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Abrir bocas contra tapar bocas

  

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El madridismo necesita cambiar de cuento. Se mira en el espejo y hace la pregunta fatídica. Resulta que el Barça es más guapo, está mejor hecho y casi ni se le intuye el maquillaje, porque en su alineación titular aparecen siete u ocho futbolistas de la cantera, mimetizados por un estilo que se ha convertido en sello futbolístico del equipo desde Cruyff. No es infalible, pero el Barça tiene esencia. El balón corre rápido, los toques son precisos y la intensidad defensiva es admirable en un equipo que acaba de ganar un triplete, pero que mantiene la voracidad y la felicidad del niño en el recreo.

El secreto está a la vista. La figura del entrenador alcanza la más alta dimensión. El fútbol, por encima de todo. Guardiola representa a la perfección los valores que quiere transmitir su equipo: la sensibilidad, la pasión, el buen gusto, el perfeccionismo y el trabajo. Es un exprimidor de talento. Ha conseguido magnificar la inteligencia de Xavi, el talento de Iniesta, la jerarquía de Piqué, la seguridad de Valdés, la alegría de Alves... y ha enseñado a La Masía el 'yo quiero ser como Pedro'. Para lo demás, Messi, Ibra o Henry, tres de los diez mejores del mundo. Ha flaqueado en algunos partidos, pero nunca ha perdido sus señas de identidad.

La comparación Barça-Madrid es tan odiosa como gráfica

El Madrid es otra cosa. Camina entre la excelencia matemática líder en la Liga y en Champions y la mediocridad futbolística. No tiene sello, no tiene estilo, no tiene toque, tiene prisa y vive de sus estrellas fugaces. El problema no es sólo de forma como la mayoría quiere hacer ver Pellegrini, también es de fondo modelo de club. El entrenador es un sospechoso, ya sea de Chile, de Brasil o de Cieza. Los referentes morales han dejado de ser referentes futbolísticos; por ejemplo, Raúl. Al Madrid no se le reconoce la matrícula. No significa que no tenga el orgullo, pero desde Del Bosque camina en una crisis de identidad. Mal va cuando gira alrededor del presidente o de las estrellas.

Lo peor es que ya nadie se libra de la quema. Con la misma frivolidad que se cuestionó a Zidane, ahora le ha llegado el turno a Kaká. Pero se toma como normal que Benzema siente a Higuaín, autor de los dos últimos tantos y mucho más efectivo en la relación minutos/goles. Política de empresa, habrá que pensar.

Todo esto no significa que el Madrid no pueda ganar el clásico. Por muy feo que parezca, el contragolpe con Cristiano y Kaká se atisba como una fórmula, aunque duela a la vista 270 millones después. En toque, en automatismos, en confianza, no hay color, el Barça es infinitamente mejor, pero partidos como el de mañana se salen del molde.

La comparación es tan odiosa como gráfica. El Madrid quiere ganar para cerrar bocas y el Barcelona siempre juega para abrirlas.