referencia al lloro desconsolado de una adolescente que ha visto partir rumbo a América a un amor destilado bajo la luz de la luna, Los Tamara provocaron inundaciones en pisos y barracones de obreros diseminados por Suiza, Holanda, Alemania, Reino Unido, Francia o Bélgica, que concentraron desde los años sesenta la mano de obra gallega. Hasta esos lejanos destinos acudió con su orquesta Prudencio Romo, que, como ya habrán supuesto, era el hermano de María. No sabemos si el remedio era peor que la saudade —esa enfermedad no diagnosticada que se manifiesta cuando uno siente una acusada nostalgia de algo ya vivido que se desea con ahínco—, pero Los Tamara instalaron hospitales de campaña en los centros regionales para tratar de combatir con sus melodías melancólicas la morriña, un mal que campaba a sus anchas por Europa y para el cual aún no se ha encontrado una cura definitiva. Los Tamara, por supuesto, cantaban en gallego, una lengua proscrita por Franco, lo que permitió a quienes no habían leído un poema en su vida conocer los versos de Celso Emilio Ferreiro, Eduardo Pondal o Rosalía de Castro. “La gran poesía autóctona se convirtió en una música mayoritaria al posibilitar que llegase a cada rincón del país y a la emigración”, explica el artista Xurxo Souto, director del documental Pucho Boedo, un crooner na fin do mundo.

Su protagonista nació allá por 1928 en A Fortaleza, un lugar donde la ciudad deja de serlo. Pronto se trasladó con su familia un par de kilómetros más allá, hasta A Silva, un barrio de A Coruña con tics de aldea. De niño, las vecinas postergaban sus labores en el río de lavar para escuchar a aquel Orfeo con tirabuzones. Entonces pensaban que, cuando la voz angelical madurase, todo se acabaría, inconscientes de que estaban asistiendo al bautizo de un mito con las aguas bendecidas por el jabón Lagarto. No obstante, el mocoso sufriría lo indecible hasta convertirse en una leyenda. Su padre, Xosé Boedo, dirigente del sindicato de canteros y fundador del ateneo libertario Resplandor en el Abismo, fue asesinado tras el golpe de 1936. La misma suerte corrió su hermano José Antonio, dirigente del sindicato de albañiles y también miembro de la CNT, que contaba en la urbe con unos diez mil afiliados. Manuel, su otro hermano, logró huir a Francia en un pesquero. Tenía dieciséis años y Pucho, apenas siete. Para salir adelante, el chaval tuvo que trabajar como barnizador, limpiabotas, revendedor de entradas de cine y recadero de farmacia.

Pucho Boedo y Los Tamara.

Pucho Boedo y Los Tamara.

“Conocer el dolor tan pronto le permitió tener argumentos que compartir”, cree Souto, cuyo documental da la palabra a Manuel Rivas, otro valedor de su figura. “La hondura se manifiesta en sus canciones”, afirma el escritor. “Es como si su voz tuviese memoria, por eso resulta tan emotiva”. El crítico Fernando Fernández Rego va más allá y entronca su vacío con el de músicos de la talla de Johnny Cash, Ian Curtis o Nick Drake. “Muchas de las voces más sentidas fueron producto del sufrimiento del alma”, añade el autor del libro 50 años de pop, rock e malditismo, quien recuerda que el rapaz fue “un buscavidas” hasta que una década después empezó a cantar en Radio Juventud, lo ficharon Los Trovadores tras ganar un concurso y logró enrolarse en Los Satélites, con quienes viaja a Venezuela en 1954 reclamados por el Lar Gallego. Ninguna orquesta local había cruzado el charco, aunque El Dorado caraqueño no los deslumbraría tanto como imaginaban. Un paisano sin escrúpulos los había engañado: sin contrato, las actuaciones apenas les dieron para pagar el pasaje, por lo que se vieron obligados a tocar durante casi un año en el país suramericano.

