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Series 'Heridas abiertas' teje una telaraña de traumas, alcohol y calor pegajoso 

HBO España estrena hoy ‘Heridas abiertas’, la serie basada en la novela de Gillian Flynn en la que Amy Adams se luce en el papel de una periodista perseguida por sus demonios que se ve obligada a enfrentarse a ellos mientras cuenta la historia de los asesinatos de unas adolescentes.

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Fotograma de 'Heridas Abiertas', una nueva serie de HBO España

Existen interpretaciones que huelen a premio casi desde la primera escena y la de Amy Adams en Heridas abiertas, Sharp Objects en el original, es de una de ellas. Una mujer profundamente dañada en lo psicológico, pero también en lo físico, que ahoga sus penas y sus demonios en una botella de vodka sin fondo. Periodista (y no de las buenas) de profesión, hija desarraigada con una madre con tintes de psicópata y huida de un pueblo de atmósfera asfixiante, húmeda y tediosa. Así es Camille Preaker, personaje principal de la primera novela de Gillian Flynn (Perdida), que da hoy el salto a la pantalla de la mano de HBO, con guion de Marti Noxon y la propia autora y con un Jean-Marc Vallé que dirige los hilos de una ambientación que recrea la angustia de vivir en la mente herida de su protagonista.

¿Qué es lo que le ha pasado a Camille Preaker para castigarse como lo hace? Es la pregunta que se centra en responder Heridas abiertas y no la desaparición y asesinato de dos jóvenes de un pueblo perdido de Missouri. Wind Gap, donde el calor aprieta, la humedad ahoga, el aburrimiento es el pan de cada día y el cotilleo el deporte local, es el lugar en el que creció Preaker, una joven algo díscola que huyó de su pueblo y su hogar de familia rica sureña para acabar dedicándose al periodismo en la ciudad, en el St. Louis Chronicle. Allí es donde se encuentra aferrada a un teléfono móvil que vivió tiempos mejores con una ‘playlist’ que escucha en bucle y una botella de agua rellena de vodka cuando su jefe decide enviarla a sus orígenes pueblerinos para que haga la crónica de la desaparición de una joven.

A regañadientes, Preaker coge su mochila y emprende el viaje al sur. Amy Adams -eterna nominada al Oscar sin premio que lleva cinco candidaturas en blanco- se muestra enigmática, oscura, hundida y compleja. Pese a todo, su personaje es capaz de sacar a pasear ciertas dotes para el sarcasmo y el humor negro que dotan a la protagonista de una complicada personalidad difícil de desentrañar de entrada. Ahí reside el atractivo de la serie, en hacer el viaje con ella y entender por qué se sirve del alcohol y del dolor autoinfligido para sentirse viva y castigarse por algo que el espectador ni siquiera puede intuir.

Tanto el personaje principal como el caso que se presentan son un auténtico puzzle de complicada solución que Vallé orquesta como ya hizo con Big Little Lies. A lo largo de todo el primer episodio teje los hilos de esa sórdida tela de araña en la que está envuelta la protagonista y en la que el espectador se encuentra atrapado merced a unos flashbacks que son retazos sin conexión de algo que ocurrióen distintas etapas y que, se espera, acaben encajando tras los ocho capítulos que componen la temporada. Cada lunes, uno nuevo.

La resolución de los asesinatos, como ocurría en Big Little Lies y como se puede confirmar vistos los dos primeros episodios, no avanza precisamente con rapidez porque lo que menos importa es quién secuestró y mató a las chicas. Pese a que, sobre el papel, las comparaciones con Big Little Lies son inevitables aunque solo sea por que comparten director, están basadas en una novela y los personajes femeninos son los verdaderamente potentes e interesantes, lo cierto es que Heridas abiertas tiene más de True Detective que de la historia de las amas de casa de Monterrey.

Toda la serie se construye en torno a un personaje femenino sumido en un pozo al que el espectador es arrastrado

Con la primera temporada de la serie de Nic Pizzolatto comparte ese protagonista que se refugia en el alcohol, obsesionado con lo truculento y con unos demonios de los que no es fácil librarse. Tampoco parecen querer. Lo interesante en Heridas abiertas es cómo toda la serie se construye en torno a un personaje femenino sumido en un pozo al que el espectador es arrastrado. La forma en la que Vallé plantea la historia, a trozos, con multitud de viajes al pasado inconexos y repetitivos y escenas con carácter onírico y de alucinación, hace que sea más sencillo meterse en la cabeza de la alcohólica Camille. Esa sensación de calor pegajoso que contribuye a hacerlo todo más asfixiante se transmite a través de ventiladores silenciosos, cercos en las camisas de los sudorosos agentes de la ley y esa manga larga perpetua que luce la protagonista, siempre de colores oscuros pese al calor.

La de Amy Adams no es la única actuación que huele a premio en esta serie. Lo mismo ocurre con la de Patricia Clarkson, que se mete en la piel de Adora, la madre controladora, manipuladora y tremendamente protectora de Camille que incomoda con su extraño tic nervioso que repite una y otra vez. Vive de cara al qué dirán, con miedo a que su hija la avergüence -algo muy típico de los pueblos pequeños- y atrapada en su vida de ensueño de cócteles, música y apariencias en una casa de cuento en la que mantiene encerrada a su tercera hija, Amma (Eliza Scanlen), a la que viste como si fuera una de esas muñecas con rostro de porcelana. Eso sí, cuando está lejos del alcance de su madre la adolescente se sube a sus patines, sus shorts minúsculos y desafía todas las reglas impuestas escapando de los traumas de una mujer que perdió a dos hijas. Una murió. La otra huyó.

En el apartado masculino destacan los dos agentes. Por un lado, el veterano jefe de policía Vickery (Matt Craven), un agente de la vieja escuela cuya respuesta favorita ante la llegada al pueblo de la periodista es ‘sin comentarios’. Al otro, el detective Richard Willis (Chris Messina), enviado para ayudar a resolver el caso. Un forastero que no termina de entender la idiosincrasia de los lugareños y que está continuamente alerta.

Heridas abiertas construye un universo opresor y oscuro en el que el aburrimiento y lo sórdido se dan la mano. Vallé no escatima en detalles a la hora de profundizar en lo que ha vivido y está viviendo Camille. Escenas, fotografiadas o en vivo, en las que se muestran toda clase de detalles truculentos de los asesinatos y de su pasado. Para entender a la protagonista hay que meterse en su cabeza. Y para meterse en su cabeza hay que ver lo que ella ve. Como le viene a decir el director del St. Louis Chronicle a su redactora antes de enviarla a Wind Gap, ‘si a ti te interesa, al lector le interesará’ y que sea algo personal, ayuda. Con Heridas abiertas pasa lo mismo, si Vallè consigue poner al espectador en el lugar de Camille, hará que su historia interese. En los dos primeros capítulos lo logra gracias a una Amy Adams de premio y a una ambientación y una narración al servicio del personaje.