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"Seguimos con miedo a nuestro pasado"

María León consiguió la Concha de Plata en el Festival de Cine de San Sebastián por 'La voz dormida', su debut cinematográfico

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Desde que los ojos de María León (Sevilla, 1984) aparecieron en la pantalla del Kursaal del Festival de San Sebastián hace apenas un mes, la Concha de Plata a mejor actriz tuvo nombre y apellido. El papel de la inocente Pepita de La voz dormida, cuyo estreno será el viernes, es el debut en el cine de esta joven actriz, que se ha forjado en series como Aída. 'Con responsabilidad, pero sin miedo', así se enfrentó León a su primer filme, a las órdenes de Benito Zambrano, que la perfila ya como favorita para el Goya a mejor actriz revelación. Lacrimógena y sufrida, pero también luminosa y muy salada, así es Pepita, el personaje que lucha por sacar a su hermana presa de una cárcel franquista.

¿Cómo ha digerido el premio de San Sebastián? ¿Ha visto cómo le crecen los proyectos?

«Zambrano tiene el talento de saber manejar a los actores»

A veces entro en el salón y miro la Concha de Plata, y entonces me lo creo. Es verdad, me lo dieron, me digo. Pero la verdad es que no he tenido tiempo de digerirlo. Al día siguiente de recibirla, entré a las siete de la mañana al rodaje de la serie Con el culo al aire. Por otra parte, sí he notado más movimiento y más interés, pero por ahora no hay nada. Yo cruzo los dedos, aunque lo que me gustaría ahora es una tragicomedia, para mezclar mi experiencia cómica con lo que aprendí en un dramón como el de Benito. Me gustaría algo tipo Almodóvar.

¿Cuál fue su primera reacción al leer el guión?

Leí el libro de Dulce Chacón primero y luego el guión y quise a mi personaje, Pepita, de inmediato. Cuando me tuve que enfrentar a los castings, me entró la responsabilidad, porque es un personaje basado en los relatos de mujeres durante la posguerra, y eso me daba respeto. Sin embargo, no tuve miedo.

«Mi bisabuelo era maestro de escuela y lo fusilaron en la Guerra Civil»

¿Temía defraudar a las mujeres reales, en las que se inspira su personaje?

No, pero sí ha habido mucho compromiso en esta película, porque teníamos que levantar unas voces dormidas. Queríamos estar a la altura de contar de verdad las entrañas de estas mujeres.

Se pasa llorando toda la película, ¿fue un desgaste?

No por el llanto, porque para eso hay muchos trucos. Esto es cine y vamos a contar una mentira tralalá. Pero sí hubo un desgaste emocional por lo que estábamos contando. La lucha de Pepita por intentar salvar a su hermana es muy dura y el personaje lo sufre. Eso lo tenía que vivir yo.

Usted llama a Inma Cuesta, coprotagonista del filme, 'hermana'. ¿Ha favorecido esa cercanía a la película?

Esa cosa de familia está. Y creo que el amor que tengo por Inma Cuesta ha favorecido mucho a la lucha que hace Pepita por su hermana. Yo veo la película y pienso: Que no me quiten a mi hermana'. Puedes hacer una composición de personaje, pero el amor estaba ya antes, y eso jugó a mi favor. Lo fuerte es que en realidad hemos trabajado sólo dos días juntas en rodaje. Una contaba la historia desde dentro de la cárcel y otra desde fuera.

¿Cómo ha sido el trabajo con Benito Zambrano?

Tiene el talento de saber manejar a los actores: sabe dónde colocarnos para darnos libertad o lo contrario. Cuando me enfrenté al casting, fui con la idea de acudir a un seminario, para aprender de él. Porque Benito sabe contar las entrañas. En Solas quedó claro. Tiene una manera de contar las cosas que es como cuando las abuelas miran y no dicen nada, pero te lo están diciendo todo. Benito cuenta las cosas como la mirada de una abuela.

¿Tiene familiares que fueran represaliados durante el franquismo?

Mi bisabuelo era maestro de escuela y lo fusilaron. En mi casa no es algo que se cuente. Se sabe, pero no se habla de ello demasiado. Aunque mi tío Miguel Ángel, que es republicano, nos canta sus canciones todas las navidades. Eso pasa siempre con este tema: las mujeres con las que hablamos para preparar la película, Rosario la Dinamitera y otras, nos contaban las cosas bajito, como si fuera un secreto. Seguimos teniendo miedo a nuestro pasado.