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Terapia de choque zombi en Mozambique

Andrés Duque presenta su segundo largometraje en el Festival de Rotterdam

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Un perro olisquea los rastros de una ceremonia de brujería en una playa. Unos jóvenes negros bailan extáticos al ritmo de una música inaudible. Un hombre muere, mientras su familia llora a su alrededor. Esas tres imágenes, con la textura lenta y brumosa de las vigilias y el llanto, están sacadas de la nueva película de Andrés Duque, que tras el éxito de su primer largometraje, Color perro que huye (2010), estrenado el año pasado en el Festival de Rotterdam, premio del público en el Festival Punto de Vista, y exhibido en muestras de todo el mundo, vuelve a la prestigiosa cita holandesa, que arrancó el miércoles y acaba el próximo 5 de febrero, para presentar su nuevo trabajo, Ensayo final para utopía (2012).

Realizada casi en su totalidad con un teléfono móvil, y combinando fragmentos de viejas películas de la revolución mozambiqueña, las imágenes de Ensayo final... parecen arrancadas con sangre de un lugar fuera del tiempo, el espacio y la historia. Una película de zombis, o una película zombi. 'Últimamente tengo la sensación de estar viviendo en una película despiadada donde no tengo más alternativa que esperar un golpe tras otro e intentar aprender algo de todo esto', afirma Duque por correo electrónico mientras ultima a toda prisa los detalles de la copia que se proyectó esta semana en Rotterdam, y que ha filmado y montado en apenas cinco meses: los que transcurrieron entre su viaje a Mozambique, su apresurado regreso a su Venezuela natal y la muerte de su padre, instalado en Barcelona para despedirse de su familia.

Un cine pegado a la vida como una segunda piel que duele al rozarse con el exterior: 'Yo quiero que todas mis películas sean urgentes, porque eso quiere decir que están vivas', afirma. Como en sus anteriores trabajos, Duque ha trabajado en solitario durante todo el proceso, con un portátil en el que escribe con las imágenes, buscando vínculos entre ellas que son invisibles a los ojos, y que llevan al espectador a explorar vías sensoriales, más que intelectuales, en su relación con el cine.

Ensayo final para utopía arrancó el verano pasado, tras un viaje de trabajo a Mozambique. Allí filmó gente bailando como si le fuera la vida en ello y escuchó hablar de viejas películas de ritmo salvaje que documentaban la revolución y la utopía sin dejar de bailar hasta el amanecer. Sin embargo, la salud de su padre hizo girar la película en una dirección mucho más dolorosa, una encrucijada vital en la que la película ha funcionado como exorcismo y luto: 'En cada película me enfrento a un viaje incierto, donde ocurren cosas que no tenía planteadas, y que cambia en función de cómo me afecten los problemas que la vida me va poniendo. Por eso siempre mantengo abiertas todas las posibilidades. Y estoy contento, porque he llegado a donde quería: a una escritura cinematográfica que llevo a cabo a diario, y que va mutando, que se ve afectada por lo que me sucede'.

Explicar con palabras el trabajo de Andrés Duque resulta cada vez más complicado, porque sus películas se alejan cada vez más de los territorios conocidos, de los tópicos de la crítica y el periodismo cinematográfico, documental-ficción, diario-puesta en escena, para adentrarse en lugares donde nadie parece haber filmado (o habitado) nunca, buscando la musicalidad y el misterio de lo real. 'Derrida dice que el cine es como una ciencia que estudia los fantasmas que surgen del psicoanálisis. No sé si se está riendo de nosotros, pero la idea me gusta. El cine es una extensión de la realidad que hace visible lo invisible y donde convergen el pasado y el presente. Nos confunde como una droga. Transforma nuestra percepción y es allí donde reside su carácter trascendental', zanja.