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Scorsese resucita a Méliès en tres dimensiones

El director saca toda la artillería digital para recrear los orígenes analógicos del cine en 'La invención de Hugo', nominada a 11 estatuillas y que se estrena hoy

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En la novela juvenil La invención de Hugo Cabret, de Brian Selznick, Martin Scorsese ha encontrado los mimbres para realizar una de las cosas que más le gusta: homenajear a sus maestros. En esta ocasión, se trata del padre del cine fantástico, Georges Méliès, al que rescatará del olvido de un negocio de estación el adolescente del título.

Parece que, a medida que el cine avanza hacia su inexorable digitalización, son más y más los nostálgicos que desean homenajear al moribundo analógico. Sobran los ejemplos: Quentin Tarantino imaginó que su poder acabaría con el nazismo en Malditos bastardos (2009); David Fincher plasmó su amor al silente en un desgraciado personaje constantemente sacudido por un relámpago en El curioso caso de Benjamin Button (2008); el mismo Almodóvar recordó a Buñuel en su corto El amante menguante en Hable con ella (2002). Son autores reconocidos y sin problemas de distribución.

En el mundo del cine documental, el found footage (metraje encontrado) se ha convertido en un elemento capital que, en numerosas ocasiones, justifica la misma existencia de la obra y, en el género experimental, un francotirador como Ben Rivers se ha hecho un nombre empleando cámaras vetustas y revelando él mismo los negativos en el fregadero de su cocina, convencido de que el proceso de manipulación afecta a la narración. De hecho, a veces se tiene la impresión de que, ahora mismo, no hay nada más cool en el mundo del audiovisual que rodar con una Bolex de 16 mm, como los aficionados de la posguerra.

En 'Gangs of New York' se empecinó en rodar sin efectos especiales

No es de extrañar, pues, que la exhibidora Julia Marchese lanzara a finales del año pasado una petición para que las distribuidoras siguieran proveyendo a los cines de copias en 35 mm. Como estamos en tiempos de peticiones vía Actuable.com y demás, Leo Enticknap, de la Universidad de Leeds, no tardó en responder con sorna, reclamando que General Motors volviera a 'fabricar el modelo Ford T y que los conciertos para piano de Mozart sólo puedan ser interpretados en piano-forte del siglo XVIII'.

Y en estas llegó Martin Scorsese. A buen seguro que el director neoyorquino habrá firmado la petición de Marchese. Por algo es fundador y presidente de The Film Foundation, una ONG para la preservación del archivo audiovisual y a través de la cual han restaurado varias decenas de películas, entre las cuales, dos del homenajeado Méliès: La danse du feu (1899) y Les fromages automobiles (1907). Él mismo coqueteó con el fracaso más absoluto con Gangs of New York (2002), empecinado como estaba en realizar la última gran película sin efectos especiales de la historia, con miles de extras y costosísimos decorados. ¿Qué hace, pues, abrazando no sólo al enemigo digital sino a su más pinturera y a menudo banal excusa sacadineros como es el 3D en La invención de Hugo?

Ahora abraza al 'enemigo' digital y recurre incluso al 3D

El gurú de los ceros y los unos aplicados a la pantalla, Lev Manovich, en su artículo ¿Qué es el cine digital?, ya reivindicaba a finales del siglo pasado no sólo un nueva forma, sino un nuevo fondo para el arte audiovisual del siglo XXI. El cine había pasado cien años escindido entre lo que él denominaba 'el arte del índex' y la animación, o lo que es lo mismo: entre el cine como 'grabación de la realidad' o como 'un subgénero de la pintura'. Manovich afirmaba que la dictadura de la primera corriente ('grabaciones no modificadas de hechos reales que tuvieron lugar en espacios reales') tenía los días contados con la tecnología digital, pues esta permitía 'crear lo que nunca ha existido'. El 3D, la visión estereoscópica en las películas no animadas, sólo ha buscado ahondar esa sensación de hiper-realidad, y uno ha perdido ya la cuenta de cuántos puñales le han clavado en la retina con el dichoso invento.

El gran retratista del lumpen ha descubierto la fantasía

Sin embargo, La invención de Hugo, que se estrena hoy en los cines españoles y el domingo compite en los Premios Oscar, consigue reconciliar una y otra tendencia, hacer de gozne entre los tiempos pretéritos y el futuro, soldar el cine como fotografía y como lienzo, abriendo nuevas formas de expresión en el lenguaje cinematográfico. No es una película sobre el cine como fábrica de sueños, creadora de cánones estéticos y culturales; es un filme sobre el cine como el ejercicio de ilusionismo que fue en su primer momento. Es una historia de magos, no de cineastas. El gran retratista del lumpen ha descubierto el maravilloso mundo de la fantasía. Scorsese sabe que, a estas alturas, nadie va a huir despavorido con la llegada de un tren a una estación como en la época de los Lumière, ya sea en 3 o en 33D.

Sin embargo, con la manipulación sintética de las imágenes en aras de la visión estereoscópica, con un Scorsese imbuido de la curiosidad inocente de su protagonista, muchos abriremos la boca ante el encanto prestidigitador de escenas más cercanas a la pintura surrealista que al cine tal y como lo hemos entendido hasta ahora.