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Soldados en la tumba de barro

Medio millón de reclutas murieron en la batalla del Somme en 1916

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La guerra es una adicción. Tras dos años de trincheras y sacrificios humanos, la propaganda de los generales franceses, británicos y alemanes funciona: una batalla más, será la última, la de la victoria. Porque todo debe (supuestamente) decidirse en un frente de 37 kilómetros, en el norte de Francia, a orillas del río Somme. Aquel 1 de julio de 1916, a las siete y media de la mañana, se oyó el silbato del ataque. La batalla del Somme duró más de cuatro meses y costó la vida a 600.000 soldados.

Cargados con mochilas de más de 30 kilos, los reclutas eran incapaces de moverse en una tierra arrasada por dos semanas de bombardeos de artillería diarios. 'Nos costaba salir de las trincheras, era imposible moverse con mayor celeridad que la de un lento paso o levantarse y tumbarse rápidamente', recuerda Edmonds. Era una trampa. Los alemanes esperaban a los británicos y a los franceses, ya desbordados en la batalla de Verdún. 'Todo el mundo estaba preparado en los peldaños inferiores de los refugios, fusil en mano. Delante de nosotros, oleada tras oleada de tropas trepaban fuera de sus trincheras y avanzaban hacia nosotros caminando, con sus bayonetas destellando al sol', escribe un alemán.

Sólo el 1 de julio, en apenas unas horas, cayeron unos 20.000 británicos. El Somme es recordado en Reino Unido como la batalla más sangrienta de la historia de su ejército. Para el general francés Joseph Joffre y el mariscal británico Douglas Haig, la estrategia es la siguiente: lanzar ataques sucesivos sin parar, hombres y hombres acosando al enemigo. En las trincheras, los reclutas 'han quedado con la muerte', en palabras del inglés Seeger: 'Tengo cita con la muerte, en alguna maltrecha ladera o magullada colina (). Tengo cita con la muerte, a medianoche en alguna ciudad en llamas, cuando la primavera viaje de nuevo hacia el norte, y siendo fiel a mi palabra, no faltaré a esa cita'.

'Casi tropecé con un bulto, el torso de un hombre. Y no me importó en absoluto', recuerda un militar

Los meses pasan, los aliados ganan terreno, aunque no se vislumbra la victoria. Algunos aguantan: 'En un punto, casi tropecé con un bulto, el torso de un hombre, sin piernas ni brazos ni piel, y las tripas saliendo por el túnel de las costillas para formar un espantoso montón de cresas en la carretera. Y no me importó en absoluto. Así es como la rutina del trabajo puede acabar con todo sentimiento y esa es la belleza del trabajo', escribe Talbot Kelly. Saben que la censura lee sus cartas. Pero el horror del que son testigos no tiene nombre. 'Yacía un hombre herido, alcanzado en los riñones o el estómago. Me acerqué a él y murmuró: Estoy sufriendo terriblemente, tienes que hacer algo por mí', cuenta un soldado.

La batalla del Somme, calificada por las autoridades alemanas como 'la tumba de barro del ejército en campaña', se quedó en los libros de historia como el ejemplo de la inutilidad del sacrificio humano. Desde octubre de 1916, todas las fuerzas se instalan en un conflicto de desgaste, hasta que los aliados consiguieran, el 21 de noviembre, tomar la trinchera Frankfurt, y se atribuyeran una ficticia victoria. Para el oficial Edmonds, 'en 1916, todos veían la victoria al alcance de la mano. En 1917 la guerra parecía que iba a continuar para siempre'.

El francés Jean Thomas escribe a su hijo, de 15 meses: 'Aún eres joven y no puedes entender lo que está pasando: la guerra, los horrores, los sufrimientos. Esta carta será un recuerdo de tu padre, quien desea que los hombres sean mejores en el futuro y que nunca más algo así pase'. Thomas no regresó a casa.