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Velázquez, entre el poderío y la chulería

El Museo del Prado ultima el recorrido por su colección con una revisión de la galería principal, donde el espectáculo de los maestros italianos y flamencos toma el espacio dedicado a la pintura española

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El Museo nacional del Prado lleva a Tiziano, Velázquez y Goya en el corazón. Nada nuevo: la colección de la pinacoteca creció en excelencia hace cinco siglos. Hoy vivimos de las rentas de aquel impulso que llevó a Felipe IV a acuñar todo lo que tocara Tiziano y los pintores flamencos. 'El rey en estos 12 meses ha conseguido un número increíble de obras de los mejores autores antiguos como modernos', escribe por carta a Londres el embajador inglés en Madrid. En la misma dice que en la ciudad en cuanto hay algo que vale la pena 'se lo apropia el rey pagándolo muy bien'. El gusto de este país cambiaba, eran 'más entendidos y más aficionados al arte de la pintura que antes', informó en un Wikileaks propio del siglo XVII.

Desde aquella carta escrita en 1638 hasta ayer todo ha cambiado mucho: 'Es una cuestión de poderío y chulería. El Prado puede presumir porque tiene la mayor colección de Rubens, Tiziano y Velázquez. Es un final fanfarrón, hacemos esto porque podemos. A veces menos es más, pero en este caso no', remataba Alejandro Vergara la jornada de presentación de la reordenación de la colección en la galería central de su planta principal.

El jefe de conservación de pintura flamenca y escuelas del norte del museo avanzaba, delante de la treintena de Rubens seleccionados de los fondos, que en noviembre de 2012, además, harán sitio al resto de obras del pintor barroco de la escuela flamenca y lo rematará con una gran exposición dedicada a la trayectoria de Van Dyck.

Vergara: 'Es una cuestión de poderío y chulería. El Prado puede presumir' 

De esta manera, El Prado muestra un recorrido por los maestros del siglo XVII al XIX, que arranca en la parte emblemática del edificio de Villanueva. Si el corazón de estas colecciones es Diego Velázquez, la columna vertebral es la pintura italiana y flamenca, con 59 grandes lienzos de Tiziano, Tintoretto, Veronese, Rubens, Carracci o Van Dyck. Han querido destacar las 'conexiones, influencias, admiraciones y rivalidades' de los venecianos en las referencias de los pintores españoles y europeos, que hoy constituyen la identidad del museo.

Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación e investigación, advirtió también que con la apertura paulatina de salas, desde la ampliación de Jerónimos, en 2009, la colección ha aumentado en 300 obras expuestas.

El nuevo orden de El Prado ha sacado de la galería central la pintura española, por primera vez desde que Manet llegara al museo a contemplar las casi 500 obras que había repartidas por el eje. Antes Ribera y Murillo eran los protagonistas de esta amplia sala bañada por la luz natural. 'La pintura española queda mucho mejor en las salas cerradas, adyacentes a la principal', explica a este periódico Gabriele Finaldi.

'La pintura veneciana, que es pintura de luz, necesita luz natural. La línea tenebrista de Ribera y Zurbarán queda más protegida en las salas interiores. Además, lo lógico en la gran narración de El Prado es que estuviera en la espina dorsal del edificio, entroncando con la sala basilical de Velázquez', cuenta Finaldi.

La pintura española sale de la galería central por primera vez en un siglo

El museo ya mandó un primer aviso de este rescate con más brillo y esplendor de sus grandes fondos europeos el pasado noviembre, cuando montó una apabullante revisión de Rubens. Alertados por la falta de visibilidad del maestro flamenco en los visitantes que destacaban sus encuestas, los responsables de El Prado emprendieron la reconquista de los grandes espacios para los grandes nombres. A la vista está que han preparado el museo para una visita más ostentosa.

