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"Lo que queda es el amor, es la peculiaridad de la especie humana"

El cineasta Terence Davies estrena en España el próximo viernes The Deep Blue Sea, una adaptación de la obra cumbre del dramaturgo Terence Rattigan, el ‘Chejov’ británico

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El amor, la naturaleza del tiempo y la memoria son constantes en la obra de Terence Davies (Liverpool, 1945), uno de los cineastas británicos de más prestigio internacional, que se convirtió en director de culto con La Trilogía de Terence Davies, donde exponía la agresividad de su padre y las lacras de una educación ultra religiosa que oprimía su homosexualidad. Ahora, en lo que para algunos es el inicio de un nuevo ciclo en su carrera, reaparece con The Deep Blue Sea, una maravillosa historia de amor protagonizada por Rachel Weisz, Tom Hiddleston y Simon Russel Beale.

Ambientada en los años cincuenta en Gran Bretaña -un país arruinado y decadente en plena postguerra-, la película cuenta la historia de una mujer, Hester, obligada a tomar una decisión aún sabiendo que con cualquier elección firmará su condena. Casada con un juez del Tribunal Supremo, un hombre mayor que ella, ha descubierto la pasión sexual al conocer a Freddie Page, un ex piloto de la RAF. Decide vivir fuera de las reglas y comenzar una vida con el joven amante, una opción prohibida en esa época. Entre estos tres personajes hay amor -distintos tipo de amor-, pero ninguno es capaz de dar al otro lo que necesita y ello convierte a todos en víctimas. La gran revelación de la película es, precisamente, la dignidad y honestidad de estos tres personajes, el generoso retrato que hace de ellos Davies, que se aleja de cualquier tópico presente en buena parte del cine actual. Ninguno es el malvado, todos son víctimas.

Narrada por ella, la historia -un relato estilizado, en el que se advierten influencias de la pintura de Vermeer y referencias al clásico de David Lean Breve encuentro- a avanza al ritmo del tiempo presente y de la memoria, al compás de los recuerdos de esta mujer, de su pasión, el sentimiento de culpa, la inquietud, la incertidumbre...

Esta es su primera adaptación al cine de una obra de teatro, ¿qué tiene este texto de Rattigan que le convenció para dar este paso?

Conocía el texto, pero no conocía el subtexto de esta historia. Y aunque la superficie es clara, solo al leerla con profundidad comprendí que era una historia de amor entre tres personas en la que ninguno puede dar lo que quiere el otro. Al hacer la película lo más importante era para mí que ninguno de los personajes fuera el malvado. Los tres son víctimas.

Cada uno de ellos ama y cada uno sufre, ¿es el destino del amor?

En cierto modo, el amor para cada uno de nosotros es un imposible. En la película, ella descubre la pasión sexual, pero también comprende que el verdadero amor es darse cuenta de que la persona amada está mejor sin ella y la deja ir, permite que se vaya. Eso es heroico. Freddie es un piloto que luchó en la batalla de Bretaña, donde los soldados tenían una media de 22 años, y donde si veías un avión enemigo tenías que reaccionar en ocho segundos o morías. Ese es su ritmo emocional. Él no entiende cómo ella puede organizar tanto lío porque ha olvidado su cumpleaños, no entiende esa faceta del amor, no le cabe en la cabeza. A cualquier persona, si espera a su amado/a, un minuto le parece una hora, a Freddie, no, él se iría a tomar una cerveza, no permite que le afecten tanto las cosas. Y el marido no entiende lo del amor sexual, para él eso es un argumento sórdido y cree que es algo escandaloso, pero a pesar de ello sigue amando a su mujer.

No es la primera vez que denuncia la situación de represión de la mujer en una de sus películas, ¿Hester es aquí la narradora para subrayar eso?

Sí. Hoy, muchas mujeres optarían por regresar a su matrimonio, tal vez por otros motivos. Y, además, cuando alguien convencional hace algo poco convencional es fascinante, es el punto de interés. Hester es una burguesa que hace algo que una persona de su clase nunca hubiera hecho. Es sorprendente. Uno de mis dramaturgos favoritos, Ibsen, no quería ir nunca al médico porque no le gustaba quitarse la ropa delante de nadie, ¡a Ibsen!

Vuelve una vez más a reflexionar sobre la naturaleza del amor y del tiempo, ¿sus obsesiones?

Sí, me interesa el camino en el que la gente se enamora y la conciencia de que vamos a morir. Nosotros somos la única especie que mira a otro de su misma especie y puede decir que daría su vida por él. Lo que queda es el amor, es la peculiaridad de la especie humana. Eso es en lo que de verdad somos únicos.

También regresa a la memoria y a la narración no lineal, ¿dominan las emociones en la historia?

Dominan las emociones en la historia, en cada uno de los personajes y sí, en la narración. El tiempo es emocional, es una forma de retar al tiempo. Lo importante es que el público lo siga, no es necesario que sea una historia hacia delante o hacia atrás, la narración no es cronológica, es emocional. Yo escribo como veo y como oigo.

¿Y qué pasa cuando las emociones le dominan a usted en un rodaje?

Yo voy a rodar con cada pequeña cosa pensada y, de pronto, un actor hace algo y es mágico. Cuando el marido le pregunta a ella: '¿Te ha dejado? ¿Es por dinero?' Ese fue uno de esos momentos mágicos, porque las personas de su clase social no hablaban de dinero y la incógnita era cómo Simon Beale iba a decir eso. Cuando lo interpretó, se me saltó el corazón, dominaron las emociones. Eso es lo que se puede hacer en el cine que no es posible en el teatro. Por eso siempre digo a los actores: sed, no interpretéis.

The Deep Blue Sea no es una película convencional hoy...

Es que ahora es todo tan evidente, tan poco sutil... Pero eso no quiere decir que yo, que me eduqué en los años cincuenta, añore esos tiempos. En absoluto.