Publicado: 28.05.2015 18:54 |Actualizado: 29.05.2015 07:00

Las reflexiones intempestivas de Bergamín

La editorial Cuadernos del vigía reúne en ‘El duende mal pensante’ los aforismos que el poeta de la generación del 27 dejó diseminados a lo largo de su trayectoria literaria.

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El poeta y escritor madrileño José Bergamín.

Dicen del aforismo que es el germen de todo pensamiento, lo que nos encontramos si pudiéramos macerar una obra, una vida. Lo hacinado y categórico del género hace que el autor se la juegue en esa mezcla de elipsis, sorpresa, discrepancia e intensidad que, según los expertos, debe contener un buen aforismo.

Bakunin, Nietzsche, Kierkegaard, Unamuno, Gómez de la Serna, d’Ors o Cocteau… Todos ellos cultivaron el arte del aforismo, todos ellos sirvieron de fuente de inspiración para un joven José Bergamín, futuro exponente de la generación del 27, que, sin saber muy bien cómo —y renegando en un principio de ellos— nació a la literatura almacenando cientos de estos artefactos de ingenio lacónico. “Y, en fin, voy ordenando cerca de cuatrocientos aforismos para reunirlos en un librito solo: La cabeza a pájaros. Después de todo esto, podré dedicarme a escribir seriamente [sic], mi libro católico El alma en un hilo”, explicaba en su día.

El veneno entró y ya no hubo cura posible para Bergamín, hasta el punto de convertirse en género integrador de toda su obra, género fuente del que dimanan tanto su prosa como su poesía y que ya sin remilgos fue cultivando a lo largo de su madurez literaria. Como explica el catedrático de Literatura valenciano Gonzalo Penalva Candela, Bergamín encontró en el aforismo “la respuesta a la enorme presión que sentía en un interior y, por tanto, a la necesidad de proyectar esas iluminaciones, esas verdades poéticas, muchas veces indemostrables, pero que no dejan de ser ráfagas de luz, antes las que el escritor, cegado, se rinde y necesita compartir”.

Precisamente con la intención de recopilar toda esa obra aforística desperdigada en revistas y periódicos, Penalva ha reunido en El duende mal pensante (Cuadernos del Vigía) más de sesenta años de dedicación al escrito corto, un muestrario que va desde sus inicios allá por 1924, hasta el último periodo de su vida, los tres años que vivió en el País Vasco, de 1981 a 1983, año de su muerte.




Ingenio y compromiso

“El que da vueltas a una idea en su cabeza, no se rompe más que su cabeza queriéndola encontrar. Pero el que dispara su idea, sin darle vueltas, rectamente, como un torpedo, rompe las cabezas de los demás”. Sirva este epigrama para condensar el pensamiento bergaminiano; lúcido e incisivo, políticamente incorrecto y alérgico al esnobismo vacuo de la época.

mal pensante

Así, el poeta madrileño no dudó en cargar contra la crítica del momento —“la falta de apetito artístico no se sustituye con un masticador automático”—, cierta intelectualidad —“la erudición es el estreñimiento intelectivo”— o contra el arte que entendía superfluo —“la pintura, como la música o la poesía, que no dice nada, calla para que nos la figuremos profunda; o grita para que nos creamos que tiene voz divina: que tiene palabra”—.

Madurez y exilio


La trayectoria aforística de Bergamín, siempre fiel a su biografía, testimonió también la dureza del exilio y sus últimos años en los que solo, enfermo y decepcionado con la Transición criticó con agudeza el devenir infausto de su país. “Si España es una, ¿dónde está la otra”, llegó a escribir al final de sus días.

Si durante su despertar literario, tal y como indica Penalva en el prólogo de El duende mal pensante, la producción aforística del poeta fue "una explosión de lo muchísimo que había leído en su juventud", como si sintiera la "necesidad de echar fuera todo aquello que había acumulado dentro", el paso del tiempo terminó por agriar sus reflexiones intempestivas. Fue entonces cuando sus líneas se politizaron de un modo más explícito si cabe, cargando en especial contra Franco y esa España en blanco y negro que se imponía sin remedio.

“Era un gran hombre de Estado: siempre tenía razón, toda la razón. Pero ni pizca de verdad”, escribía un desencantado Bergamín consciente de que la verdad está en otra parte, muy lejos, inalcanzable para los que la impusieron a base de sangre.

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