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Lo que ha unido Albarn que no lo separe el hombre

Gorillaz cierra el FIB con un espectáculo monumental y estrambótico

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Las ocho letras de Gorillaz a tamaño gigante gobernaban el escenario principal del FIB. No se trataba de una proyección, sino de ocho pesados mamotretos que viajan en ocho valijas de grandes dimensiones. El exceso se adueñó de un FIB que se paralizó a la una de la madrugada del domingo para contemplar la última diablura de Damon Albarn en su única representación en España. El festival no sacó la chequera por Prince, que pedía dos millones de euros, ni por Muse, que montaron el concierto en el Calderón después de que el FIB les diera calabazas por sus pretensiones económicas, pero no titubeó a la hora de contratar la delicatessen del momento.

Gorillaz es el banco de pruebas de un músico en busca de la ecuación imposible

El rapero Snoop Dogg abrió el concierto, pero no en carne y hueso, sino desde la monumental pantalla que coronaba el escenario. Damon Albarn esperaba entre bambalinas el momento para hacer acto de presencia y presumir de un abigarrado proyecto que circulaba por la autopista que va de lo sublime a lo estrambótico sin pagar peaje.

En los primeros instantes, Last living souls era coreada por un público atónito que ya no sabía dónde mirar, si a la pantalla donde se lanzaban continuamente proyecciones (más tarde llegarían los dibujos animados de Jamie Hewlett, lo que fue Gorillaz en sus inicios), a la sección de cuerda en el centro del escenario, a un Damon Albarn haciendo de frontman hooligan que rociaba de agua a las primeras filas o a Paul Simonon y Mick Jones, bajista y guitarrista de The Clash, unidos por la mano de Dios de Albarn, que casi todo lo que toca lo convierte en oro.

Albarn construyó su puzle musical con convicción y entrega, sin importarle los descosidos (hay relleno en su repertorio, sí), manchando las canciones a brochazos y atreviéndose a prescindir de algunos de los hits de la banda a favor del despliegue de su plan total (no se olvidó, eso sí, de su última genialidad pop, Oh Melancholy Hill, aunque se le vio un poco justo a la voz).

Sorprende comprobar cómo el ex líder de Blur es capaz de integrar, como buenamente puede, tantos estilos musicales (ayer se oyó pop, electrónica, soul, hip hop, psicodelia, música oriental, africana...) y artistas tan dispares como The Clash, Bobby Womack y De La Soul, con un imaginario visual tan potente, que va del documental al cómic y los videojuegos. Y encima, convertir el resultado en el disco más cool del momento.

La ambición, claro, desordena. De repente, un técnico tiraba de una cuerda y allí aparecía una orquesta siria. O salía a cantar Stylo Bobby Womack, el veterano cantante de soul. O los raperos de De La Soul (uno de ellos con la camiseta de Xavi) bombardeaban al público en Superfast Jellyfish. Albarn coqueteaba con el exceso y el empacho, perdiendo el timón en los tramos más plomizos y recuperándolo cual Popeye del pop en canciones que, como Clint Eastwood, pusieron a todos de acuerdo.

El resultado no es perfecto y no debe serlo. Gorillaz es un banco de pruebas en la mente de un músico que logra resolver la ecuación imposible con una facilidad pasmosa: un científico loco capaz de convertir sus experimentos imposibles en proyectos superventas. Albarn tiene mucha música dentro y en Gorillaz ha encontrado el molde donde juguetear a gusto con la masa.