El programa de esta galería central es el que Miguel Falomir, jefe del departamento de pintura italiana del Renacimiento, indicó como 'una reflexión sobre la naturaleza y el origen de la colección real, primando a los herederos de Tiziano'. Es el universo de las pinturas majestuosas, de las mitologías y el refinamiento.

Es cierto que el reparto se engrana a golpe de encrucijadas que vinculan a Velázquez con la tradición veneciana y Rubens. Así, en un vistazo aparece Las Meninas y el retrato de Carlos V en la batalla de Mühlberg frente a frente, y en el extremo La familia de Carlos IV de Goya, cerrando el camino hacia la modernidad.

Quien no ha perdido su lugar de privilegio es Velázquez. 'Está en el lugar más importante, mucho más que la sala central', explica Javier Portús, jefe de departamento de pintura española. Destaca que esta sala estuvo ocupada durante mucho tiempo por las pinturas de Rafael, pero poco a poco fue reconquistando ese espacio. Pareciera el museo un campo de batalla, en el que los cuadros pugnan por más espacio, más luz, más presencia.

'La sala ya no está formada por obras maestras, sino por un pintor maestro', resume Portús el criterio de configuración de la sala oval, la número 12, en la que late el pintor sevillano. Para Portús, con Las Meninas, que cuelga del centro de la sala, elevó un género secundario, como se valoraba entonces el retrato, a la categoría de composición histórica. 'Todo converge en Las Meninas, zanja Portús y traza el cierre del bucle museográfico del piso más importante del museo.

'Velázquez nunca había tenido tanto espacio', explica Javier Portús

El especialista se ha encargado de ensalzarlo como gran retratista. Siete salas dedicadas al pintor barroco, levantadas como monografías: el Velázquez retratista real; el Velázquez religioso; y el dedicado al retrato por encargo, 'donde el pintor trabajaba con la libertad que necesitaba'. Y compara esta sala con la de los autorretratos de Rembrandt. 'El pintor nunca había tenido tanto espacio', dice.

Para confirmar que 'la pintura es un idioma universal sin fronteras', el itinerario ideal une la galería central con El Greco, enviado especial de la escuela veneciana en España. Las tres salas dedicadas al pintor griego subrayan los impactos en la intimidad de obras como La Trinidad, El caballero de la mano en el pecho, La anunciación y La adoración de los pastores. Tres salas que forman 'la mejor colección de El Greco', como dice Leticia Ruiz, jefa del departamento de pintura española del Renacimiento.

El tránsito por este apartado probablemente sea el más sobrecogedor de la nueva lectura. La despedida hacia el siglo XVII se cierra con una visión 400 años antes: 'La cabeza de Santiago es espectacular, es un Bacon con unos siglos de adelanto', señaló Ruiz.

La pintura española no fue un fenómeno ensimismado, sino que creció con el diálogo mantenido con otras tradiciones, anunció Portús antes de pasar a las salas dedicadas a José de Ribera, otro de los pintores que abandona la portentosa luz de la galería central y pasa a las interiores. De hecho, hasta el propio Velázquez vuelve otro de su primer viaje a Roma, una vez ha conversado y conocido la tradición renacentista.

De entre los hallazgos más solemnes destaca la dedicada al Salón de Reinos

Ribera y su lado más tenebroso y dramático cobra confianza enfrentado al caravaggismo de las galerías centrales. Incluso cuando madura y decide revisar los valores cromáticos y los contrastes, cuando utiliza las cualidades matéricas de la pintura, mira a los herederos de Caravaggio y ve en ellos parientes cercanos. Estos vínculos los urde el ojo del espectador.

De entre los hallazgos más solemnes de estas salas adyacentes destaca la dedicada al Salón de Reinos. El que fuera el espacio más importante del Palacio del Buen Retiro (que el conde-duque de Olivares mandó construir como casa de recreo para Felipe IV), es aquí el espacio de competencia, en el que figuran los pintores que concursaron para decorar las grandezas de la monarquía española. Inevitable, todas las miradas conducen a La rendición de Breda.