Publicado: 13.12.2013 08:12 |Actualizado: 13.12.2013 08:12

El sueño de una noche de teatro

La compañía de danza Momix, del director estadounidense Moses Pendleton, desembarca de nuevo en los Teatros del Canal de Madrid con la obra 'Alchemy'

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La alquimia es el proceso místico y espiritual a través del cual se pueden transformar los elementos en oro. Dicho concepto se convierte en la meta visual sobre la que pivota Alchemy, la obra creada por la compañía de danza Momix, del estadounidense Moses Pendleton (Del 11 de diciembre hasta el 12 de enero).

El peculiar director, que vuelve a los Teatros del Canal, amenaza con convertirse en asiduo. El coreógrafo, licenciado en literatura y apasionado del esquí -en 1967 llegó a ganar un campeonato en el estado de Vermont-, viene avalado por el éxito de sus obras. Un éxito medible en audiencia que ha despertado de nuevo el interés del director artístico del teatro, Albert Boadella, que ha recalcado en la rueda de prensa de presentación el "insólito" deseo de Pendleton de "hacer cosas que gusten", con unos principios del "teatro popular" que reflejan, en su opinión, una capacidad de "comunicar mejor", en tanto que llega a más gente.

El espectáculo de danza trata de mezclar, en palabras de su autor, los cuatro elementos -tierra, agua, fuego y aire- para dar lugar a un espectáculo visual que evoca imágenes y emociones. "No se trata de contar la realidad o retratar el mundo que nos rodea, para eso ya están las portadas de los periódicos", explica Pendleton en la presentación en España. Alchemy trata más el mundo de lo onírico, de lo fantástico, e incluso, de lo surrealista. Del mundo que podemos imaginar, del "viaje de un sueño agradable como forma de escapar de la crisis, de la depresión", explica el coreógrafo.


Para ello, la luz, las formas, los colores y la música juegan un papel vital en la obra. Una de las escenografías más llamativas es la que utiliza los espejos en una especie de juego de ilusiones ópticas que sumerge al espectador en la más profunda de las fantasías. El reflejo en los espejos, colocados estratégicamente, multiplica las siluetas de los bailarines, que realizan movimientos rápidos pero extremadamente delicados, dejando al espectador sin saber qué es realidad y qué es mentira. El atrezzo modifica la forma corporal de los bailarines creando seres inexistentes en la realidad que conocemos y que logran transmitir la intención de adentrarse en un mundo desconocido.

Otro de los aspectos destacables es la riqueza musical de la que se hacen acompañar los bailarines para enfatizar los efectos hipnóticos de sus movimientos. De las líneas armónicas de un piano más clásico a la electrónica, pasando por canciones de Ennio Morricone. Una música que según ha desvelado Pendleton ha ido cambiando en el desarrollo de la obra. En un principio se utilizaron unas melodías para crear una atmósfera que pudiera ayudar a la preparación mental de los bailarines y su puesta en escena, un estado inconsciente en los protagonistas que enfatizara el efecto que se quiere transmitir en el global de la obra. Una música que finalmente acabaría modificándose hasta la definitiva y que logra trasladarnos a un mundo de en sueño. Un sueño agradable lleno de estímulos brillantes como el oro.