Publicado: 18.12.2015 11:09 |Actualizado: 18.12.2015 12:14

'The Leftovers', la serie que pasó de
la irregularidad a la excelencia

Su primera temporada, irregular y difícil de seguir, ha dejado paso este 2015 a una segunda que roza la excelencia gracias a un profundo cambio que va más allá de haber movido a los personajes de sitio. HBO ha confirmado una tercera temporada y última temporada para la serie de Damon Lindelof y Tom Perrota.

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Una secuencia de la segunda temporada de 'The Leftovers'.

Una secuencia de la segunda temporada de 'The Leftovers'.

MADRID.- Esa incertidumbre, esa desorientación y ese desasosiego continuo que transmiten todos y cada uno de los diez capítulos que han compuesto la segunda temporada de The Leftovers han hecho que la serie creada por Damon Lindelof y Tom Perrota haya resurgido de las cenizas de una primera temporada irregular y difícilmente llevadera para convertirse en una de las mejores ficciones del año y en la comidilla de los corrillos seriéfilos.

Consumido el material original de la novela escrita por el propio Perrota en la primera temporada, los responsables de la serie decidieron romper con los lazos geográficos anteriores retrasando varios meses, de verano a otoño, la llegada de la segunda tanda. Terminada hace solo unos días la emisión ha quedado más que patente que acertaron de lleno. Un cambio que no ha sido solo de ubicación. La renovación de The Leftovers ha ido más allá de reubicar a los personajes principales de Mapleton a Miracle.



Se han deshecho de lo que no funcionaba poniendo mayor énfasis en lo que sí. El primer episodio fue una auténtica sacudida emocional, un aviso de que esta The Leftovers no se parecería a la primera. Empezando por unos nuevos títulos de crédito tan poéticos como evocadores y una escena inicial brutal, descarnada e, incluso, violenta que nada (o eso parece) ha tenido que ver con el desarrollo posterior de la trama. Quizá en la tercera y última temporada, confirmada hace solo unos días por HBO, se explique. O puede que no.

En 'The Leftovers' hace mucho que dejaron de importar los porqués, las explicaciones. No les falta razón a quienes la comparan con 'Perdidos'

En The Leftovers hace mucho que dejaron de importar los porqués, las explicaciones. No les falta razón a quienes la comparan con Perdidos. No en vano comparten a Lindelof y ese sentimiento de incertidumbre perpetuo que germina en el espectador a medida que pasan los minutos, las horas, y las respuestas no llegan. Al principio, preocupa. Pero llega un momento en el que todo eso pasa a un segundo plano. Si se explica, bien. Si no, mejor. El misterio tiene su encanto, su dosis de adicción y su razón de ser.

The Leftovers ha llegado a ese punto al que llegó Perdidos. En la mítica serie de J. J. Abrams daba igual que fuese la isla. Aquí no importa dónde y porqué se fue ese 2% de la población mundial que desapareció el día de La Partida. Lo que interesa es cómo sobrellevan los que quedaron esa ausencia. Como unos se aferran al recuerdo culpable e inviolable pretendiendo, bajo intimidación, que el resto del mundo haga lo mismo. Como otros, sin olvidar lo que perdieron aquel 14 de octubre, se aferran a lo que les queda anhelando hallar un resquicio para la felicidad, un sentimiento que en The Leftovers no solo escasea sino que cuando aparece no es más que una fachada de papel tras la que esconderse.

La mayoría de los personajes continúan, aunque algunos reducen su presencia. No por azar y fieles a ese espíritu de mantener al espectador en un estado continuo de perplejidad y expectación, la segunda temporada arranca con una escena que salta atrás en el tiempo, a cuando los hombres vivían en cavernas para presentar ese privilegiado lugar llamado Jarden/Miracle, el único municipio de todo el globo en el que nadie desapareció el día de La Partida. Un lugar especial en el que la gente se cree especial. Bueno, no todos.

