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Antes de salir al escenario, "ánimos, dos tragos grandes y arriba", Reincidentes en Malgrat de Mar

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Mairena del Aljarafe, noche del 13 de agosto, estamos junto a nuestro local de ensayo terminando de cargar el remolque y sacando la autocaravana. En el bar al que vamos siempre nos espera el dueño, Fermín, para que podamos comernos un bocata y tomarnos unas cervezas antes de partir. Calor. Mucho calor. Aunque miedo nos dan la menor temperatura y mayor humedad del sitio adonde nos dirigimos para tocar la noche siguiente: Malgrat de Mar (Barcelona). Salimos a la carretera y hacemos una miniasamblea para decidir aspectos del plan de promoción del próximo disco y sobre un posible concierto en Colombia. Con la cabeza aferrada a unos acordes de una canción que Barea ha compuesto y me ha enseñado horas antes, me voy quedando dormido. Creo ver Manzanares en un letrero.

En Malgrat amenaza lluvia. Es peligroso pero, aun así, nuestros cuerpos agradecen esta tregua. Revisamos el sitio donde tocamos y nos dicen que a las cuatro de la tarde es la prueba de sonido. Antes de eso hay que comer algo: butifarra, escalivada, cargols, pescado y vino del Penedés acuden a nuestro estómago y hacen más feliz nuestra existencia.

'Y toda esa adrenalina [del escenario] se va al camerino, para posteriormente pasearse por un par de bares rockeros de la zona'

La prueba de sonido es quizá lo que menos nos gusta de esta profesión. Casi siempre es al sol, no sé muy bien por qué, y encima muchas veces no sirve para demasiado. Nos cuentan que en Malgrat se fabrican el Mistol y la Buscapina, pero lo mejor, los más de cinco kilómetros de playa, que apenas nos da tiempo a admirar.

Cae la noche. Se acerca la hora. Camerinos. Vemos si hay alguna duda sobre el orden de los temas a tocar, ánimos mutuos, dos tragos grandes y arriba. La gente esta calentita desde la primera canción, así que a disfrutar que son dos días. Nuestros conciertos son rápidos, intensos y el único incidente, si se le puede llamar así, es un resbalón que tengo por culpa de mi pie recién operado, al parecer nadie se ha dado cuenta. De la mitad de concierto para adelante le pido al técnico que suba un poco mi voz, ya no estoy con la misma fuerza que en la primera canción. La última parte del concierto la componen las canciones más conocidas y coreadas. Éxtasis.

Y toda esa adrenalina se va al camerino, para posteriormente pasearse por un par de bares rockeros de la zona. ¿Sustancias? Estamos en una especie de nube difícil de definir, hasta que se produce la llamada de Luis, nuestro mánager de ruta, diciendo que ya está todo cargado y que salimos a la carretera. En otros tiempos algunos hemos dado con nuestros huesos bien entrada la mañana en algún banco de estación, alguna cama extraña e incluso en comisaría, pero Luis siempre gana.

Últimas copitas en la caravana antes de hacer las camas. A veces pienso que son las de la anestesia. Caemos dormidos de puro cansancio. A partir de aquí todo es más pesado, más difícil de aguantar. Calor. Mucho calor. Veo mi correo electrónico y escribo esto. Por fin llegamos al local con algo de desesperación en el cuerpo. Lo guardamos todo, esfuerzo final.