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Último sábado a la noche con Miguel Ríos en Madrid

Más de 15.000 personas llenan el Palacio de los Deportes para arropar al rockero granadino en su gira de despedida

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A los pibes del barrio aquella cinta nos quemaba las manos. Era una copia casera (ministra, todavía no existía la palabra pirata) del doble disco Rock and Ríos que un colega se agenció del radiocasete de su viejo. Cuando logramos reunir cuatro duros, en el único bazar indio del pueblo compramos una cinta virgen y un domingo de fútbol aprovechamos para juntar, a pelo, dos magnetofones pesados como un tonel y duplicar esa música de peludos que a las madres no les gustaba. Así conseguimos una copia de seguridad, por si saltaban los cachitos de hierro y cromo, como aprenderíamos luego con el cantecito de otro grande. Aquellas tardes sonaba El rock de una noche de verano cuando nos escondíamos para fumar, porque el cigarro era entonces cosa de hombres, y pronto empezamos a escuchar de grifa y otras mandangas. Algún güisqui robábamos en la licorera de casa; a veces un tapón de ginebra barata, porque todavía no habíamos oído hablar de chupitos. Queríamos ser hijos del rock and roll. Pero no conocíamos aún las canciones de Moris o Tanguito, ni el rock progresivo de Smash, Triana o Gualberto. Quizá por eso aquel tipo con pantalones de cuero y pelo ensortijado se convirtió en nuestro primer ídolo.

Treinta años después, ver cómo Miguel Ríos dice adiós indica que el tiempo que se va no vuelve. Pero reconforta ver cómo un país reconoce el papel que el granadino ha jugado en la aparición y posterior evolución de la canción rock. Que es como decir que aquel chaval al que una vez llamaron Mike Ríos, guste o no, ha sido parte (importante) de la banda sonora del último medio siglo en esto que se llama España. De Madrid, adonde en 1962 llegó con diecisiete años y una maleta para buscarse la vida, Miguel se marchó satisfecho. No fue para menos: completó dos horas y media sin dar tregua, en un recital que aunque tuvo altibajos casi siempre cotizó al alza. Y logró reunir a buena parte de hijos, a veces herederos, de su rocanrol y a algún que otro compañero de batallas. Con el punto justo de nostalgia, sin derivar en celebraciones gratuitas ni en ejercicios de autobombo.

Estructurado en cinco bloques temáticos, el espectáculo Bye, bye, Ríos se nutre de los temas más conocidos del granadino. Aunque, sorpresa, no incluye apenas rastro del puñado de Eps de cuatro canciones que publicó entre 1962 y 1967. Fue previsible el arranque con Bienvenidos y Generación límite (con su primer invitado, Jorge Salán, el guitarrista de Mago de Oz), con aires flamenco-beat cantó Antinuclear y, acompañado por José Ignacio Lapido, uno de esos genios a los que la suerte comercial nunca sonríe lo que es de justicia, bordó En el ángulo muerto. En clave de blues, Ríos rindió homenaje a la ciudad en la que se hizo cantante (Cosas que debo a Madrid, cuya letra escribió con Luis García Montero) y volvió a 1983 para cantar No estás sola. Antes de un breve intervalo de aromas soul (El ruido de fondo, Yo solo soy un hombre y La reina del keroseno), invitó al escenario a una 'chica' a la que ha visto crecer 'desde que era pequeña', dijo, 'pero no como Sánchez-Dragó, porque no se puede ser tan cabrón'. La chica de negro resultó ser Ana Belén, con quien defendió El río, que en 1982 fue cara b del sencillo Bienvenidos/Santa Lucía.

Aquel tipo con pantalones de cuero y pelo ensortijado se convirtió en nuestro ídoloMejor estuvo el rato que Miguel Ríos dedicó al rock eléctrico, con el añadido de su productor, Carlos Narea, en la percusión. Para Un caballo llamado muerte subió a la tarima el dúo Gold Lake, donde su hija Lua lleva la voz cantante. Se acercó a Argentina, que tan buen rock ha prestado a la música española, para recordar al mejor Charly García con Nos siguen pegando abajo ('estoy yéndome, soy como una luz apagándose') y, de vuelta a casa, invitó al dúo Amaral para cantar Al sur de Granada, con la voz de Eva volando alto. Menos contundente estuvo su concesión pseudo-tecno (El sueño espacial, Año 2000) y tampoco estuvo a la altura un desabrido Rock de una noche de verano. Voz de la buena mostró Miguel Ríos en Todo a pulmón, sobre el piano contenido de Luis Prado, de los valencianos Señor Mostaza. Aunque para voz la de Carlos Tarque, a quien el que se va señaló como heredero legítimo, 'el tipo que mejor canta rock en este país'. Juntos clavaron Santa Lucía, una de las piezas que mejor han envejecido en el repertorio de Miguel Ríos, que luego atacó un intenso Blues del autobús y el más previsible Rocanrol bumerang.

En los bises volvió a Buenos Aires, ya en clave beat, para recordar que de allá tuvimos la suerte de tener cerca al exiliado Moris (Sábado a la noche, que anoche sonó en solitario y que hoy volverá a cantar con la ayuda de Ariel Rot). De esa misma época es Mueve tus caderas, de Burning, otros compañeros de generación del inefable Rosendo Mercado, que apareció con sus vaqueros de pitillo, melena inconfundible y playeras negras para entusiasmar con Maneras de vivir antes de que Miguel Ríos, ahora sí, dijera adiós con Bye, bye, Ríos y la canción que le abrió las puertas del mundo, Himno de la alegría. Y que cantó a pleno pulmón, acompañado por quince mil gargantas. Con la emoción de esos instantes que no se volverán a repetir. Hoy, Miguel Ríos se marcha de Madrid. Será su último concierto en la ciudad a la que llegó para defender el rock en tiempos de cólera. Él asegura que se va para siempre. Adiós, Miguel, que se dice pronto.

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