Allí, mientras centenares de personas acampan en sus límites con la esperanza de contagiarse del milagro y decenas de turistas entran cada día para beber su agua purificadora, habitan los Murphy. Una familia compuesta por una doctora con hipoacusia (Regina King), un exconvicto bombero (Kevin Carroll), una adolescente con ataques de ausencia (Jasmin Savoy Brown) y un adolescente profundamente creyente en Dios (Jovan Adepo). Ellos serán los vecinos de Nora (Carrie Coon) y Kevin (Justin Theroux), quienesa han formado su propia familia junto a la hija de él (Margaret Qualley) y a la bebé que Nora encontró en el porche de los Garvey al final de la primera temporada. Teóricos protagonistas que no hacen su entrada en escena hasta el final de un primer episodio tan desconcertante como magistral.

La familia de los Murphy, nacida de la soledad, el abandono y el miedo se muda con la esperanza de rehacer sus vidas y olvidar el pasado

Esta nueva familia nacida de la soledad, el abandono y el miedo se muda con la esperanza de rehacer sus vidas y olvidar el pasado. Sus miembros intentan aferrarse a sus sentimientos como última tabla de salvación al tiempo que la mente de Kevin cada vez se evade más sin saber qué ocurre en esos periodos de ‘sonambulismo’ en los que no es capaz de recordar qué ha hecho para despertar en un río seco, rodeado de peces que dan sus últimas bocanadas ante la ausencia repentina de agua, completamente mojado y con un bloque de hormigón atado a su tobillo. Es su enrevesada mente y sus alucinaciones o realidades alternativas, por llamarlas de algún modo, las que propician algunos de los mejores momentos de una segunda temporada en la que cada capítulo es una pequeña joya con mención especial al del hotel.

Las preguntas asaltan al espectador

Historias de vida, de gente que vive en las apariencias, con profundos traumas arraigados en su interior y el nada secreto anhelo de llegar a ser felices algún día. Todo aderezado con preguntas y más preguntas para las que el espectador solo encontrará respuesta en una ínfima parte. ¿Son reales las alucinaciones de Kevin? ¿Es Nora la culpable de la desaparición de su familia anterior? ¿Por qué entierra pájaros en una caja Érika? ¿Dónde están las tres chicas desaparecidas? ¿Qué le ha pasado a Meg Abbott para convertirse en lo que se ha convertido? ¿Despertará realmente Mary del estado vegetativo en el que se encuentra? Incógnitas con o sin repuesta en esta temporada que contribuyen a alimentar ese estado de incomodidad que The Leftovers provoca en el espectador. Cada capítulo es un bocado más al enorme pastel de la desesperanza en la que un acontecimiento inexplicable ha sumido a la mayoría de la población.

Cada capítulo es un bocado más al enorme pastel de la desesperanza en la que un acontecimiento inexplicable ha sumido a la mayoría de la población

El tono, la ambientación, la evolución de los personajes conocidos y la introducción de los nuevos, los distintos puntos de vista para contar una misma parte de la historia, la violencia, los diálogos, los giros argumentales… nada de esto habría sido lo mismo sin una banda sonora que esta temporada ha formado parte de The Leftovers como una protagonista más. Una segunda tanda de episodios que han supuesto un premio para quienes aguantaron estoicamente la irregularidad de la primera y que ha ido ganando adeptos merced a las buenas críticas recibidas, al boca a boca y que tiene en la confirmación de la tercera temporada su mejor premio. Un reconocimiento a su resurgir por parte de los Globos de Oro no habría estado de más tampoco.

Lindelof y Perrota han convertido una serie complicada de seguir por su irregular desarrollo cualitativo en una serie adictiva, con unas cotas de calidad por encima de la media y que se ha puesto el listón muy alto de cara a la tercera y última temporada. Solo ellos saben qué nuevos vaivenes emocionales y estéticos deparará al espectador el último asalto de The Leftovers.