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Wendy Guerra ajusta las cuentas con Cuba

La joven escritora ataca a la revolución de su país ensu nueva novela

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'La gente necesita sentir que puede irse y llegar, aunque no tenga para dónde ni con qué', afirma la madre de Nadia, la protagonista de Nunca fui primera dama (Bruguera), novela de la escritora cubana Wendy Guerra (La Habana, 1970), que resume las aspiraciones de una cierta juventud que ha conocido la pos-revolución y ha de enfrentarse al hecho de vivir en Cuba.

Cuando se le pregunta por el fin del castrismo, Wendy sonríe: 'Yo no lo viviré; mi hija, sí'. La escritora considera que en Cuba se vive 'un romanticismo disfrazado' y que es 'hija de una generación que postergó la individualidad', el gran tema de esta novela que arranca con la apasionada y catártica arenga 'neurovaginal' de Nadia, cuando sus ansias de libertad la llevan a expresar por radio 'aquello que los demás se guardan por decir'.

Nunca fui primera dama posee ese espíritu de las novelas del XIX, las cuales, en cierta forma, retrataron la lucha del individuo contra las instituciones. No en vano, la institución familiar, como trasunto del Estado, posee aquí la misma inevitabilidad de las viejas sagas. 'Hemos tratado de rendirles cuentas a nuestros padres, pero es duro, porque ellos vivieron la revolución como un proyecto personal', confiesa Guerra.

Los sucesivos viajes de Nadia por Europa la enfrentan consiga misma. Lo resume muy bien un personaje europeo, Saúl, cuando afirma: 'Los cubanos usáis vuestros problemas para ganar lo que tenéis', pensamiento que la escritora, eterna becaria para diversas instituciones artísticas, ha escuchado con demasiada frecuencia. 'Si fuese así, Pica-sso nunca habría pintado El Gernika. Es una afirmación grosera, aunque es cierto que hay cubanos que viven de la política'.

Mezcla de voces y diversas técnicas literararias, de autoanálisis y ficción intrahistórica, esta novela es un ajuste de cuentas, una traición autoinflingida, que Wendy Guerra construye para explicarse a sí misma, para exorcizar 'aquello que me enseñaron, pero que no soy'.

Lúcida y de cálida ironía, la voz de su protagonista 'no le debe nada a los héroes de la patria'. Es esa primera dama que no trató de 'encontrar un paliativo contra la realidad', ni de morir joven, lo más fácil para ser un mito. Nadia o Wendy sólo aspira a vengarse por aquello que no puede decir en este pacto autobiográfico que, como afirma su autora, 'sólo tiene un 40% de verdad'. Nada menos.