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Rubén Lardín “Escribir es una perversión del acto de leer”

El periodista y escritor barcelonés Rubén Lardín publica ‘La hora atómica’, un dietario sincero, inflamable y desobediente

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Rubén Lardín, autor de 'La hora atómica'. / FOTOS: CHRISTIAN GONZÁLEZ


Rubén Lardín (Barcelona, 1972) es un poco de todo y un mucho de nada. De repente, aparece con un libro bajo el brazo, un libro bello y raro. La hora atómica (Fulgencio Pimentel) puede leerse de varias maneras, pero escribirse sólo de una: desde las tripas o, por precisar, desde un poco más abajo. Es un dietario sincero, inflamable, desobediente y pornográfico, en el sentido de abierto y crudo, porque él es más erotómano que hombre de microscopio. Lardín, firma clásica de revista moderna, escribe en primera persona porque ésa es la forma de explicar el mundo, que siempre son los otros. Doctorando de sí mismo, no viene a decirnos que esto se acaba, pero casi. Las ratas ya han abandonado el barco y a bordo sólo queda la orquesta de sus teclas.


¿Se puede escribir estando feliz?

Sí. Además, es una de las maneras de liberarte del acto de la escritura, algo ridículo física y hasta intelectualmente. Escribir gozoso y sin saber lo que va a pasar es lo que me da mejores resultados. En todo caso, yo no produzco obra. Tengo un par de libros que no he escrito, y éste es uno de ellos, porque son textos publicados en internet que se convirtieron en un libro. Ni feliz, ni triste: yo no necesito hacerlo. Siempre he considerado que escribir es una perversión del acto de leer. Para mí, lo natural es la lectura.


Parece que le quita importancia a la exigencia de haber escrito un texto semanal para su extinta revista digital El Butano Popular.

Para mí el libro es un objeto sagrado, por lo que ver aquellos textos publicados me plantea un conflicto. No los escribí con el respeto que se merece el formato, aunque quizás eso esté bien. Sin embargo, hay gente que me ha comentado que los relatos no le habían funcionado en internet, pero sí en papel, supongo que por una cuestión de respiración.


¿Sin estilo no hay escritura?

Sin estilo hay redacción. Yo escucho la musiquita.


Pesa más el ritmo que el adjetivo, ¿no?

Y pesa más la música que la verdad. No puedes deshacerte de ella nunca, tienes que bailarla. Y también que falsear la realidad, mal que te pese, en busca del pum, pum, pum.


Cuando escribe sobre cine o sobre sí mismo, en realidad está escribiendo sobre todo lo demás. Supongo que le parecerá detestable la categoría literatura del yo.

El yo es el único lugar donde puedo abismarme para buscarlo o encontrarlo todo. Maltrato el yo para poder hablar de todo lo demás. Cuando uno escribe, siempre hay vanidad.

¿Cómo se ve la vida desde una caseta de la Feria del Libro?

No había estado nunca y aquello es muy raro. Un exceso absoluto: de días, de calor, de youtubers… Es una cosa muy loca que aturde.

¿Impone más la dedicatoria o la página en blanco?

Aunque parezca una sandez, siento pánico de no recordar el nombre de la persona que te pide que le firmes el libro, sobre todo cuando la conoces o la aprecias.


Ante la hoja en blanco, incluso le espolea no saber sobre qué va a escribir.

Para mí es lo más estimulante. Hacer el diarismo de la nada o de la costumbre, aunque hay tics que siempre terminan saliendo. Yo me quiero sentir más físico, pero escribir me hace sentirme ridículo. Y encubro esa vergüenza tirando de chulería o de una sinceridad que puede llegar a ser atroz. Me parece ridículo estar encerrado en casa escribiendo. Hay algo de neurosis en ese acto de vivir sentado que no puede ser saludable.

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


¡Qué Barcelona la suya!

No soy consciente de estar haciendo un retrato de mi ciudad. En este libro he dejado de salir de noche, porque esa Barcelona ya no me pertenece. Me imagino que todo va a peor: las Ramblas o la Gran Vía de Madrid, apestosas y repugnantes, ya no son nuestras.

¿Y Catalunya le pertenece?

Siento más Barcelona que Catalunya, pero el rollo es funcionar a la contra. Cuando hice la mili en Madrid, en cuanto me quitaba el traje verde, me ponía una camiseta con el lema Freedom for Catalonia. En mi tierra no me la puse jamás, pero lo hacía para joder. En el fondo, me la suda…

Es tan de ir a la contra que un día se pasó de vueltas y terminó aficionándose a los toros.

Si los toros fueran como antes, cuando eran el fútbol de su tiempo, no me interesarían.


Y si no fuesen prohibidos en Catalunya, tampoco.

Ni siquiera me hubiera acercado a ellos. Fue por ensalmo: compré una entrada para ver a José Tomás, que no sabía ni quién era, y entendí toda esa mierda que me habían intentado inocular y que había rechazado hasta entonces.

