Público
Público

Spray en lata

Francia eleva el graffiti a obra de arte: lo saca de las calles para venderlo en galerías

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Graffiti Art: quién te ha visto y quien te ve. Hace quince años, la policía y la crítica de arte tradicional perseguían sin piedad a los del aerosol y el rotulador. A la cárcel. Hoy, esta forma de expresión marginal, nacida a primeros de los años 70 en Nueva York y propagada de inmediato como la pólvora a París, Marsella y Lyon, no sólo entra en los museos, sino que además atrae a coleccionistas de arte contemporáneo. A 30.000 euros se subastaron ayer algunas de las obras grafiteras que salieron a la venta en la galería Artcurial de París, que no es un cualquiera en el mercado del arte parisiense.

La firma, que originariamente era un centro de arte contemporáneo, se convirtió en 2005 en casa de ventas y ha organizado algunas de las subastas más sonadas de objetos llamados a convertirse en arte, como por ejemplo scripts originales de cómics históricos.

Con la venta, el selecto Hôtel Dassault de Artcurial, en los Campos Elíseos, da un paso más en esa vía. Consagra el valor mercantil de obras de arte que, a sólo unas estaciones de metro de aquí o al otro lado del Atlántico y hace sólo unos años o tres décadas, fueron realizadas en condiciones de total clandestinidad y valieron multas y penas de prisión para algunos de sus autores.

La subasta incluyó unas 70 obras de dos generaciones de escritores de grafitis, procedentes en su mayoría de una colección privada holandesa que cobró forma hace 20 años y que hoy atesora unas 300 obras, que van saliendo a la venta por los circuitos especializados con cuentagotas.
El lugar de honor le correspondió a los fundadores del movimiento, los norteamericanos Seen, Blade, Noc, Quik, Rammellzee y Futura, además del más notorio hoy en día, Crash, pintor cuyas obras se exponen en las colecciones del MoMA y del Brooklyn Museum. Tras ellos, llega una generación más nueva, con Edwin Goodwrite, Nasty, Jonone, Dem, Seth, Slim74 o Sun7.

Los precursores se iniciaron como autodidactas furtivos y su imagen con bombas aerosol quedó plasmada en películas como parte integrante de la fauna de maleantes del Nueva York que metía miedo a las novias de Harry el Sucio o de Charles Bronson. La nueva generación, por el contrario, nació ya con la flor en el culo: eran desde el principio conscientes de poder entrar en el club del arte contemporáneo.  

Pintar con huevos

Fuera de las obras expuestas y subastadas, quedan los tres monstruos que de alguna manera constituyeron, en su día, una opa al street art y a su primera perversión: Basquiat, Keith Haring y don Andy Warhol. Uno de los amateurs visitantes de la muestra y participante en la subasta confesaba así su admiración: “Estos al menos tuvieron los huevos de tomar las calles con su arte. No como Warhol”. Precisamente, el síndrome de la museificación del graffiti es el espectro que se cierne sobre Francia. El Museo de Arte Contemporáneo de Lyon abre en unos días una retrospectiva de Haring. Varias galerías parisienses anuncian su interés en dedicarse íntegramente a su promoción. El street art entra irremediablemente en vías de asimilación y mercantilización.