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Alivio con vaselinas

El capitán madridista marca un gol de ratero, otro de palanca y regala otro a Robben. Juande probó sin Casillas y corrigió continuamente la colocación de sus jugadores

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La vida sigue igual. En tiempos de crisis, Raúl. Para pornerse delante de los micrófonos y enseñar el escudo ante el temporal que le caía al madridismo y que se supone arreciará en el Camp Nou. Raúl para decirle al presidente que Schuster ya no puede con el equipo. O para meter el gol del palomo, como ayer. Un centro manso desde la izquierda que debía morir en las manos de Malafeev lo rebañó con la puntera como un palomo picotea ávido las migajas callejeras que le caen.

Raúl también para descubrirle un desmarque a Robben y de paso congratular al holandés con el gol. Nunca ha tenido mucho, pero ya estaba harto de encontrar a los porteros cada vez que sale de un regate a pierna cambiada y prueba suerte con el disparo. Esta vez Raúl le puso de cara al portero. Sin necesidad de tener que buscar su perfil bueno. Resolvió Robben con delicadeza. Con una parábola suave y cruzada.

Raúl también en el corazón del área. Frente a Malafeev, parado a medio camino. La distancia perfecta para su suerte preferida: la palanca. La pierna izquierda por debajo del balón para que el balón dibuje la curva inalcanzable para el portero, que contempla impotente la trayectoria con el cuello a punto para una tortícolis.

Raúl para señalarse con los pulgares el nombre y el número. Quizá no haya un gesto más significativo de un jugador para definirse. El ademán habla de su insistencia en hacerse eterno mientras el físico le de para correr detrás del balón. Tiene la obsesión de retirarse diciendo que siempre estuvo ahí. Cuando era un pelado rateril que jugaba a ser más vivo que centrales que le doblaban la edad.

Cuando corría más que ninguno para que los galácticos lucieran. Cuando regresó al área para reclamarle un sitio a Luis Aragonés y volver a relacionarse con el gol. O ahora que el equipo parece muerto y quiere resucitarlo o, como mínimo, hacerlo digno. Raúl con el Bernabéu en pie para despedirle porque con él, para el Madrid, la vida sigue igual. Es el símbolo y el valor más seguro del club.

Todo lo contrario a Raúl ofreció Arshavin, que suena como próximo inquilino del Bernabéu. Estuvo tímido y defraudó el poco ruido que hizo en el partido. En realidad, desde que reventó a Holanda en la Eurocopa no ha vuelto a ofrecer una exhibición igual. Tiene un aura confusa. A un genio latino que se pasa media hora sin rascar bola se le emparenta con el tempo de las musas. A un artista parido en el Este de Europa le acompaña la etiqueta de la frialdad y la indolencia.

Si la vida sigue igual con Raúl, poco puede cambiar un equipo en tres días que sea visible. Otra cosa es el interior; lo anímico, lo emocional. Dio la impresión que algunos jugadores se han quitado de encima la pesada mochila de Schuster. Marcelo y Robben sobre todo. Al holandés le hizo culebrear por la derecha desde el principio. A Marcelo le probó como interior izquierdo y a Metzelder como lateral derecho.

Esas 72 horas que van desde el partido loco del Sevilla al de ayer dieron para atisbar detalles que apuntan al futuro. El paisaje exterior descubría la silueta enfundada en un traje negro de Juande Ramos. Como es un entrenador que gusta del juego posicional, se le vio fuera del banquillo corrigiendo y colocando a los jugadores.

Puede que en sólo 90 minutos Juande Ramos haya pisado más el área técnica que Schuster en año y medio. La estampa del alemán respondía a un hombre cosido al respaldo de su asiento, con los brazos cruzados y reviviendo a Unamuno: '¡Que jueguen ellos!'.