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De las suecas a Michelle

La visita de la mujer de Obama coincide con el 50 aniversario de la llegada masiva de extranjeras a nuestras playas

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La pintada apareció en Las Canteras, playa urbana de Las Palmas de Gran Canaria, en los primeros días del verano de 1970. 'Destruiré la vida si no se pone más honestidad en el vestir'. ¿Qué pensaría hoy día Michelle Obama si viera un texto así escrito en una playa durante su estancia en nuestras costas? Todavía faltaban más de cinco años para que Francisco Franco muriera en la cama de un hospital, pero el graffiti canario tenía algo de reliquia. O quizás no. Veamos.

Hacía una década que el régimen había aceptado con todas sus consecuencias que un ejército de suecas se paseara en biquini por nuestras costas. Aunque el número de turistas fue creciendo paulatinamente durante los cincuenta, no fue hasta el verano de 1960 cuando las cifras se dispararon un 57% (cuatro años más tarde España ya era el primer destino turístico mundial). La principal causa de la explosión fue el Plan de Estabilización (1959), un pack de medidas de liberalización que incluyó la devaluación de la peseta y abrió al país autárquico a la economía internacional. El turismo pasó a ser sinónimo de entrada de divisas (para comprar energía y equipamiento industrial) y se olvidaron los recelos morales que habían retardado su expansión hasta entonces.

Recordemos: en 1950, un ministro franquista contestaba así a la pregunta sobre cuáles eran las perspectivas del turismo en España: '¿Para qué queremos que vengan cuatro extranjeros a enseñarnos los pelos de las piernas?'. Pero el capitalismo acabó por desmelenar al régimen. 'A pesar de haberse convertido en parte integral de la política económica durante la década de 1950, el turismo de masas no formaba parte aún de la imagen pública del régimen', explica Sasha D. Pack, profesor de la State University of New York (SUNY) y autor de La invasión pacífica. Los turistas y la España de Franco (Turner). En el libro se recuerda que en los años cincuenta el NO-DO apenas emitió noticias sobre turismo (alrededor de una de cada 50), mientras que durante los sesenta la frecuencia aumentó a una de cada 12, incluidas noticias tan extravagantes como una convención de agencias de viajes en el Valle de los Caídos.

Tras años de estricta moral sexual, los nuevos aires liberales provocaron confusión

El franquismo había salido del armario. Lejos de avergonzarse de las guiris en biquini que empezaban a tomar nuestras playas, sacaba pecho propagandístico, como en esta nota de la Secretaría General de Turismo durante la campaña 25 años de paz (1964), diseñada por Fraga. 'Y la paz española, prolongada y firme, ha sido y es la levadura que ha hecho fecunda nuestra omnipotencia geográfica. Frente a los Hemingway, los Dos Passos y otros estetas más o menos decadentes o revolucionarios, que se interesaban por las llagas de nuestros mártires, 12 millones de turistas conocerán este año la verdad de nuestra paz'. Amén.

Pero tras dos décadas soportando la más estricta moral sexual, los nuevos aires modernizadores impuestos de golpe y porrazo por las necesidades económicas sólo podían provocar confusión y escenas dantescas entre la población autóctona. Noël Vallis, catedrática de Literatura Española en la Universidad de Yale y autora del ensayo La cultura de la cursilería. Mal gusto, clase y kitsch en la España Moderna (Antonio Machado Libros), explica que en sus primeras décadas de vida 'el abismo entre las apariencias y la realidad' convirtieron al franquismo en la 'quintaesencia de lo cursi'. El país se regía sobre unos códigos morales obsoletos y estaba obsesionado con aparentar. Pero las contradicciones entre la ideología oficial y la vida cotidiana no iban a desaparecer por arte de magia solo por abrir las fronteras y dejar entrar en tromba a miles de suecas en biquini. Si lo cursi es querer y no poder, se podría decir que en los sesenta surgió en España un nuevo tipo de kitsch sexual.

Los reparos morales retrasaron el desarrollo turístico en los años cincuenta

Nadie ejemplifica mejor estas contradicciones, ese querer ganar dinero pero no acabar de digerir bien los cuerpos al sol, que la figura de Ángel Palomino, miembro del bando nacional durante la Guerra Civil y franquista ultramontano reconvertido en empresario turístico y escritor de éxito durante el boom de los sesenta. Como director del Hotel Riviera de Benalmádena, Palomino conoció el sector de primera mano, como demostró en ensayos como Carta abierta a una sueca (1974), donde, en lugar de hacer una oda a la entrada de divisas, prefirió definir a nuestras amigas nórdicas como 'cualquier mujer que sea algo rubia, con aire relajado y un comportamiento libre de prejuicios, represión, reserva y, algunas veces, de maneras'. En dos palabras: unas guarras. Palomino sostenía que había suecas suecas, suecas inglesas, suecas francesas, suecas alemanas y, ay, suecas españolas. Divididas a su vez en la sueca veinteañera y cimbreada, la 'fetén', muy difícil de ligar; la sueca 'madura'; y la sueca 'desesperada', que no recomendaba coger en autoestop.

Pero su gran triunfo fue la novela Torremolinos Gran Hotel (1971), ganadora del Nacional de Literatura ese año y calificada como 'choque de civilizaciones entre la sofisticación del norte de Europa y la nobleza baturra'. El libro no era otra cosa que una visión decadente y apocalíptica de la Costa del Sol como nido de veraneantes corruptos y viciosos.

Palomino fue además uno de los ideólogos del cine turístico sexual, subgénero que asoló nuestros cines. Sus relatos inspiraron obras como Ser hippy una vez al año no hace daño (Daniel Aguirre, 1969), pero no estaba solo. La avalancha fue tremenda: Amor a la española (Fernando Merino, 1966), Cuarenta grados a la sombra (Mariano Ozores, 1967), Objetivo bi-ki-ni (M. Ozores, 1968), El turismo es un gran invento (Pedro Lazaga, 1968), Manolo, la nuit (M. Ozores, 1973), Fin de semana al desnudo (M. Ozores, 1974) o Tres suecas para tres rodríguez (P. Lazaga, 1975).

Muchos de estos filmes estaban cortados por el mismo patrón: el españolito de pelo en pecho se lanzaba a la caza de la sueca, fantaseaba con la posibilidad de ligársela y dejar atrás su aburrido matrimonio... y al final se acababa estrellando contra la realidad. Como en casa, y con la mujer de toda la vida, en ningún sitio. Y pecados los justos. Otra vez el abismo, el querer y no poder, la España kitsch y retrógrada.

La liberación sexual podía esperar, pero las divisas, el cemento y el desarrollo (insostenible) de la costa habían llegado para quedarse. Cuando el régimen quiso regular el desarrollo urbanístico, el daño ya estaba hecho. Ahora que España vuelve a venirse abajo con la llegada de una sofisticada extranjera a nuestras costas, podemos decir que algunas cosas han cambiado bastante y otras bastante poco. Como si la pintada de Las Canteras hubiera sido: 'Destruiré la costa si no se pone más honestidad en el vestir'. 2010: Sexo sí, claro, pero ladrillo también. ¡Viva España! ¡Viva Marbella! ¡Vivan las extranjeras!