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La revancha del fado

La Unesco reconoció ayer a la canción popular portuguesa como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Se acaba de publicar en España O melhor do fado', una antología de grabaciones históricas

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Primero fue el tango, luego el flamenco y llega la hora del fado. La Unesco reconoció ayer a la canción popular portuguesa como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Expresión inefable del sentimiento de un pueblo, el fado ocupa un lugar central en la identidad de Portugal, donde sus compositores, cantantes y músicos llevan más de dos siglos haciendo canción con la honda melancolía lusa.

Porque mucho antes de que el organismo cultural de Naciones Unidas le diera su aval, el fado ya pululaba por tabernas marineras de dudosa reputación. 'Detrás del fado late la historia de un pueblo, la historia centenaria de músicos, escritores y poetas', indica a Público Camané, el fadista contemporáneo más apreciado y portavoz privilegiado de toda una nueva gene-ración de cantantes portugueses. 'El fado es la música de nuestro pueblo, independientemente de la ideología o el nivel económico y la clase social de cada persona. Fado es lo que nos une'.

Jorge Fernando: 'Amália fue un ser iluminado, el fado nació dentro de ella'

El atlas sentimental de Portugal no se entiende sin la jerarquía del fado. Y en el territorio mítico de las emociones, su origen continúa escondido en las brumas que llegan del mar. La teoría más aceptada vincula el nacimiento del fado con las tripulaciones de los barcos portugueses de mediados del siglo XVIII. Ayuda a esta convención que en 1827 se localiza el primer uso de la palabra fado, que procede del latín fatum, destino.

Pero no todo es romanticismo: en el siglo XIX, fado era sinónimo de persona o lugar marginal, es decir, prostitución y lupanar. Como Maria Severa, la legendaria fadista y meretriz que sedujo al conde de Vimioso y conectó el fado con las élites intelectuales y aristocráticas de Lisboa. 'Desde entonces, el fado ocupa un lugar primordial y emocionante para todos los portugueses', cuenta Jorge Fernando, el guitarrista que acompañó la última etapa de Amália Rodrigues. Amália, así, a secas, punto y aparte en la historia crucial del fado.

Amália da Piedade Rodrigues. Ningún nombre concita tal unanimidad como su figura epicéntrica en la música popular portuguesa. Comenzó, aún adolescente, como vendedora callejera de frutas a mediados de los años treinta, donde tomó un primer contacto con conjuntos bohemios que cantaban por apenas unas pocas monedas. Desde su aparición en un concurso para nuevos talentos, Amália Rodrigues se iba a convertir en la única reina del fado. De Lisboa a la gloria, con actuaciones en Europa, África y América Latina. Grabó tres decenas de discos, algunos de importancia clave para la consolidación del género como Busto, publicado en 1962.

'El fado fue manipulado por la dictadura', denuncia João Afonso

'Ahora que vienen días de gloria hay que recordar a Amália, porque fue ella la que hizo el trabajo más difícil en una época en la que no era cómodo ni fácil reclamar un lugar de respeto para el fado. Amália fue un ser iluminado, el fado entero nació dentro de ella por voz, talento, personalidad e inteligencia', señala Jorge Fernando, sentado en una mesa del club Bacalhau de Molho, donde ahora encauza a nuevos valores de la canción portuguesa.

'Portugal sufrió durante demasiados años un fuerte complejo provinciano de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo portugués era inferior', indica el guitarrista. 'Fue Amália, su voz, la que logró levantar la autoestima de los portugueses para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza'.

Ya en los años treinta del siglo pasado, el fado logró salir de su circuito marginal en los barrios cardinales de Lisboa (Alfama, Mouraria, Barrio Alto, Madragoa) y se lanzó a conquistar el país, el mundo entero. La aparición del disco de pizarra y la popularización de la radio elevaron el volumen social de una música preñada de melancolía y morriña.

