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De la resaca del crack a la especulación inmobiliaria

El éxito de The Wire impulsa la novela negra política en EEUU. Los guionistas de la serie encabezan el fenómeno

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Un sicario negro vuelve a pisar las calles tras varios años en prisión. Tiene problemas para encontrar trabajo. Hastiado de su nueva vida gris, vuelve a ingresar en las filas de una banda. Sus nuevos compañeros de armas le invitan a celebrarlo colocándose un poco. Estupendo, piensa, pero hay un problema: al día siguiente tiene que pasar el test de drogas de la libertad condicional. No pasa nada, le dicen, hay un viejo en la esquina que vende bolsas con pis limpio. Pero el tipo les pide más dinero de la cuenta por el material. '¿Diez dólares por una bolsa de pis? ¿Estás loco?', se quejan. 'A ver quién es el listo que consigue una muestra de orina limpia en esta ciudad', zanja el viejo.

La ciudad se llama Baltimore. Y la escena resume bien el espíritu de The Wire: una serie en la que todos los personajes, desde el camello de la esquina hasta el comisario de policía, pasando por el concejal del ayuntamiento, el juez o el hombre de negocios, mean turbio (no es que todos tomen drogas, es que todos están de mierda hasta el cuello). Un mundo en el que si uno tira del hilo de la papelina de heroína puede encontrarse un plan de remodelación urbana para limpiar las calles de marginalidad financiado con el dinero del blanqueo.

'Antes no era un problema vivir en bloques públicos en el Bronx'

The Wire, posiblemente lo más parecido a una serie marxista emitida nunca en EEUU, ha vuelto a poner en boga la novela negra de alto voltaje político. Novela, sí, porque algunos de sus capítulos más memorables fueron escritos por tres de los mayores cronistas contemporáneos de los bajos fondos estadounidenses: los novelistas Richard Price (Nueva York, 1949), Dennis Lehanne y George Pelecanos.

Richard Price, que pasó ayer por Madrid para dar una charla en el CaixaForum sobre las nuevas narrativas de las series de televisión y presentar su última novela (La vida fácil, Mondadori), es algo así como el padre espiritual del movimiento. Su novela Clockers, retrato de las andanzas de unos camellos en una zona marginal de New Jersey, llevado al cine por Spike Lee en 1995, sirvió de inspiración al antiguo periodista de sucesos David Simon, creador de The Wire, para encontrar el tono de la serie. Unos diálogos realistas repletos de argot que no han dejado indiferente a nadie: los espectadores británicos suelen ver la serie con subtítulos porque no entienden ni una sola palabra de lo que dicen los negros.

'La intensidad de la delincuencia depende de la de los estupefacientes'

Pero el alcance de Clockers y The Wire va más allá de lo que indican sus sinopsis: ficciones sobre la guerra contra las drogas. 'Decir que quería hablar sobre las drogas en Clockers es quedarse corto. Lo que quería contar es el estado de la nación', explica Price a Público.

Ahora, dos décadas después de la publicación de Clockers, el escritor vuelve a la carga con una novela que, en principio, trata de un homicidio sin importancia, pero sus ambiciones son mucho mayores: trata de retratar la vida en un barrio de Nueva York (Lower East Side) a principios del siglo XXI. 'Crecí en un bloque de protección oficial en el Bronx de los años cincuenta. Sí, suena terrorífico, pero no lo era en absoluto. A diferencia de hoy, cuando todo el mundo en EEUU asocia vivienda pública con escenas de dolor y desesperación, mi entorno era el de un núcleo de clase obrera perfectamente funcional', cuenta.

Price abandonó el Bronx a finales de los sesenta. Ahora vive en Harlem. Entre medias, los barrios marginales de la ciudad vivieron una de las guerras urbanas más intensas del siglo XX debido a la entrada masiva de estupefacientes. 'A finales de los setenta las calles comenzaron a llenarse de drogas. La situación fue empeorando progresivamente al menos hasta bien entrados los noventa. En el Lower East Side, por ejemplo, la situación era muy mala en los años ochenta. Los hispanos que vivían allí no tenían ninguna posibilidad de ascender en la escala social. Era la capital de la heroína de Nueva York. El lugar más peligroso de la ciudad. Y cuando entró el crack la situación empeoró diez veces más'.

'El tema candente ahora no son las drogas, sino la gentrificación'

Price no cree que la posterior caída de la delincuencia asociada al tráfico drogas tenga tanto que ver con las políticas represivas de tolerancia cero aplicadas por el alcalde Rudolph Giuliani entre 1994 y 2001 como con los cambios de hábitos de los consumidores. 'Todas las grandes ciudades de EEUU tienen menos delincuencia de este tipo ahora, no sólo Nueva York. La intensidad de la delincuencia depende muchas veces de la intensidad de las drogas. Cuando había crack en las calles, no había nada que pudiera frenarlo. La gente se dio cuenta de que no podía consumir crack y seguir viviendo. Los fabricantes perdieron mercado y comenzaron a mirar hacia Europa. La heroína volvió entonces por todo lo alto'.

Dicho lo cual, procede a explicar su peculiar teoría sobre las diferencias entre la heroína y el crack a ojos de las fuerzas del orden. 'A la policía le encanta la heroína. Esto es lo que ocurre: los heroinómanos roban una tele, la venden, compran la droga y se van a casa a ver la tele completamente atontados y rascándose compulsivamente. Los crackeros, en cambio, se disparatan completamente y dan muchos más problemas'.

Price cree que 'las drogas no determinan como antes la vida en la ciudad, así que no tendría sentido escribir una novela como Clockers hoy día. Si tuviera que escribir una novela sobre Harlem, donde vivo ahora, tendría que escribir sobre la gentrificación'. Es decir, sobre el proceso de aburguesamiento de un barrio, contexto en el que se desarrolla precisamente La vida fácil.

El escritor lo explica de un plumazo. 'Los chicos blancos con inquietudes bohemias comenzaron a instalarse en el Lower East Side en los años duros. Para ser artistas necesitaban alquilar lofts espaciosos y el barrio, uno de los puntos más calientes de la ciudad entonces, era, como consecuencia, el único lugar de Manhattan con alquileres asequibles de este tipo'.

La paradoja de este proceso es que, 'cuando se instalaron los artistas, el sector inmobiliario, que tiene un olfato muy fino para estas cosas, empezó a oler el negocio. Los alquileres acabaron subiendo, el barrio se puso de moda y los bohemios que habían propiciado el boom tuvieron que largarse'. En el barrio viven ahora tanto blancos de clase media como los últimos restos de los núcleos marginales de chinos e hispanos. El conflicto, como refleja La vida fácil, está servido.