Publicado: 27.10.2015 11:48 |Actualizado: 27.10.2015 16:24

Un reparto estelar para devolver
la voz a las víctimas de las atrocidades de Franco

Teatro del Barrio representa 'El pan y la sal', la transcripción del juicio a Garzón por aceptar juzgar los crímenes del franquismo.

Publicidad
Media: 5
Votos: 8
Comentarios:
La obra cuenta con un reparto de lujo.

La obra cuenta con un reparto de lujo.

MADRID.- Cuando el tío de Josefina Musulén preguntó a los falangistas qué le había pasado a su hermana, tras haber sido sacada a la fuerza de su casa junto a su marido el 19 de agosto de 1936, estos le dijeron que había caído en el paredón, y que el tiro de gracia le había reventado la tripa acabando con su vida y con la del bebé que llevaba dentro. Con esa creencia vivió la familia durante años, llorando a los tres familiares, sin ningún motivo para imaginar que lo que le habían contado no era más que una burda mentira.

Con Franco bajo tierra, y la sociedad española a las puertas de una nueva era, Josefina, que ya tenía dieciséis primaveras, decidió ir al pueblo de su abuelo a investigar. Cuando alguien desaparecía en la dictadura era como si también lo borraran de la faz de la tierra. A la joven se le ocurrió que si viajaba hasta allí, quizás alguien podría acordarse de sus parientes y contarle alguna historia.




El abuelo de Josefina pertenecía a la CNT. Era un hombre alto, ilustrado, tenía estudios y había trabajado en Francia, Barcelona… No cometió delitos de sangre, su pecado fue ponerse del lado de los trabajadores. La huelga de 1933 le llevó tres días a la cárcel, castigo que asumió con agrado porque creía firmemente en defender los derechos de los obreros. Sus amigos, que intuían por donde se desarrollarían los acontecimientos le aconsejaron que hiciera la maleta y huyera, porque si se quedaba podían matarlo. ¿Por qué huir? No he hecho nada malo, se defendía siempre. Además, dónde voy a ir con una mujer embarazada.

Cuando Josefina llegó al pueblo encontró que muchos amigos de su abuelo aún seguían vivos. Avisó a la familia y acordaron un día de visita con los antiguos compañeros de la CNT para recordar algunas historias. “Había uno que se llamaba Ramón Andrés que nos contó que a mi abuela no la llevaron al paredón como nos habían contado. La trasladaron a Zaragoza y la pusieron en una habitación, en un hospital, donde estaba este señor cuidando de su hermana Libertad. Ella atendió a las dos hasta que mi abuela dio a luz. Entonces una monja se llevó al bebé y después la fusilaron.”

“Al escuchar esta historia fui a buscar información en todos los archivos de registros sobre el destino de la niña y a mi se me iba el corazón cada vez que llegaba al mes de agosto, pero siempre me encontraba con que las hojas estaban arrancadas”, recuerda Josefina, quien asegura que hasta su último aliento, no dejará de buscarla.


Este relato, que Josefina ha contado ya mil veces, la contó una vez más ayer, en Teatro del Barrio. Durante tres días, y con todas las entradas agotadas, se representa El pan y la sal, una transcripción, sin una sola línea añadida, igual que en Ruz-Bárcenas, del juicio, que en febrero de 2012 tuvo lugar contra Baltasar Garzón por aceptar investigar las denuncias presentadas por los familiares de los desaparecidos por el régimen franquista. La función está dirigida por Andrés Lima, y cuenta con un reparto de lujo: Nuria Espert, José Sacristán, Pepe Viyuela, Gloria Muñoz, Emilio Gutiérrez Caba, Tristán Ulloa, Gonzalo de Castro, Alberto San Juan, Mario Gas, Juan Margallo y Natalia Díaz.

Josefina fue una de las testigos que participó en el juicio de Garzón. Fue llamada por la defensa junto a otros afectados. Durante el proceso aseguró que acudir al Tribunal Superior y contar lo que le había sucedido a su familia era la única forma que tenía de cerrar heridas. La ley de Amnistía de 1977 prohíbe juzgar los crímenes del franquismo. Y así termina todo.

Si la ley lo prohíbe, ¿por qué decidieron comenzar el proceso? Ángel Rodríguez Gallardo es historiador y uno de los testigos. Acudió para explicar que tras sus investigaciones detectaron que “hubo un plan sistemático para eliminar a los altos cargos de la república”. Si es así, habría que hablar de genocidio, y este delito, junto al de lesa humanidad no lo recogía el código penal de 1932. Amparándose en que dichos crímenes no prescriben, el ex magistrado decidió imputar al régimen. Finalmente, como ocurre con estos casos, el proceso cayó en saco roto. Pero la experiencia sirvió para que al menos una vez en un Tribunal Superior de Justicia se escucharan las voces silenciadas de los que aún sufren por las atrocidades cometidas en aquella época.

Es el caso de María del Pino Sosa, también testigo. Como los demás, estuvo ayer presente durante el estreno de la obra en Teatro del Barrio. “A mi padre lo detuvieron en 1936 en Canarias, lo llevaron a declarar, lo apalearon y desapareció”. Era tesorero de un partido de izquierda y hojalatero. María tenía tres meses cuando se lo llevaron, “pero me vio porque le soltaron el 9 de marzo, estuvo diez días en casa y el 19, día de San José, de Madrugada, lo desaparecieron”.

A los familiares solo les queda recordar estas historias, porque la justicia, en España, les ha dado de lado. Y no solo la justicia, la sociedad, con su silencio y su desinterés es cómplice permitiendo dar carpetazo a estas historias que siguen vivas en la vida de miles de afectados. Como sociedad hemos decidido continuar y no mirar atrás, como personas no hemos estado a la altura. Quizás sea hora de analizar de forma seria y rigurosa qué pasó en la transición en nuestro país.