¿A la contra también del soberanismo?

¿Se está hablando ahora de eso?

[Risas]

Allí estoy en contra, pero aquí podría defenderlo… Qué va, es una coña: ¡son muy pesados! Y lo malo del asunto es que estoy viendo a muchos amigos hacer el ridículo…

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


Lleva años advirtiendo de la perversión del lenguaje y de los peligros de lo políticamente correcto. ¿Esto ha ido a peor?

Sí, pero no sólo el lenguaje. Es peligrosísimo, demencial y muy loco que se exija el castigo moral dentro de la ficción. Esto no puede seguir así, porque el moralismo lo impregna todo. Hay cosas de las que prefiero no hablar, pero creo que el tema de los micromachismos está haciendo daño, cuando en realidad quienes los denuncian persiguen otro objetivo.


Escribe sin tapujos, algo que no podría hacer en un medio convencional, porque ciertos contenidos generarían rechazo y las redes sociales lo amplificarían.

¿Pero cómo vas a escribir, tío? Para que sea nutritivo, hay que escribir sin norte, como una labor de zapa, a ver qué encuentras. No queda otra que ir de frente para dar con algo de valor.

“Internet no se ve, sólo se mira”.

El Butano Popular nació como una reacción al internet de las imágenes y los vídeos. La revista, negro sobre blanco, estaba condenada desde el primer día. Quería hacerla en papel, pero era complicadísimo e insostenible. Al menos editamos tres libros, aunque los textos de muchos autores también terminaron publicándose en otras editoriales: Julián Hernández, Francisco Nixon, Javier Pérez Andújar, Pilar Pedraza…

De una supuesta independencia a una interdependencia: seguimos solos, nadie ha venido a rescatarnos desde Silicon Valley.

No, pero la gente está contenta y se siente libre e informada. El otro día le comentaba a Miguel Brieva que amigos preparados, críticos y con discurso tienen unas conductas asociadas al móvil propias de alcohólicos y heroinómanos. Son tan yonquis que no lo saben o no son capaces de reconocerlo.

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


En La hora atómica escribe que el iPhone es el chupete del hombre contemporáneo.

Por ese rollo físico de llevárselo a la boca todo el tiempo. Si tienes que estar al tanto de si me gusta o no me gusta, ya no puedes escribir, porque vas a estar intentando gustar siempre.

Las nuevas generaciones, desde la Antigua Grecia, siempre han sido criticadas. Usted, en cambio, carga contra la suya y recuerda que los jóvenes siempre han sido iguales.

Mi generación es la que me da más vergüenza, mientras que las siguientes me dan rabia, porque ya no formas parte de ellas. Aspiras a que esas generaciones te lean, para poder decirle a un chaval de dieciséis años algo que no sabe: aunque yo tenga cuarenta y cinco, me siento exactamente igual que él. Pero los odias porque sabes que no van a leer a un puto viejo, porque no les interesa [risas].

Las nuevas generaciones se venden más o mejor: la imagen de un producto apetecible que, tras quitarle el envoltorio, no siempre se corresponde con la realidad.

Al quitarle el envoltorio siguen siendo lo mismo que nosotros: unos miserables y unos animalitos indefensos y conmovedores. Incluso son más frágiles, porque han estado blindados por esa imagen prefabricada constantemente. Tiene que ser muy duro estar todo el tiempo haciéndose selfies y transmitiendo lo feliz que estás


¿Logrará hacerse viejo sin ser adulto?

Es complicado... Ya detecto cositas, me fatigo, me aburro y tengo que recabar entusiasmo para hacer algunas cosas. Pero lo intentaremos, ¿no?

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


Ya que para usted escribir no es un trabajo, sino otra cosa, ¿en qué le gustaría ocupar su tiempo para poder pagar las facturas?

No lo sé, dejé de pensarlo hace años. De niño quería dibujar. Incluso estudié en una escuela de artes y oficios para ganarme la vida con eso, aunque en realidad jamás he sabido cómo ganarme la vida. Luego empecé a escribir sin querer.

¿Dejó la escuela porque creía que la academia castra?

No, la dejé porque me fui a la mili y al volver no la retomé. No consideraba que castrase o no, porque no me la tomaba con interés. El estímulo de ir a la escuela era buscar afines, aunque siempre he tenido problemas con la autoridad, incluidos los profesores.


Pero piensa que con reglas no hay vanguardia.

La vanguardia, precisamente, consiste en romper las reglas. No obstante, éstas pueden terminar sedimentándose y entonces te ganan para la causa. O estás como una comadreja huyendo de ti mismo todo el tiempo o acabas integrándote.

Detesta el cine español que emula al de Hollywood, cuando este país da para tanto…

¿Todo esto lo he dicho yo? [risas]

… cuando este país da para tanto, véase Berlanga.

