Publicado: 21.01.2016 18:59 |Actualizado: 22.01.2016 07:00

Viaje al centro de la Mara Salvatrucha

El antropólogo Martínez d’Aubuisson se sumerge durante un año en una célula de la Mara Salvatrucha 13, un viaje vertiginoso a esa guerra que mantienen con la pandilla Barrio 18

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La "mara" mira y ruge furiosa, el fuego se paga con fuego.- AFP

Un tipejo subido a una scooter china se la juega día sí y día también en tierra de nadie. El petardeo del motor desvencijado separa dos trincheras, las mismas que trocean un país más allá de sus límites oficiales y lo convierten en un laberinto de criminalidad. El fulano en cuestión es un antropólogo, una rara avis dentro de la academia que ha tenido a bien renunciar a las comodidades de la vida universitaria y ha decidido husmear en lo que sucede fuera de su cátedra. La guerra, como ya intuirán, corre a cargo de dos bandas rivales, de las tantas que pueblan El Salvador y convierten a este país centroamericano en plusmarquista mundial de homicidios.

Ver, oír y callar. Un año con la Mara Salvatrucha 13 (Ed. Pepitas de calabaza) son los diarios de campo de ese antropólogo motorizado, Juan José Martínez d’Aubuisson para más señas, que tuvo a bien dejar por escrito un año de inmersión en una célula de la Mara Salvatrucha 13, un viaje vertiginoso a esa guerra salvaje que mantienen con los chicos de la pandilla Barrio 18. El resultado ni es ficción, ni es un documento científico convencional, se acerca más, como explica el autor en el prólogo, a lo que se conoce como “realismo etnográfico”, o lo que es lo mismo, ese híbrido entre ambas disciplinas que en su día acuñó el historiador Oscar Lewis.

“Ellos pensaban que sabían qué era la violencia, ja fock. ¡Nosotros les enseñamos a ellos qué putas era la violencia!”. Y vaya si lo hicieron. La frase, atribuída a un avezado pandillero, relata la entrada en escena de la Mara Salvatrucha 13 a finales de los 80. Una irrupción salvaje y ajena a todo tipo de reglas, lo que le valió la enemistad con casi todas las pandillas del momento.



El rugido de la “mara”

La palabra “mara“ pasó a formar parte del vocabulario cotidiano de los salvadoreños debido al éxito que tuvo la película protagonizada por Charlton Heston Cuando ruge la marabunta, caprichosa traducción de la original The naked jungle, que a su vez era una adaptación del relato corto Leiningen Versus the Ants publicada en 1938 por el escritor alemán Carl Stephenson. En esencia, la historia narra la vida de un millonario que decide fundar una plantación de cacao en la selva amazónica de Brasil. Su sueño es frustrado por una invasión de millones de furiosas hormigas que lo destruyen todo y que por poco se comen al mismo propietario.

Ed. Pepitas de calabaza

La deriva etimológica del término pasó de designar a una simple “multitud bulliciosa” y terminó bautizando a estas pandillas criminales fuertemente armadas. Siniestras cuadrillas que encuentran su origen en los emigrados centroamericanos al vecino del norte. Trapicheo de drogas, asesinatos y desórdenes varios terminan por convencer a las autoridades estadounidenses de la necesidad de acelerar las deportaciones de indocumentados. Estas deportaciones masivas, que tuvieron lugar entre los años 1992 y 1994, son el germen de las “maras”.

Una historia de violencia

En Ver, oír y callar hay ritos iniciáticos y jergas furtivas, hay honor, infieles y mártires. La “mara” entendida como familia, como idea de pertenencia que permite, desde un yo compartido, clamar contra un Estado que miró en su día a otra parte y ahora se esconde tras la balacera. “Para estos jóvenes —explica Martínez d’Aubuisson— el honor está en la barbarie; la valentía, en el sacrificio, y que solo la causa como le llaman a la guerra, hace que la vida valga la pena. Por esa causa inventada, como todas las causas, un ejército de jovencitos se mata con sus enemigos espejo y pone en aprietos a las sociedades y los Estados de toda una región”.

Un camino sin salida contado sin condescendencia ni arengas moralizantes. Trabajo de campo a fin de cuentas que no desdeña el cuidado por la palabra, por la cita precisa. Como esta en la que un pandillero explica cómo es eso de quitarle la vida a un fulano: “Sentís así como un gran miedo, pero después ya no sentís nada. Solo la primera, y quizá la segunda, ya la tercera es como darle una patada a un chucho. No te imaginás que le duela o algo así, solo le das”.