“Los Satélites fracasaron porque quisieron hacer música tropical en la tierra del Trópico”, explica Souto, “pero trajeron esos sones a España antes de que llegasen a Nueva York”. Los Satélites vuelven a casa y Pucho Boedo permanece allí, empapándose del género, prestando su voz a otras bandas y “haciéndose pasar por un cantante criollo”. A su regreso, se reincorpora a Los Trovadores, una orquesta de campanillas que durante el invierno actúa en las salas de Madrid, desde Pasapoga hasta Casablanca. Los rigores nacionalcatólicos fuerzan a los músicos a buscarse la vida lejos de la pacata diócesis de Santiago, donde las sotanas han vetado los sones diabólicos durante la Cuaresma y la Semana Santa. Los Españoles, por ejemplo, tocan en México y en Japón, donde Alvarito acompañó a la artista Connie Francis, amén de sus estancias en México y Jordania, concierto para el rey Hussein incluido. La nómina en el extranjero es extensa, incluido Prudencio Romo, que en 1957 monta en Noia una banda de empaque, Los Tamara, cuyo nombre remite a la denominación romana del río Tambre. Mientras debutan en el casino de Tánger tras ganar un concurso en Radio Vigo, la voz de Pucho resuena en la capital de España. Cuando los metales y las cuerdas callan, no sólo emociona al público, sino que eriza la piel de los propios instrumentistas.

Pucho Boedo y Los Tamara.

La orquesta Los Tamara, fundada por Prudencio Romo.

“El sello francés Bel Air los mete en el circuito extranjero”, explica Fernández Rego. La orquesta de Romo, un orfebre musical, recorre Marruecos, Túnez, Líbano y Argelia, donde los sorprende la guerra de independencia, por lo que se ven obligados a salir pitando hacia Marsella en un avión fletado por la Cruz Roja. Luego, actúan dos meses en la Olympia de París, una hazaña a la que se sumará Pucho cuando el cantante de Los Tamara se enamora perdidamente y se fuga con una chica a Córcega en lo que se tarda en cerrar los ojos para dar un beso de tornillo. El solista coruñés llega a tiempo para sacar pecho en el mismo escenario que Jacques Brel o Charles Aznavour, mientras que aprovecha la estancia para tratar de encontrar a su hermano entre la comunidad de refugiados españoles (sin embargo, Manuel estaba en Venezuela, donde no se cruzó con él de milagro durante sus noches en Caracas). Una historia de amor enfebrecido propicia que se junte una de las grandes orquestas del país con la que sería la gran voz de la canción ligera gallega. O quizás sería suficiente decir La Voz: “Fue nuestro Frank Sinatra”, afirma Fernández Rego, responsable de La Fonoteca y autor de Saudade, una biografía sobre Andrés Dobarro.

Antes de cumplir los treinta, las orquestas se lo rifaban. Pasó, entre otras, por Eslava, Spallant, Mallo, Radio City y Oriente, hasta que incluyó por primera vez su nombre en una de ellas: Pucho Boedo y Los Trovadores. Pero con Los Tamara empezó a frecuentar las salas de la Costa Azul y los casinos suizos, codeándose con Doménico Modugno, The Platters o Shirley Bassey, la solista que interpretó más canciones para una película de James Bond: Goldfinger, Moonraker y Diamantes para la eternidad. Al tiempo, recorre la geografía autóctona y española. En Madrid, el estudiante Nonito Pereira, que con los años se convertiría en el cronista musical por excelencia de A Coruña, se encuentra a Dios en el Casablanca. O, lo que es lo mismo, a Pucho, quien lo saca de un apuro cuando el camarero le entrega la dolorosa, una abultada cuenta producto del desenfreno juvenil que su maltratada cartera de universitario no puede afrontar. Él se hace cargo de la factura y se lo lleva de farra, un servicio que no olvidaría con el paso de los años.

Pucho Boedo y Los Tamara.

Pucho Boedo y Los Tamara.

