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La vida cotidiana se queda sin Rohmer

El cineasta francés, miembro destacado de la legendaria ‘Nouvelle Vague' e icono del cine de autor europeo, deja una obra naturalista en la que reflejó las contradicciones de las relaciones humanas

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Éric Rohmer, el más literario de los cineastas de la Nouvelle Vague, falleció ayer en París a la edad de 89 años, dejando tras de sí un cine dominado por unos diálogos centrados en la comedia sentimental de altos vuelos y ambientado en universos arquitectónicos y paisajísticos elaborados formalmente. Rohmer fue el autor de películas que han quedado inscritas en la cinematografía francesa como auténticas celebraciones tanto del comportamiento amoroso y sus contradicciones, como de la comedia social de costumbres de la segunda mitad del siglo XX. Películas como La coleccionista (1967), la serie de seis filmes bautizada Cuentos morales, o la de los Cuentos de las cuatro estaciones son hoy grandes clásicos en Francia.

Algunas de sus cintas, pese a su elitismo y la sutileza extrema de sus diálogos, lograron alcanzar gran audiencia y llegar al público general, como ocurrió con El rayo verde (1986) o Pauline en la playa (1982). En los últimos años, por el contrario, sus películas pasaban bastante desapercibidas, y a menudo su difusión y su permanencia en pantalla quedaba reducida a las salas de arte y ensayo del Barrio Latino que le había visto nacer como genio del cine en 1959 con El signo del león.

Su reputación de cineasta literario fue conquistada a pulso. Antes de dedicarse a dirigir, Rohmer no fue sólo crítico y director de Cahiers du Cinéma, entonces revista militante de la Nouvelle Vague; fue, directamente, literato. Su irrupción en la cultura francesa había llegado en 1946, con Élisabeth, libro escrito bajo el pseudónimo de Gilbert Cordier mientras, según su propio relato, silbaban las balas de la liberación de París frente a la ocupación nazi bajo su ventana. La obra, reeditada más tarde como La casa de Elisabeth, sirvió para que el hasta entonces profesor de Literatura y Francés diera el salto al cine.

Siguieron una serie de documentales y de cortometrajes, hasta que llegó la explosión de El signo del león, con un protagonista marginal, desencajado y maldito que vagabundea bajo las mil estatuas de leones que pueblan la Ciudad Luz. Su cine rara vez retomaría esa figura del vagabundo misérrimo y loco, para despecho de una Nouvelle Vague a la que le encantaban los malhechores.

Rohmer pronto pasaría a ocuparse más bien de jovencitas que aman mucho, no saben por qué, y luego se enfadan y dejan de amar, pese a que siguen sin saber por qué. Todo ello enmarcado en un sabio estudio, no sólo ya de los personajes, sino también de los universos urbanos o de la arquitectura. Algo que llegaría a su culminación con El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) y El amigo de mi amiga (1987).

Esta última está ambientada en una horrible ciudad nueva construida en la periferia parisina con planos del arquitecto español Ricardo Bofill. Los bloques de apartamentos, insoportables a juicio de los propios vecinos, fueron sublimados por Rohmer como metáfora de un ridículo drama sentimental.

El cineasta retomó en varias ocasiones las grandes obras literarias que tenían la reputación de inadaptables. Eso sí, no lo hacía para seguir fielmente la reproducción de una obra, sino para inspirarse e incluso para utilizar sus juegos formales de forma contradictoria. Ese fue el caso de La mujer del aviador (1981), libremente inspirada del gran clásico romántico y cómico Alfred de Musset, y en otras cintas inspiradas en Arthur Rimbaud o Jean de La Fontaine.

Como suele ocurrir con los artistas de carrera dilatada que fallecen en el lugar -París- y el momento -la vejez poco creativa ya- esperados, el aluvión de homenajes no se ha hecho esperar. Nicolas Sarkozy inició anoche la retahíla de muestras de afecto al 'gran autor' de un cine 'singular' con un estilo que 'le sobrevivirá'. Arielle Dombasle, una folclórica a la francesa -esposa de Bernard-Henri Levy- que rodó sus primeros metros de celuloide con Rohmer, aplaudió al 'artista completamente coherente'.

Thierry Frémeaux, delegado general del festival de cine Cannes, evocó a 'un cineasta cuya obra era única' y 'uno de los mayores representantes de los cineastas cinéfilos'. Frémeaux no tenía ninguna duda: 'Bajo una aparente ligereza, ponía en sus películas una exigencia que le coloca entre los mayores realizadores de la historia'.