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"Siempre he visto laparte podrida del mundo"

Angélica Liddell debuta mañana en el Festival de Aviñón, donde presenta dos radicales propuestas

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Angélica Liddell visitó el Festival de Aviñón por primera vez hace 20 años. 'Como no tenía un duro, me vine en plan pobre: cogiendo el tren, alojándome en un albergue y comiendo salchichas. Falsifiqué un carnet de periodista para poder entrar a las obras sin pagar', recordaba ayer sobre el escenario del Cloître des Carmes (Claustro de los Carmelitas), una de las sedes más míticas de este festival, así como una huella arquitectónica de los años en que la ciudad provenzal se convirtió en capital del mundo cristiano.

Su regreso a Aviñón viene acompañado de algo más de categoría que aquel viaje mochilero. Sobre estas tablas, la actriz y dramaturga española estrenará mañana La casa de la fuerza, descubierta por los programadores de Aviñón en el último Festival de Otoño, donde seis mujeres mexicanas cuentan su travesía por los horrores de la vida sobre el fondo de música mariachi.

Liddell es de las pocas invitadas que tendrá el lujo de presentar dos espectáculos. A mediados de mes encadenará con El año de Ricardo, exploración sobre el mal inspirada en el maléfico rey shakespeareano y en la foto de las Azores, que estrenó hace tres años en España. 'Cuando me llamaron, me hizo ilusión, porque Aviñón ha sido un referente personal desde joven. Pero no siento mayor presión aquí que en otro lugar. Me pesa más la responsabilidad conmigo misma que el festival en sí', sostiene.

A Liddell, una de las figuras más radicales y menos conciliadoras de la escena española, no le gusta hablar de consagraciones. 'En ningún momento se me ha pasado por la cabeza esa palabra. Más que nada, porque las consagraciones no existen', asegura Liddell, nacida hace 44 años en Figueres (Girona), donde su padre militar había sido destinado. 'En 17 años de carrera nunca he vivido nada como una consagración, porque veo el trabajo como un esfuerzo continuo. La vida no se acaba en Aviñón', zanja. Si la proximidad del estreno la intimida, sabe disimularlo muy bien.

En 'El año de Ricardo' cruza a Shakespeare con la foto de las Azores

Liddell no razona en términos de éxito y fracaso. Para ella, el teatro es una cuestión de supervivencia. 'Mi trabajo es lo que me permite sobrevivir a mis sentimientos. Con el teatro logro sacar a la luz todo un mundo interior que el pacto social no me permite expresar', sostiene. En sus obras el escenario se convierte en un espacio de libertad, donde la artista va al encuentro de todos los límites. Ha insultado a su público (Perro muerto en tintorería), se ha tragado dos botellas de ron (Te haré invencible con mi derrota) e incluso ha practicado el sexo en el escenario (Y tu mejor sangría). 'El pacto social se basa en la hipocresía y en la mentira. Para mí, el escenario es la ocasión de romper ese pacto y mostrar sus límites. Me da una libertad increíble', dice Liddell, que se define como 'profundamente antisocial'.

No todos los espectadores están preparados para una experiencia tan extrema y dolorosa, por lo que las deserciones a media obra suelen ser habituales. ¿Le satisface incomodar a las conciencias más sensibles? 'En absoluto. Me hiere y me duele cada espectador que se marcha. Yo no trabajo para que se marche la gente ni para escandalizar. El escándalo se encuentra en la realidad, que yo les propongo observar desde el escenario', asegura Liddell, que se considera 'genéticamente triste'. Siendo muy pequeña, ya escribía melodramas sobre niñas embarazadas, donde al final morían todos sin excepción.

'Siempre he visto la parte podrida del mundo. Hay algo innato en mí que me inclina a percibir la mierda. Yo me encuentro con hijos de puta todos los días, así que no puedo hablar de la parte bonita de las cosas', apunta. El trabajo de su padre, que la llevó a vivir en media Península, la convirtió en una niña solitaria, que hablaba con Dios 'en diálogo'. 'Pero tener esta inclinación me ha permitido disfrutar de las cosas bellas. Y lo bello no es lo banal. Los que esgrimen la banalidad como arma pasan rozando las cosas hermosas', dice.

Entre dichas cosas está el fútbol. El jueves suspendió el ensayo a las ocho en punto para ver a la selección española. ¿Observar a 22 hombres corriendo detrás de un balón no es banal? 'Puede. Pero si es una contradicción, bienvenida sea. Los sentimientos encontrados son buenos. No aspiro a la coherencia absoluta, que es algo que siempre he considerado propio de los fascistas'.