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Los secretos de la escuela cubana de ballet

El nombre de Carlos Acosta es muy conocido en Europa y en el mundo, fue una de las grandes estrellas del Royal Ballet, y sus inicios se fundamentan en la Escuela Cubana de Ballet. 

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Tras el vuelo de los bailarines sobre el escenario hay una estructura enorme que suma el talento, la vocación al magisterio y la voluntad política.

El nombre de Carlos Acosta es muy conocido en Europa y en el mundo, fue una de las grandes estrellas del Royal Ballet y el primer negro que interpretó el papel de “Príncipe” en la compañía británica. Era el hijo de un camionero y vivió en Los Pinos, un barrio muy humilde de La Habana, a pesar de lo cual se convirtió en alumno de Ramona Saa, la actual directora de la Escuela Cubana de Ballet. Hoy se forman en estas academias diseminadas a lo largo de la isla más de 900 niños y
niñas.

La escuela representa una enorme cantera para todas las expresiones de la danza nacional e incluso de algunas de las más destacadas compañías del mundo, en las que cubanas y cubanos han brillado al punto de ser calificados por algunos críticos como “los rusos del siglo XXI”. Parte del éxito de la escuela ha sido ser capaz de saltar por encima del racismo de quienes creían que los negros no pueden bailarlo, de los machistas que temían ver a sus hijos convertirse en homosexuales o de los elitistas que lo consideran un espacio exclusivo de la alta sociedad.

La cantera de la escuela cubana de ballet no margina a ningún niño por su clase social, Ofelia Talía Rodríguez es la hija de un trabajador de la construcción.

Una vez eliminados esos prejuicios, se abrió para la escuela una cantera gigantesca que abarcaba a todos los niños con talento, como Ofelia Talía Rodríguez, una espigada mulata de 14 años hija de un trabajador de la construcción, cuyo sueño es ser “una gran bailarina”. La directora Ramona Saa explica a Público que esto sucede gracias a que en la Escuela no se paga matrícula y se entrega de forma gratuita el material didáctico, las zapatillas, las mallas y hasta los alimentos. Se mantienen del presupuesto del Estado porque los costos son tan altos que resultaría imposible autofinanciarse.

Aun así la dirección de la escuela hace esfuerzos para buscar recursos propios. Unos 40 estudiantes de EEUU, Argentina, México, Uruguay e Italia, pasan cursos y talleres en un centro que, además de ser prestigioso, es muy barato, apenas U$D 250 al mes. También se realizan intercambios académicos con naciones como Costa Rica. Un periódico de ese país, reseñaba que era evidente “el nivel superior que demuestran los estudiantes cubanos con el resto del elenco costarricense”. Explica el periodista que “En Cuba la profesión del bailarín es reconocida y respetada: ningún padre o madre se opone a que sus hijos estudien ballet”, mientras que en Costa Rica “casi ningún padre de familia espera que su hijo sea bailarín, sobre todo porque no tendrá un puesto de trabajo en ninguna institución pública”. 

En 1959, el triunfo de la revolución le dio al ballet el apoyo institucional que le faltaba pero no se hubiera materializado semejante proyecto sin la presencia de voluntades tan fuertes como las de Alicia y Fernando Alonso o sin el amor inconmensurable de Ramona por sus estudiantes. Una maestra que Carlos Acosta describe como su segunda madre, la que le perdonó siempre sus diabluras infantiles, le enseñó todo lo que sabía, lo acompañó en sus primeros vuelos y después lo dejó libre para que se elevara hasta la altura de su talento.

Ramona de Saa, conocida por sus alumnos como ‘Sherry’, antes de ser directora de la escuela de ballet, fue la maestra de figuras tan importantes como Carlos Acosta.

El ballet en Cuba es mucho más que bailarines volando sobre el escenario o flores que giran interminablemente hasta caer en brazos de un Príncipe. El Ballet cubano es un sistema de engranajes perfectamente estructurado, es el resultado de tener una cantera de millones de niños seleccionados sin otra medida que el talento. Escuelas donde cursar una carrera que abarca 8 años de enseñanza artística junto a la escolaridad. Y cientos de maestros que llegan con la experiencia de haber bailado por todo el mundo.

En 1959 había que ser muy soñador para pensar que se podía crear una compañía de ballet de primer nivel en una pequeña isla, con una economía subdesarrollada y apenas 6 millones de habitantes. Pero había que estar loco para soñar que, en el país del Son y de la Salsa, el público llenaría los teatros para disfrutar de Giselle o de Carmen. Contra todo pronóstico, la utopía se hizo realidad y además fue capaz de sobrevivir a la terrible crisis económica en los años 90. Tal vez las aulas estaban despintadas y las zapatillas remendadas pero, lo mismo en tiempos de abundancia que de escasez, la escuela siempre ha estado llena de niños danzando.