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Agüero y los otros

El argentino despacha un partido soberbio ante el Espanyol con dos goles (4-0)

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Agüero es un futbolista celestial atrapado en una realidad paralela, la del Atlético. Un genio al que han desahuaciado de su lámpara y que, sin saber por qué, pena en el inhóspito y oscuro territorio rojiblanco. Rodeado de mediocridad, acuciado por críticos obtusos y visto por la propiedad con ojos brillantes de codicia, el Kun puede con todo. Ayer fue el artífice de un triunfo vital ante el Espanyol.

En el pequeño cuerpo del argentino habita una fuerza interior que se pone a prueba cada día. Cuanto más se tuercen las cosas, más se yergue; cuando el equipo amenaza ruina, él aparece acá y allí para soldar mil y un agujeros. Puede parecer que, rodeado de espectros, corre para nada y hacia la nada, pero su potente arrancada, su regate seco y su generosidad arrollan por sí solos a no pocos rivales.

Kun es un jugador celestial atrapado en una realidad paralela, la atlética

El Espanyol, sin ir más lejos, no tuvo más remedio que arrugarse ante el corajudo vendaval de Agüero. El Kun no llora, grita, se desespera durante un instante y, desahogada su rabia, mira hacia adelante y ataca una y otra vez. De su mano, Reyes sale con cierta asiduidad del mundo sobrenatural en el que lleva años recluido para aparecerse en cuerpo mortal e incisivo, como cuando estaba vivo. De una pared de manual con el propio Agüero nació el primer gol del Atlético, obra de Forlán.

El delantero uruguayo, también abducido por las fuerzas del mal y la desidia que gobiernan el Manzanares, abandonó ayer el lado oscuro, se trajo con él la puntería perdida y remató con ganas el regalo que le dejó Agüero en el corazón del área.

El Atlético malvive en una atmósfera tan viciada que ni siquiera es capaz de resucitar cuando adquiere ventaja frente a otro grupo espectral, el Espanyol. El conjunto catalán es, como el madrileño, tristeza pura. Salen al campo, se colocan obedientes y juegan al fútbol como el funcionario pone un sello. Es un grupo aburrido, plano e invisible. La nada absoluta. Aun así, por mera inercia, los de Pochettino merodearon el área de Asenjo. Olisquearon el miedo que emite la endeble defensa rojiblanca y, por si acaso, empujaron un poco.

El conjunto catalán es como el madrileño, tristeza pura

La grada, inerte a fuerza de asimilar decepciones, silbó tímida. El frío, la noche y, sobre todo, la decepción constante amenazan con despoblar el Calderón. Ayer asistieron pocos, así que las muestras de desaprobación por el insulso juego local fueron menos de las habituales, que ya es decir.

Agüero se ha acostumbrado a buscarse la vida. Va a lo suyo, que es el Atlético. No habla, actúa. Así que cuando Nakamura cazó por detrás a Reyes al borde del área, el Kun se adueñó de la pelota, espantó a Simao que pretendía ejecutarla con la mirada y, sin titubear, clausuró el partido, que no el marcador, con el segundo gol.

El Kun posee también sensibilidad especial para intuir lo que los aficionados necesitan. Lo fácil hubiera sido contemporizar, gestionar rácanamente el 2-0, incluso pedir el cambio y reservar fuerzas. En vez de eso, siguió atento a todo. Remató el tercero, expulsó a Rocanglia y, en el último minuto, tuvo fuerzas y arrestos para regalarle a la grada una jugada de poderío por la izquierda y a su amigo Maxi, el cuarto tanto. Es sobrenatural.