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Tramas de carpintero

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Ana María Matute es uno de los narradores españoles más importantes del siglo XX. Una escritora a la cabeza gracias a libros como Los hijos muertos, que no es más que la mejor novela de la posguerra y anticipa el tratamiento de los vencidos en la narrativa española. Aquella familia dividia en dos me impresionó muchísimo.

Sus dos décadas de silencio sólo podemos interpretarlas como la actitud de una autora de máximo rigor, que no se ha dejado arrastrar por las necesidades de publicar. Una vez recuperó la voz publicó Olvidado rey Gudú, que en estos momentos es la única tentativa loable de la literatura fantástica, tan despreciada por el canon español. Ella fue la primera que se encaró con valentía a desarrollar el género.

Con el tiempo, la parte realista parece haberse olvidado. Lo fantástico ha comido terreno a la primera parte de la obra de Matute y este premio servirá para recordar aquellas primeras novelas, aquellas grandes novelas antifranquistas suyas que siempre miran desde el estupor paralizante de un adolescente. Sus personajes no reaccionan de manera apasionada, los caracteriza el asombro como recurso narrativo del reflejo del dolor cotidiano ante lo que están viviendo. Su pesimismo está condicionado por el entorno, pero no es propio de ella. De hecho, alguna vez me ha contado que le gustaba mucho la carpintería. Hacía casas para muñecas y cajas de regalo cuando más escribía. Era una actividad que le ayudaba a trabajar porque le liberaba de una parte de sus pensamientos. Hasta que llegó el silencio y sólo hizo carpintería.

Hay autores que no necesitan premios, porque sus libros son un premio. Esto es un reconocimiento para sus lectores y para quienes todavía no han leído a Ana María Matute.

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