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La última década de los "editores locos"

La audacia editorial aupó a Almudena Grandes, Mañas y Lucía Extebarría

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'Los años noventa fueron los últimos en los que los grandes grupos contrataban a editores chiflados que arriesgaban. Ahora los editores son meros administrativos'. El autor de esta frase, Enrique Murillo, conoce bien aquellos tiempos y lo que supusieron para la publicación de autores noveles que rompieron el mercado, como Almudena Grandes con Las edades de Lulú (Tusquets, 1990), Ray Loriga, con Lo peor de todo (Debate, 1992), José Ángel Mañas con Historias del Kronen (Destino, 1994) o Lucía Etxebarría con Amor, curiosidad, prozac y dudas (Plaza & Janés, 1997).

En aquella época, Plaza & Janés poseía la colección Ave Fénix, dirigida por Murillo. En Debate, que aún publicaba ficción, llevaba los mandos Constantino Bértolo. Casi sin darse cuenta, entre los dos provocaron que los noventa fueran conocidos como la década del underground en las letras españolas. 'Creo que fue una época en la que también me llegaban manuscritos de gente que tenía algo que decir. Hubo cierta ruptura. Y todavía había espacio para colocar a estos autores en una zona media de ventas que actualmente ha desaparecido. Es una consecuencia de la polarización', señala Bértolo.

Un autor que cumplió a la perfección con esas expectativas fue Loriga. 'A Ray le habían publicado su primera novela en Debate. Cuando yo le conocí, él me dijo que quería vivir de la literatura y yo le publiqué Héroes en Plaza & Janés. Cuando lo hice en la editorial me dijeron que estaba loco. Aquello era muy arriesgado', rememora Murillo.

Pero salió bien. Héroes vendió 20.000 ejemplares en seis meses. A partir de ahí a Murillo le llegaron los manuscritos de Benjamín Prado, al que le publicó sus dos primeras novelas. A este carro pronto se apuntó el resto de editoriales. Hasta Planeta, que en 1999 le dio su premio gordo a Espido Freire, una desconocida de 25 años, por Melocotones helados.