Publicado: 14.08.2015 12:09 |Actualizado: 14.08.2015 12:09

Demasiado tarde para el tigre de Tasmania

‘El último cazador’, historia de un mercenario tras el único ejemplar vivo del tigre de Tasmania, es una película que denuncia la codicia humana, su indolente postura hacia la degradación del planeta y su violencia frente a otras especies. Willem Dafoe es el protagonista.

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El último cazador.

El último cazador.

MADRID.- Cazado, desollado y decapitado. El bárbaro final que ha tenido el tristemente famoso león Cecil ha provocado oleadas mundiales de ira. Miles de personas han manifestado su rabia y científicos y activistas de todo el planeta han condenado furiosos la caza ilegal y han advertido del aciago futuro que le espera a la Tierra si el hombre sigue agrediendo al resto de seres vivos que habitan en ella.

La atrocidad cometida por el cazador Walter Palmer, con la complicidad de Theo Bronkhorst, el organizador del safari, no había sucedido aun cuando Daniel Nettheim rodó ‘El último cazador’, historia de un mercenario contratado para cazar al último ejemplar del tigre de Tasmania. Sin embargo, el cineasta ya estaba comprometido con la defensa de la naturaleza y era consciente de la caza ilegal y sus consecuencias.



Rodada en algunos de los parajes más espectaculares de Tasmania, la película –protagonizada por Willem Dafoe- es una decidida denuncia contra la codicia humana, contra su indolente postura hacia la degradación del planeta y contra su violencia frente a otras especies… “Lo que los primeros colonos en Australia hicieron con el tigre de Tasmania fue bastante brutal –dice el cineasta-. El tigre fue masacrado. Era una criatura única.

El último tigre de Tasmania murió en 1936 y fue en ese momento cuando nosotros, como nación, empezamos a desarrollar una conciencia ambiental. Creo que en los últimos años del tigre de Tasmania la gente comenzó a preocuparse por su posible extinción y a centrarse en lo que podía hacer para salvarlo, aunque en realidad era demasiado tarde”.

Madereros contra ecologistas 

Inspirada en la novela de Julia Leigh, ‘The Hunter’, la película de Daniel Nettheim no solo sirve de denuncia de la caza ilegal y de recordatorio de las especies que se encuentran en peligro de extinción por culpa de la intervención del hombre, sino que, además, revela el enfrentamiento entre la industria maderera –muy potente en Tasmania- y los ecologistas que se oponen radicalmente a la deforestación de cualquier zona del planeta.

“Tasmania, aparte de tener una industria forestal grande, tiene una industria turística muy importante y muchos visitantes, entre ellos, cada año, muchos activistas aparecen para evitar la tala de árboles. Son jóvenes idealistas que chocan con los problemas que sus acciones provocan para la industria maderera. Los trabajadores de ésta ven cómo se interrumpe su actividad, sus medios de vida se ven amenazados… son puntos de vista muy diferentes que a menudo provocan un incremento de la violencia”, explicó Nettheim en una entrevista concedida en EE.UU.

En aquella charla, el director aclaró que, aunque en el libro el conflicto entre activistas y madereros no estaba destacado especialmente, tras la experiencia del equipo en la isla era imposible obviar el tema. “Todo surgió de nuestra experiencia de ir allí y conocer a unas cuantas personas y hablar con ellas. Nos dimos cuenta de que era imposible contar una historia ambientada en el paisaje de Tasmania sin meternos en ese debate”. Un debate que ilustró hace no demasiado Clara Omland, directora de la organización ambiental Un Planeta refiriéndose a los países pobres: “La idea es o nos morimos contaminados o nos morimos desnutridos, pero como la gente necesita comer, mejor explotamos nuestros recursos”.

El 7 de septiembre de 1936

Tasmania

‘El último cazador’ cuenta una historia, pues, de especies en peligro de extinción (según la revista Science, una de cada seis especies está amenazada por el calentamiento global), de medio de vida en zonas rurales, de solidaridad y compromiso, de defensa de la naturaleza… todo ello desde el viaje emocional que realiza el personaje principal, Martin, ese mercenario en busca del único tigre de Tasmania que queda en el planeta.

El animal, una especie que desapareció el 7 de septiembre de 1936 (se consideró extinta oficialmente en 1986), con la muerte del ejemplar que vivía en el zoológico de Hobart, sirve en la película también de símbolo de algo que parece imposible e inalcanzable. A pesar de la declaración de extinción de la especie, sigue habiendo decenas de personas cada año que aseguran haber visto algún tigre de Tasmania en la isla. “El desgraciado fin del tigre de Tasmania representa nuestros errores del pasado. Al creer que aún hay algún tigre de Tasmania intentamos apaciguar la culpa colectiva”.

“El tigre ciertamente representa esperanza, pero es un arma de doble filo porque el tigre también representa nuestros fracasos como nación colonizadora. Con él nos hacemos la pregunta: ¿podemos redimirnos a nosotros mismos como raza?” apunta Daniel Nettheim, que tras el rodaje quedó contagiado de la ilusión de los habitantes de la zona, convencidos de que el animal no ha desparecido. “No ha habido evidencia fotográfica sólida desde que murió el último en cautividad en 1936, pero esto no apaga su creencia. Para mí es algo similar a un tipo de religión. Sí, es una fe”.