Publicado: 10.07.2016 09:31 |Actualizado: 10.07.2016 09:31

Alegato en contra del fútbol de ayer

Detrás del cartel, que medirá a Cristiano frente a Griezmann, se vivirá una final gobernada por futbolistas destinados “a defender con uñas y dientes”.

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Alegato en contra del fútbol de ayer. /GRAPHICNEWS

Infografía: Portugal vs Francia - Previa de la final de la Eurocopa 2016. /GRAPHICNEWS

El día que Laurent Blanc entregó el testigo de la selección francesa a Deschamps le dijo: “Los entrenadores franceses no podemos seleccionar a nuestros jugadores según criterios físicos. Así nunca aparecerá un Iniesta”. Entonces todo el país le dio la razón, porque Francia caía en cuartos de final. Pero hoy, que está en la final de París, retratada en futbolistas kilométricos como Pogba, Sissoko o Kanté, ya no pasa nada: ya no pasa nada porque el que más nos remita a aquellas maravillosas selecciones francesas de Zidane o Platini sea Dimitri Payet, un futbolista de 29 años, ubicado en la clase media en Inglaterra y que hasta los 25 años trabajaba a media jornada en unos grandes almacenes para llegar a fin de mes. El fútbol siempre será comparable a lo inexplicable en el que Fernando Santos, el seleccionador portugués, no discute con nadie: “No importa ceder el balón ni defender con uñas y dientes si es necesario”.



A Fernando Santos, que nunca fue un entrenador top, le acompaña una ironía inteligente. A los 61 años, ya ni siquiera parecía destinado para vivir un día como éste como seleccionador de Portugal. Pero hoy es un ejemplo para los once millones de portugueses, para los nativos y para la legón de oriundos de Brasil o Cabo Verde que viven en el país y que se enfrentan a una maravillosa contradicción. No es esta la mejor generación de futbolistas portugueses, a años luz de aquellas que encabezaron gente como Eusebio, Chalana, Jordao, Rui Costa, Figo o el mismo Maniche, aquel futbolista, enamorado de los dulces, que perdió tantas batallas frente a la báscula. Pero, como dice Santos, el fútbol no importa tanto. “Aún podemos jugar frente a cualquiera. Nuestra obligación es tener posibilidades de ganar, no la de ser los mejores”.

¿En el país de Baudelaire?

En realidad, es el reflejo del fútbol de hoy, donde una cosa es la propaganda, el partido que enfrentará a Cristiano frente a Griezmann plagado de estadísticas, de fotografías o de tiros a gol. Pero a partir de ahí hay otro cartel poseído de futbolistas más baratos, acostumbrados a vivir a la sombra o a no tirar penaltis ni golpes francos. Un cartel que también respeta a estrellas de un pasado no tan lejano como Quaresma y hasta un futbolista Pogba, cuyo precio actúa como su mejor jefe. No juega la pelota como la jugaban Platini ni como Zidane. Ni siquiera como lo hace Payet en la Francia de hoy, con futbolistas contratados para correr. Pero esa es la revolución que encabeza Deschamps en el país de Baudelaire, Rimbaud o Apollinaire. La cosa es que los poetas ya no hacen falta para ganar. Es más, ni siquiera se echa de menos a ese medio campo del 84, donde estaba prohibido un mal pase, con Giresse, Tigana, Platini y Luis Fernández, incomparable a los Matuidi, Kanté o Pogba de ahora. Entonces el que realmente corría era el balón.

No ha habido reflejo más sincero que esta Eurocopa, incluida la propia Francia, capaz de ganar la semifinal a Alemania sin apenas emplear el balón

Hoy, en pleno 2016, el fútbol ya es otra cosa. Hasta en Portugal, que siempre fue característica por un espléndido toque de balón. Ahora, sus defensas son, incluso, más importantes que sus mediocampistas si no fuese por un muchacho de 18 años, Renato Sanches, que se niega a olvidar que él nació en el país de Eusebio y que el fútbol no debe reducirse a un paradón de Rui Patricio o a un cañonazo de Cristiano. O que los partidos no sólo se tienen que ganar a balón parado. Pero la realidad es que hoy Renato va contracorriente. No ha habido reflejo más sincero que esta Eurocopa, incluida la propia Francia, capaz de ganar la semifinal a Alemania sin apenas emplear el balón. Fueron suficientes entonces con dos llegadas de Griezmann para ganar y para pedir el Balón de Oro para el delantero del Atlético que en otra época, en la Francia de Platini, hubiera limitado a ser un cazador de goles como lo era Rochetau o Lacombe.

Hoy, sin embargo, se habla de Griezmann como el mejor del mundo y Francia, el país de los 66 millones de habitantes, se obsesiona a él para ganar a esta Portugal ultradefensiva en la que el central Pepé, a los 33 años, siempre es uno de los mejores. De ahí que personajes tan notables en la sociedad futbolística como Eric Cantona hable de “racismo contra los buenos mediocampistas”. Aún nos queda alguna excepción como la de Payet, venida de unos grandes almacenes, pero al margen de eso no queda otra que hacer caso a Laurent Blanc, metido ahora a analista, cuando dice que “es más importante ganar a que salgan jugadores como Iniesta”. En la Eurocopa del 84 no era así y los que ganaron para Francia fueron gente del corte de Iniesta, pequeños e inolvidables con la pelota. Deschamps, que entonces era un adolescente de 16 años, tal vez ni se acuerde y Fernando Santos, el portugués… Fernando bastante tenía entonces con ganarse la vida como un intrépido lateral derecho.