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"¡Es tan importante encontrar los restos de los familiares asesinados!"

BEGOÑA PIÑA

Pawel Pawlikowski se la ha jugado con Ida, su tercer largometraje. Cineasta polaco de mucho prestigio en el cine independiente británico, ha vuelto a su país, y al año 1962, para hacer una película con la que meditar acerca del proceso reciente que ha vivido Polonia desde el final de la guerra.

El asesinato de judíos, la herencia del Holocausto, la implantación del sistema comunista, las brutales venganzas que se orquestaron desde él y la poderosa presencia de la Iglesia católica le sirven para reflexionar sobre la identidad, la fe, la familia, la culpa y el castigo... Todo ello le ha valido muchos premios internacionales (Mejor Película en Londres, Gijón y Varsovia, Premio FIPRESCI en Toronto), pero también, durísimas críticas en diferentes círculos dentro de Polonia.

'Quería hacer una película sobre la historia que no pareciera una película histórica; una película que fuera moral, pero sin lecciones que dar; quería contar una historia en la que todos tengan sus razones', explica este cineasta, que consigue todo ello con un magnífico relato donde no hay juicios, sólo una mirada. Y donde, entre tanta pregunta esencial y tanta memoria de lo grotesco, queda espacio para el hermoso recuerdo de los que fueron los mejores años del jazz en Polonia.

Ida es la historia de dos mujeres, Ida y Wanda; una joven novicia que está a punto de tomar sus votos y su tía, una jueza del antiguo régimen comunista. Ambas se embarcan en un viaje en busca de los restos de sus familiares, judíos asesinados por unos campesinos polacos. En ese tiempo que pasan juntas, la primera descubrirá que es judía, y la segunda se enfrentará a las acciones de su pasado.

Rodada en blanco y negro, con una intención estética que destaca especialmente y que eleva notablemente la calidad cinematográfica de la obra, la película consigue ocupar un territorio universal, mucho más allá de las cuestiones polacas y de las reacciones que puedan tener 'algunos polacos resentidos'.

¿Por qué Ida y no Wanda? La primera es como los ojos del espectador, la que va descubriendo; es la otra mujer la que ha vivido con el dolor.

Ida es el vaso continuo de la historia. Es menos dramático ese personaje que el de Wanda, porque no es una persona dividida interiormente. La mayoría del público se identificará más con ella, se parece más a lo que somos todos. Ida, además, es un personaje importante para mí. Es importante para mí saber que hay personas tan diferentes a muchos de nosotros, gente que no necesita el mundo... es importante para mí saber que es posible tener fe.

¿Al parecer Wanda está inspirada en alguien a quien conoció?

La mujer de un economista al que conocí en Oxford, Helena. Ella me caía especialmente bien. Y diez años después oí en la BBC que el gobierno polaco pedía su extradición por crímenes contra la humanidad. Había sido una abogada estalinista y había maquinado la muerte de un héroe de guerra en un juicio que fue una farsa.

Sin embargo, se nota que hay mucho amor también por este personaje...

Wanda tiene muchas máscaras, pero es auténtica. Su vida es complicada. Al principio era solo un animal político, una creyente en el marxismo que peleó en la guerra y que terminó como miembro del underground comunista, y después en la élite stalinista. Es una persona que ha hecho cosas horribles para defender el sistema en el que creía. Y ahora el comunismo en Polonia se ha destartalado y no hay ya creencias profundas. La necesidad de creer en algo se ha perdido. Ella sabe perfectamente que el país no va a ser nunca una utopía, y entonces la familia la vuelve a atormentar.

Ambas van en busca de los restos de sus familiares asesinados. En España hay una grave quiebra entre el Gobierno y las familias de las víctimas de la Guerra Civil. ¿En qué medida es importante para un país destapar esas fosas?

Es esencial. Es esencial que cualquier sociedad llegue a la verdad y descubra las fosas de sus víctimas. ¡Es tan importante encontrar los restos, los cadáveres de los familiares asesinados! En Polonia fue una hecatombe, más que en España posiblemente. Hay una mezcla de problema de los judíos, los polacos, los ucranianos... Sin embargo, allí, en los últimos 20 años ha habido prensa libre, una investigación y, al contrario que aquí, se habla públicamente de esto.

¿No es inevitable contar una historia como la de Ida y hablar de la culpa?

Ha habido antes películas sobre la culpa polaca, sobre la colaboración de muchos individuos con los nazis, pero yo no quería que mi película fuera eso. No quería un ajuste de cuentas, sino una meditación que estuviera por encima de eso.

¿Y del castigo?

El campesino que mató a los familiares de las protagonistas, ¡parece tan afectado y horrorizado por lo que ha hecho! Ella, Wanda, no le grita siquiera porque sabe que él es su propio castigo. En una situación histórica como esa, como la que se vivió en Polonia, pasan cosas horribles y nadie es inocente. La sociedad polaca está demasiado obsesionada con el castigo. Por eso los antiguos comunistas no quieren tampoco aceptar ahora que hicieron cosas... Yo no quería hablar del castigo, quería hablar de la identidad, de la posibilidad de la fe, mostrar un paisaje trágico, complicado... Quería eludir el discurso político, porque todo esto ya se ha hecho; quería hacer algo más universal.

Crear un personaje como el de Ida, que va a tomar los votos como monja y de pronto descubre que es judía, ¿no es un poco perverso? ¿es una apuesta por la fe y en contra de la religiones?

Es curioso. La película se ha pasado en Sundance, en Nueva York, ante gente joven, personas mayores, y a los espectadores judíos de cualquier edad les molestó que ella descubriera que era judía, ¿por qué? ¿por qué no es lo correcto que se mantenga en la fe en la que se ha criado? Ella vuelve a su tribu, asume su identidad. ¿Qué creen? ¿Que su fe es menor? Es un tema muy interesante. Si creces con cierta fe, pero descubres que tienes otra personalidad religiosa, es un problema muy grave. Ida se horroriza de lo que descubre, saber que es judía le choca, le trastorna, pero no destruye su sentido de lo que es Dios, no el dios católico, ni el polaco... Personas así, existen.

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