“El llamado salón de té Casablanca era muy moderno en la época y tenía un escenario giratorio y un techo que se abría en verano”, detalla la periodista madrileña Ada del Moral. “En los años treinta, las orquestas tocaban música americana, aunque tiempo después entró en decadencia, si bien siempre conservó cierto empaque”, añade la autora de Noches de Casablanca. Una historia republicana. “De hecho, lo derrumbaron en los años setenta, algo que nunca deberían haber hecho, porque fue una barbaridad”. Proyectado por el arquitecto Luis Gutiérrez de Soto, responsable del diseño de la coctelería Chicote, era un edificio singular. Precedido en la entrada por un espigado luminoso con forma de palmera, su autor pretendió crear, según él, “una especie de jardín de invierno en un país caluroso”. Allí sonaban los ritmos tropicales de Los Tamara, cuyo repertorio abarcaba desde el tango hasta el bolero. Pucho alternaba el micrófono con otro vocalista, que se encargaba de las canciones más pop, mientras que él interpretaba rancheras, jotas, merengues, estándares anglosajones, clásicos de la canzone y joyas de la chanson en español, inglés, francés, italiano o ¡griego! (escúchese Zorba el griego, de Mikis Theodorakis, quien compartía repertorio con Otis Redding, Elvis Presley o Wilson Pickett). “Fueron de los primeros que tocaron un twist en España”, recuerda Nonito Pereira. Ojo, porque Los Tamara también presumían de souleros y hasta se atrevían con himnos como Hutsch, compuesto por Joe South, antes de que lo popularizasen mundialmente Deep Purple o Kula Shaker.

En clave local, fueron unos pioneros en el uso de la lengua gallega, pues se adelantaron a la canción protesta de Voces Ceibes. Sus letras no eran políticas, aunque todo es relativo. Un texto sobre alguien que se ve obligado a dejar su tierra atrás para ganarse la vida —los protagonistas de sus canciones o, incluso, los propios miembros de la orquesta— está describiendo, de algún modo, al país que lo expulsa, en este caso una dictadura autárquica que se resiste a cualquier tipo de apertura. Si nos fijamos en el detalle, Monólogo do vello traballador es un himno obrerista templado por los metales que sonrojaría a los actuales dirigentes de Comisiones y UGT: “Dinlle ao patrón a frol do meu esforzo / i a miña mocedade. Nada teño. / O patrón está rico á miña conta; eu, á súa, estou vello. / Ben pensado, o patrón todo mo debe”. Era el poema musicado favorito de su autor, Celso Emilio Ferreiro, que denunció la larga noche de piedra en la que estaba sumida Galicia. “A mi padre le gustaba porque resumía en una canción la teoría de la plusvalía de Marx”, le confesó Luis Ferreiro a Xurxo Souto, agitador cultural y líder de la banda de rock bravú Os Diplomáticos de Monte Alto.

Pucho Boedo y Nonito Pereira.

Pucho Boedo y Nonito Pereira, durante uno de sus homenajes.

Manuel Rivas ha pedido repetidas veces que se le dedique el Día das Letras Galegas. En 2002, escribió a la Real Academia una carta en la que exponía los motivos para concederle tal distinción: “Cantó a Rosalía, a Añón, a Curros, a Celso Emilio… Hizo de esos poemas himnos populares. Tuvo coraje, tuvo amor y tuvo sentido de la belleza”. Años antes, el autor de El último día de Terranova lo había calificado como "el cantor más venerado por las gentes humildes". Una devoción comparable, en el terreno deportivo, a la motivada por las gestas de Luis Suárez o Amancio, quien compartió pupitre en el colegio de Doña Manolita con Peri, el batería de la banda. “Hay que destacar su labor a favor del idioma y las raíces”, subraya Fernández Rego, mientras que Nonito Pereira deja claro que era un grupo de boîte hasta que con Galicia terra nosa (1964) “explota la vena galleguista y se rodea de una aureola cultural”. Hasta entonces, no les habían dejado cantar en su idioma, pero Zafiro toma nota del éxito de ventas y les da carta blanca. “Ahí nace el mito galleguista de Los Tamara”, apunta Pereira. En casa ha nacido una superestrella, mientras que en la diáspora el crooner coruñés se erige en el símbolo de la matria ausente. Como dice Souto, “la cultura flamenca tiene a Camarón y nosotros, a Pucho”.