Pero no paseó el fado un camino de flores. Tan pronto se hizo popular llegó la política para vampirizar su arraigo social. Con la instauración del Estado Nuevo, liderado por el dictador Salazar a partir de 1933, la vida cultural portuguesa entró en fase crítica. Eran tiempos de las tres F: fútbol, fado y virgen de Fátima.

'El fado fue manipulado por la dictadura y, con la revolución de los claveles en 1974, también sufrió persecución por el fanatismo de izquierdas. Muchos medios de comunicación cayeron en manos de grupos radicales e incluso se llegó al extremo de que se dijo que Amália era de derechas y que colaboró con la dictadura', explica João Afonso, productor que ha recuperado una colección de 32 grabaciones históricas de fado clásico que el sello Karonte ha publicado esta semana en España.

'Más tarde se probó que todo era mentira', continúa Afonso. 'El dirigente comunista Octávio Pato reveló que Amália había actuado gratis para recaudar dinero para los exiliados comunistas en Francia. Y así aclaró un episodio triste de nuestra historia para limpiar el nombre del fado'.

En los ochenta, el fado recobró el brillo de antaño. El Coliseo de Lisboa acogió grandes noches con actuaciones de 12 horas organizadas por la Casa de la Prensa. Y surgieron nuevos talentos salidos del pop y el rock. Con 12 años, Camané llegó de la villa de Oeiras para conquistar la capital y abrir el fado a audiencias jóvenes. 'Hoy el fado ya es reconocido por todos porque no hay prejuicios políticos ni sociales, y sinceramente nosotros no somos tan importantes porque siempre hubo gente pendiente de querer al fado. Siempre creí en el fado y en su fuerza de expresión, pero pensaba que íbamos a tardar más años en lograr su reconocimiento masivo', admite el cantante.

Su álbum de 1998, Na linha da vida, marcó un hito en la reconciliación del fado con las nuevas generaciones de portugueses. Junto a Camané vino la hornada de mujeres fadistas: Mísia, Mariza, Mafalda Arnauth, Kátia Guerreiro y Ana Moura, la fadista de voz trémula que epató a Mick Jagger y Keith Richards. Hoy conviven leyendas de la vieja escuela como Carlos do Carmo, Maria da Fé y Argentina Santos con grupos de fado heterodoxo hilvanado de electrónica como Rosa Negra.

Penúltimo eslabón de una cadena sin fin, Fábia Rebordão concita el interés del siglo nuevo. Descendiente directa de Amália Rodrigues, que era sobrina de su bisabuelo, esta cantante de 26 años acaba de debutar en disco con A oitava cor y actúa con Jorge Fernando todas las noches en Bacalhau de Molho, uno de los santuarios del fado lisboeta, junto a Senhor Vinho, Clube de Fado, Faia y Mesa de Frades. 'Nunca me gustó el pop, siempre preferí la música con mayor sentimiento. Del fado, que empecé a cantar con 11 años, me gustó además el ambiente, las luces bajas, sus aromas antiguos y esas letras que nos hablan de las emociones de las personas', señala Rebordão, la voz femenina elegida por el Museo Nacional del Fado para celebrar con un recital popular la elección de la canción portuguesa como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Pero no sólo de música vive el fado. De sonido reposado como el mejor vino viejo, la canción portuguesa se nutre de literatura y poesía. 'El fado es lírico y épico, nostálgico y marítimo, como siempre es el paso del tiempo aquí en Portugal; es una canción dolorosa y lenta como corresponde a los distintos estados del alma', resume el escritor João de Melo en conversación en el histórico Chiado de Lisboa.

'El fado es todo lo que contiene la palabra saudade, una descripción inefable de la vida, del día y de la noche. Quizá una de las grandes cualidades de nuestra música portuguesa, y diría que de toda la cultura nacional, es su innata capacidad lírica para retratar al prójimo. En el fado reinan los cuentos del vencido por encima de los cuentos del vencedor. Y en el fado hay historia, espíritu y naturaleza: es la genuina expresión sentimental de todo un pueblo que siempre lo pasó mal', cierra João de Melo.