No lo sigo, pero a diferencia de muchísimos colegas críticos, que lo detestan, me gusta mucho el cine español cuando me gusta. Hay gente que reniega de él sólo por ser de aquí. Yo reconozco que puede gustarme mucho, aunque me da pena cuando se ensalza un cine cuyo mayor esfuerzo es no parecer español. Aquello que decíamos de niños: “Esta película es tan buena que no parece española”. Ahora bien, donde esté Berlanga… ¿Qué Berlanga hay ahora?

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


¿Qué cineasta hay ahora?

Nacho Vigalondo me parece un tío con muchísimo talento. Curioseo todo y el cine negro actual está muy bien. En cambio, el cine social español me parece repugnante, no por moralista, sino por discursivo, sentimental y chungo. La comedia quizás ya me la sé, pero excepto con el género social, no tengo ningún problema con el resto.

Le gusta que el crítico tenga tanta sala como calle, ¿no?

La muletilla no me interesa nada, prefiero calar al crítico. Puedo saber más de una película porque Carlos Boyero la haya puesto mal que porque otro la defienda con una prosa académica ortodoxa.

“El arte está ahí porque la vida no es suficiente”. ¿Reconoce la frase?

¿Eso lo he escrito yo…? No es que la vida no sea suficiente, sino que muchas veces es intolerable.


Ha dejado de fumar, pero sigue teniendo el mechero a mano…

Los malos ratos los he pasado con canciones, películas y dibujos. Todo lo demás te falla, e incluso el sexo se acaba.

¿Cómo se sobrevive con el freelanceo?

No lo sé… Mi fijación ahora no es ganar más dinero, sino cómo necesitar menos, porque las energías van menguando. Hace veinte años te hacía ilusión ver tu artículo en una revista, pero eso ahora ya no me ocurre. ¡Es que no hay ni revistas! Luego está esa gente con tan poca vergüenza que te ofrece escribir sin cobrar, a cambio de visibilidad. ¡Tío, si quiero visibilidad, me pinto la cabeza de verde! Aunque lo de escribir gratis es más antiguo que internet, porque comenzó con la prensa gratuita.

¿No cree que eso alentó la escritura en primera persona, donde el entrevistado escribía más sobre sí mismo que sobre el cineasta o músico internacional de turno?

Si el texto es bueno, no me parece mal, porque es una manera de sacarle partido. Es como una bajada a los infiernos o un ascenso al olimpo del miserable, que se acerca al actor de Hollywood. Pero si la escritura no es buena, resulta lamentable. Lo peor.


Siempre esgrime que es un autodidacta. Aunque tener una licenciatura o un grado no tiene por qué significar nada, ¿ha sentido alguna vez cierto complejo por no haber estudiado?

Suplo mi inseguridad con insolencia y, de paso, ataco a la autoridad, algo muy saludable. A esta edad, pienso que me gustaría haber estudiado todas las carreras, empezando por Gemología. Ahora bien, en su momento nunca estudié para un examen, porque no he sabido hacerlo. No me siento orgulloso, es que era así.

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ


¡Ha traducido a Robert Crumb!

Sí, ocasionalmente. Es que también soy un farsante... He traducido del inglés, del francés y del italiano, pero no sé ni inglés, ni francés, ni italiano [carcajadas]. Los he aprendido leyendo, no los hablo.


¿Ve series?

No. Cuando me interesa alguna, veo sólo dos capítulos y me digo: “Es muy bonita y ya me la sé”. Es una hipoteca de tiempo muy grande. Eso sí, intento ver una película todos los días. Prefiero el estímulo insólito de un filme, porque el motor de una serie siempre va a ser generarte una adicción.


¿Dónde quedaron los fanzines?

No tengo ni idea. En internet no hay tu tía por la censura: imagínate subir una teta a Facebook. Sin embargo, existen más fanzines de esteta que nunca, como puedes comprobar si vas al Gutter Fest o al GRAF. Pero no sé dónde están los de contenido irreverente.

Al final no hemos hablado del homo eroticus tan presente en el libro…

El otro día me hicieron una entrevista y me dijeron: “Hablas mucho de mujeres y siempre desde lo sexual. ¿Qué problema tienes?”. Oye, a lo mejor el problema lo tienes tú. ¡Me quedé alucinado, tío! Un hombre ya no puede hablar sexualmente de una mujer o de otro hombre. Muy loco todo...

Por cierto, ¿ha vuelto a volar en Ryanair?

Nunca más volveré a hacerlo, es horroroso. Prefiero quedarme solo en tierra. Al final, me acabo fundando en estas decisiones terminantes. Hasta con la idiotez puedo transigir, y mira que es peligrosísima, pero no puedo con Ryanair ni con el arribismo.

Rubén Lardín. / CHRISTIAN GONZÁLEZ