Hace un mes, se descubrió una placa en la calle Benela, donde se escuchó por primera vez su voz. Allí estaban sus vecinos, los gaiteiros Os Viqueiras de Ordes y Sito Sedes, su sustituto en Los Satélites de A Coruña cuando la banda rivalizaba con la Sintonía de Vigo. Una pelea de gallos sólo comparable a la protagonizada hoy en día por las orquestas Panorama y París de Noia, a la que habría que sumar su carácter de derbi geográfico. Grabados en la piedra, los versos de Manuel Rivas: “No teu canto, / o amor venceu a morte, / a lingua foi chorima, / e latexou o corazón na noite / PUCHO BOEDO, / o neno da Silva, / a estrela do pobo, / mentres ti cantes / vivirá Galicia / nunha esperanza incesante”. El homenaje se suma al busto de la plaza de Azcárraga y a la estatua de O Ventorrillo, limítrofe con la Agra do Orzán, construida por los emigrantes llegados en los sesenta desde las parroquias de la comarca de Bergantiños y uno de los bastiones de la ciudad en el uso de la lengua gallega. Un barrio cuya válvula de escape es la Avenida de Finisterre, que conduce a Carballo, donde Boedo solía dar uno de los primeros conciertos de la temporada veraniega. “Primero con Los Satélites y después con Los Tamara, no fallaba en las fiestas de San Xoán”, rememora María Lorenzo, que regentó durante años O Vinteoito.

Pucho Boedo y Los Tamara.

Pucho Boedo y Los Tamara.

La taberna estaba a escasos metros del palco, adonde se subía el cantante coruñés después de dar buena cuenta de unas tapas de pulpo y calamares. “En el descanso, a eso de las once de la noche, pedía carne asada y vino. Y a la una de la madrugada se tomaba unos cafés y, a veces, incluso otro pincho”. Cenas pantagruélicas regadas con ribeiro durante la actuación. “Mero, mi marido, les regalaba una botella de coñac o de vino para que la bebiesen en el escenario, y ellos siempre correspondían dedicándonos una canción”, recuerda María. La verbena era la expresión cultural por excelencia en aquella Galicia. “El baile duraba hasta las siete de la mañana y por la noche no quedaba nadie en casa: el pueblo entero iba a verlos. Venía toda A Coruña, estudiantes de Santiago y hasta gente de Lugo”. Además de sus dotes musicales, era un conquistador. “Guapísimo, educado, bien vestido... Una maravilla, no como los trapalleiros que anda ahora por ahí”, añade la dueña de O Vinteoito, que con su cierre mandó de vuelta a casa a los taceiros, quienes entre trago y trago de ribeiro entonaban a capela las cantarelas de Los Tamara y otros clásicos populares. Signo del fin de una época, cuyos ecos todavía se escuchan en alguna tasca de la capital de provincia, donde el alma de Pucho sigue resonando.

"Todas las chicas se volvían loquiñas por él", reconoce su viuda, Xulia López, en el documental dirigido por Xurxo Souto, emparentado con Los Satélites, pues su abuelo tocaba el saxofón y un tío, la trompeta. “Era un hombre de la noche, un golfo elegante, un tío muy molón que siempre sacaba pecho… O sea, el chic de Los Tamara”, lo describe Nonito, quien deja claro que era “muy buena persona” pese a que “había gente del mundillo musical que no lo tragaba por sus ínfulas o por envidias”. Enrique Paisal, teclista y fundador de la orquesta, aseguró en su día que llegaron a tocar en la casa madrileña de Ava Gardner. Motivo suficiente para codiciar su trono, que pronto empezaría a cojear. “Era una persona fenomenal, la pena es que no se cuidase”, se lamenta María.

