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Radiografía de los excesos modernos

Steve McQueen se consagra en Venecia con su retrato de un adicto al sexo

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Brandon es un neoyorquino de treinta y tantos. Su rutina consiste en un cóctel de sexo, masturbación en serie, seducción de mujeres casadas, coito con prostitutas, encuentros por webcam, polvos rápidos en lugares públicos y numeritos exhibicionistas ante el ventanal de su habitación de hotel. Y también alguna que otra cita normal y corriente, aunque le ponga mucho menos que todo lo que sea fugaz, esporádico y ligeramente perverso. El protagonista de Shame, recibida ayer con un largo aplauso y algún silbido marginal en la sección oficial a concurso, no soporta a esas parejas que cenan sin intercambiar palabra en el restaurante. Su relación más larga duró la friolera de cuatro meses.

El director y videoartista británico Steve McQueen ha escogido a este atractivo (y perturbado) oficinista adicto al sexo como personaje central de su segunda película, tras el espectacular debut que supuso Hunger, crónica de la huelga de hambre del activista norirlandés Bobby Sands, inexplicablemente inédita en las salas españolas.

Para su segunda película, quiso distanciarse todo lo posible de ese prisionero político. 'Quería hablar de alguien que no estuviera privado de libertad, sino todo lo contrario, de alguien que tiene acceso a todo y en grandes cantidades', contaba el director, desde ayer muy bien posicionado para figurar en el palmarés de esta edición. Exactamente igual que su protagonista, Michael Fassbender, actor de inmensa presencia destinado a convertirse, si no lo ha hecho ya, en uno de los grandes de su generación.

Dos días después de asombrar en Un método peligroso, Fassbender vuelve a fascinar metiéndose en la piel de un depredador escondido bajo el disfraz de hombre normal. Sostiene amablemente la puerta a sus vecinas más ancianas y escucha a Bach mientras cena comida china del take-away de la esquina, antes de abrir su ordenador para consumir pornografía en cantidades industriales o de limpiar compulsivamente su hogar para expurgar su impureza interior. 'No es un hombre repulsivo, sino una persona de hoy en día', defendía ayer McQueen ante los que se sorprendían por la sordidez del personaje. Para el director, la película ha acabado siendo 'tan política' como lo fue su debut. 'Trata de cómo nuestras vidas han cambiado sexualmente tras la llegada de internet y las nuevas maneras de comunicarnos', afirmó.

Lo mejor de Shame se encuentra en ese retrato de nuestra época, que McQueen describe casi como una película de terror, con música tenebrosa y fotografía de lámpara eléctrica. Si Bobby Sands moría encarcelado por su compromiso político, Brandon agoniza en una mazmorra de interiores diáfanos y muros de cristal.

En el centro de ese paisaje, el director sitúa a un hombre con fobia a la dependencia, obligado a acoger a una hermana perdida que pondrá trabas a su vida de soltero de oro. La hermana en cuestión, Carey Mulligan, protagoniza una memorable escena en la que interpreta un New York, New York en las antípodas de la versión de Sinatra. 'Siempre me ha parecido una canción triste', decía ayer el director, cuyo éxito resulta tan radical como el individualismo de sus personajes. En su radiografía de lo cotidiano, McQueen ha dado con la trascendencia que esconde la supuesta banalidad.