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"Suspendía inglés porque no los entendía..."

Marc Gasol. Un ídolo sin ídolos. Podría haber sido policía, o bombero, o cualquier otra cosa porque nunca idolatró a nadie: el baloncesto simplemente llegó

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En las rocas de la playa de Las Canteras, los pescadores lanzan el cebo, tensan el sedal y aguardan. Sopla el viento y eso, al parecer, no es bueno. No para ellos. Porque los surfistas buscan su ola, y los bañistas, ese rayo de sol que se esconde tras la panza de burro, pero 'los peces no suelen picar'. Eso dice Marc Gasol (Barcelona, 1985), camiseta sudada tras el entrenamiento en el Insular de Las Palmas, recuperando aquellos tiempos en los que, al toque del despertador rojo de su abuela, se levantaba a las siete de la mañana para ir a pescar a Miami Platja, en Mont-roig.

Tenía sus bártulos preparados desde la víspera: las dos cañas, los gusanos coreanos, y el chaleco, tal y como le había enseñado el tío Ferran en sus veranos preadolescentes. Y allá que se iba él, todo lo largo que era, en busca de sus 'tres o cuatro peces', bien prontito, porque 'a partir de las cuatro de la tarde, soplaba el Mestral y ya no se pescaba'. Entonces, era tiempo de juego: baloncesto, en el pueblo; tenis, ping-pong o lo que fuera, en el cámping. 'Pau y yo jugábamos a todo y, al final del verano, regresábamos a Sant Boi con siete u ocho copas cada uno. Éramos muy competitivos, siempre queríamos ganar', cuenta el mediano de los Gasol.

'A Pau le gustaba dejar claro que era el mayor; yo entraba a todas'

Pau, su hermano, le quería ganar sobre todo a él. 'Le gustaba dejar claro que era el hermano mayor; marcaba el límite, se picaba cuando jugábamos el uno contra el otro, y yo, que era muy impulsivo, entraba a todas', confiesa Marc. Él, claro, también quería ganar a Pau , o a quien fuera. Y se enfadaba cuando no lo hacía; hasta el día siguiente. En alguna de esas, también le tocó reír. Como aquella vez que, cabreado porque había perdido un concurso de triples en la trasera de los abuelos, Pau lanzó el balón y rompió la cañería del desagüe del lavabo...

En la trasera, con una toalla como colchón, también le había tocado dormir a él alguna noche porque nunca se acordaba del reloj y le daban las tantas de la madrugada jugando. 'Ahora soy puntual porque no me gusta esperar, pero, entonces, era de los de ya me avisarán'', recuerda Marc. 'Así que, alguna vez, me quedé fuera por gamberro, pero, vaya, a las siete ya me abrían'.

Gamberro, lo que se dice gamberro, lo fue más bien poco porque su altura (¡1,83, a los 12 años!) no sólo moldeó su profesión, sino también su personalidad. 'Hasta aquella edad, yo podía entrar en el juego físico, pero, a partir de entonces, ya no. Tenía que ir con mucho cuidado porque, como era muy grande, podía hacer daño', explica el pívot de los Grizzlies. O tapar la visión en clase; por eso se sentaba en la fila de atrás, 'con los malos estudiantes'. Él también engrosaba el grupo de 'la ley del mínimo esfuerzo', de los que hacían lo justo para aprobar y alguna vez se quedaban cortos.

'Cuando me dieron la primera camiseta del Barça era el más chulo del barrio'

'Supendía inglés porque no los entendía..., y las mates, que no eran santo de mi devoción', dice ahora que se maneja en inglés perfectamente. 'Supongo que era por los profes, que no explicaban bien; por eso pensé que me gustaría ser profesor. Pero también podría haber dicho policía o bombero; no lo tenía claro', abunda Marc. Quizá porque el baloncesto se coló en su vida a los 6 años, como quien no quiere la cosa, y ahí sigue, determinándola.

'Me gustó desde el principio. Mi hermano jugaba, mi padre, aún también, como el hijo de los vecinos con cuya madre se turnaba la mía para llevarnos', cuenta Marc, que por entonces también le daba al fútbol, de portero. 'Siempre jugaba con niños un año mayores que yo y, a los 12, ya entré en el Barça. ¡Fue la leche, un sueño! El día que me dieron la primera camiseta era el más chulo del barrio', confiesa.

Y así siguió el niño que se encantaba con los Lego, los cómics y las luces navideñas de Barcelona, hasta que decidió acompañar a Pau y al resto de la familia a Memphis y el american way of life se apoderó, para lo bueno y para lo malo, del adolescente rebelde. 'Me gustaba estar allí, pero tenía muchos amigos en Barcelona y, a esa edad [16 años], son lo más importante...; adopté muy malos hábitos alimenticios y cogí mucho peso', revela Marc. Ahora, no le sobra ni un gramo y los que tiene los emplea, con inteligencia, para batirse con los mejores pívots del mundo.