El cantante llevaba una vida frenética, resumida por Miguel Ríos en el documental: “Tenía una resistencia… Era un atleta de la noche”. El roquero granadino, cuando el reloj marcaba las dos de la madrugada, buscaba excusas para desembarazarse de su colega gallego, incapaz de seguirle el ritmo. “Bebía aguardiente como si fuese agua mineral”, añade Amador, exfutbolista del Atlético de Madrid, que terminaría acogiéndolo en su discoteca de Palma de Mallorca. Los Tamara, en la plenitud de su carrera, ya planificaban su salto a Estados Unidos cuando a Pucho le diagnostican una enfermedad renal durante una visita a la isla balear. Allí se quedaría, atado a una máquina de diálisis tres veces por semana, sin perder su sentido del humor. “Yo no me muero”, decía. “A mí hay que matarme... y por la espalda”.

Xurxo Souto, autor del documental sobre Pucho Boedo.

Xurxo Souto, autor del documental sobre Pucho Boedo.

La fama y el cariño quedaban lejos, aunque contaba con el apoyo de Amador y de Paco Buyo, que jugó de portero en el equipo local antes de fichar por el Deportivo, el Sevilla y el Real Madrid. Sin embargo, a Boedo le podía el corazón y, además, necesitaba el dinero, por lo que siguió cantando en solitario. “¿Piensas volver al terruño?”, le preguntaba un reportero de televisión. “Yo jamás he salido de mi tierra”, respondía Pucho, como podría hacerlo cualquier gallego en la emigración. Cuando llegaron los homenajes de A Coruña y de Londres, se colgó el cartel de “no hay billetes”. En el Palacio de los Deportes de su ciudad lo secundaron Betty Missiego, Juan Pardo y Rocío Dúrcal. Había tanta gente que fue necesario habilitar la grada posterior al escenario. Cinco de enero de 1979: “Nunca pensé que tuviera tantos amigos”, agradece el crooner cuando sale al escenario. En el Porchester Hall, el programa era de cinco horas, pero la velada se demoró casi el doble, y eso que hubo que cancelar cuatro actuaciones porque la noche se había echado encima. Cuando se despidió con Galicia Terra Nosa (“E despóis na miña terra / quero vivir e morrer”), el público se puso en pie y gritó: “¡Pucho non morras! ¡Quédate con nós!”. Nonito Pereira, que ejercía de maestro de ceremonias, tampoco pudo evitar la emoción: “Regresé de Inglaterra con la sensación de que iba a ser eterno”.

Hubo Los Tamara sin Pucho, mas ¿habría Pucho sin Los Tamara? ¿O, mejor dicho, sin Prudencio Romo? “El primero era un frontman con muchísimo tirón. Tenía un gran magnetismo como cantante y no hubo ninguno como él”, aclara Fernández Rego. “Ahora bien, el segundo fue el ingeniero en la sombra, el responsable de los arreglos de la banda y uno de los creadores del pop en gallego”, añade. “Prudencio, un gran técnico e ingeniero de sonido, era el arquitecto de Los Tamara, quien realmente dirigía el cotarro”. Javi Álvarez abunda en esta idea: “Romo es el cerebro visible, como compositor y arreglista, de un grupo que atesoraba una calidad instrumental sólo comparable a Los Pekenikes”. El músico de Fluzo y Dúo Cobra rechaza que fuese una banda de acompañamiento y recuerda que Boedo era “la voz cantante que nubla los méritos del resto”, aunque no le resta importancia a su faceta de galán y a su gran voz. Peri, el batería, imparte justicia: “Uno hacía las canciones y otro las bordaba”. Admirador de la orquesta de Noia, Álvarez ajusta cuentas con la letra impresa: “Las comparaciones de Pucho con Frank Sinatra y otros crooners son un intento de mitificación que ha habido en los últimos años por parte de la prensa local. Han construido una historia, pero no es del todo cierta, porque han vendido a Los Tamara como el backing group del solista coruñés, cuando no es así”.

Porta del disco de Pucho Boedo 'Volvendo con Os Tamara'.

Porta del disco de Pucho Boedo 'Volvendo con Os Tamara'.

Para él, era una orquesta, no un grupo de pop, donde los vocalistas cobran más importancia y protagonismo. “Colaron como grupo yeyé, sin embargo eran unos viejos entre modernos. En ese sentido, no compartían ideología ni sesgo cultural. Es un relato perversamente ideológico, y te lo dice alguien a quien le gusta mucho Pucho”, concluye Álvarez, sin ánimo de ofender, pero sí de situar a Romo a la altura del cantante. Infelizmente, ambos habían compartido la desgracia de la represión del golpe de 1936. Hijo de un guardia de asalto conservador, permaneció fiel a la República, lo que motivó su encarcelamiento en el Castillo de San Antón “en unas condiciones que impresionaron de tal forma a su hijo que estuvo un mes sin hablar”, escribió Xosé Manuel Pereiro tras su muerte, en 1987, durante la convalecencia de una operación del corazón en el hospital de Santiago. A Pucho y a Prudencio, además de la música, también los unía el horror, aunque el primero vería cumplido uno de sus sueños. “Amigo, aquí tienes a una de las personas más queridas, que acabo de conocer”, le espetó Boedo a Manolito Núñez, miembro de la orquesta Foliada. “Te presento a mi hermano. Hace cincuenta años que no lo veo”. Era Manuel, el sindicalista huido.

“Un tipo, cuando tiene problemas, los refleja”, le confesó el cantante a Rivas en 1981 mientras pisaba la arena de la playa de Santa Cristina. “Si las canciones son tristes, melancólicas o románticas, sale. Y si dentro de ti llevas algo de romanticismo y de melancolía —porque nuestra tierra y nuestra raza es así, y no debemos cambiarla— pues mejor todavía”. Para el periodista y escritor coruñés, aquel niño había salvado la vida “para convertirse, de adulto, en un mito de la canción popular que al cantar hacía sonar las voces desaparecidas de Resplandor en el Abismo", el ateneo libertario cuya biblioteca fue pasto de las llamas mientras el fascismo ejecutaba a buena parte de sus miembros, incluido su padre y un hermano. “Su figura permite trazar un recorrido histórico”, afirma José Manuel Sande, concejal de Cultura del Concello de A Coruña, que ha aprobado concederle una calle por su “arraigo popular”, por su “carácter casi épico” y por su condición de personaje “emblemático” como vecino, músico y defensor del gallego.

Si bien treinta años después de su muerte ya le han adjudicado la vía, aún se desconoce su ubicación. “Dado que ya cuenta con otros honores repartidos por la ciudad”, apunta Sande, “tendría más sentido que fuese en su barrio”. El mismo que cada septiembre le rinde tributo con el Día de Pucho Boedo, organizado por A Tropa da Tralla. “Es un talento único, una de esas figuras que condensan en su vida y en su quehacer todos los estilos del arte con mayúsculas”, afirma el líder de Os Diplomáticos. “Le pasa como a Carlos Gardel, que cada día canta mejor. Y él lo hace, como diría Nonito, con las cuerdas del corazón”, añade Souto antes de recordar la última actuación de su vida, que tuvo lugar durante la gala de fin de año de la TVG de 1985, un mes antes de su muerte. Antes de desaparecer entre bambalinas, elige su canción favorita, O vello e o sapo, un poema de Curros que había mandado musicar a Romo. “De ella brota todo el dolor infinito”, afirma el autor del documental. Cuando la entona, levanta el brazo y esgrime su puño cerrado. “Y con ese saludo libertario, el gran círculo se cierra. Aunque él nunca llegó a morir, porque Pucho es una emoción colectiva”.