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Alonso torea a los Red Bull y aprieta el Mundial

El español, segundo entre Webber y Vettel, se coloca a 20 puntos del australiano, nuevo líder del campeonato. Hamilton abandona tras una avería. As&iacute

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Sólo la mejor versión de Fernando Alonso es capaz de sortear con opciones de éxito las poderosas embestidas de Red Bull. Únicamente un piloto como el español puede meter miedo a dos bólidos cuya superioridad mecánica es insultante. Por poderío, Webber y Vettel, o viceversa, deberían sumar doblete tras doblete, pero ayer el asturiano se coló entre ambos y, a falta de siete pruebas, el Mundial es una incógnita candente con cinco candidatos al título.

Tras un primer tercio de temporada espeso, Alonso ha alcanzado la madurez. Cuando crece la tensión y, en paralelo, mengua el margen de error, cada punto es un tesoro. Y es ahí donde claridad de mente, inteligencia, finura de tacto y visión estratégica dibujan con trazo exacto la calidad del piloto y la capacidad de cada equipo. Así ocurrió ayer.

El más constante es, sin duda, Webber. El afable gigante australiano ha sido capaz de discutirle la hegemonía interna a su compañero Vettel, el niño bonito al que algunos ya le colocaron en enero el cartel de campeón. Mark, una especie de Cocodrilo Dundee de la F1, no se deja amedrentar. Exprime al límite las ocasiones que se le presentan. Como ayer. Red Bull aprovechó la aparición del coche de seguridad para llamar a boxes a Vettel, que lideraba la carrera y entró a realizar el obligatorio cambio de neumáticos. Webber tuvo que esperar y siguió dando vueltas. Como quiera que Alonso, segundo, también pasó por el taller de Ferrari, el australiano se encontró sin querer en cabeza. Esperó su turno y, cuando el safety car se retiró, pisó el acelerador. Una vez más, él solo contra el mundo. Lejos de renquear con las trabajadas gomas superblandas, su Red Bull voló. Tanto, que sacó la ventaja suficiente como para aguantar hasta la vuelta 43 sin cambiar ruedas. Sí, fue una estrategia no buscada, pero manejada con bravura y precisión por Webber.

Por detrás, a años luz, el más listo de la clase, Alonso, el único junto a su amigo Webber que ayer no cometió un solo error. Firmó un gran premio perfecto, inmaculado. Hizo lo que debía, y podía, en la salida adelantar al australiano y achuchar a Vettel y luego se dedicó a lo suyo. Tiró y tiró durante 70 vueltas inacabables, con la certeza de que sólo un error le permitiría torear a los Red Bull. Y ocurrió.

Vettel, que corre el peligro de encasillarse en eterno aspirante, la pifió. Al alemán le falta un hervor. Es muy rápido, casi imbatible, en tandas cortas, pero en carrera acredita despistes de toda índole, casi siempre letales. Ansioso por volver a ganar no lo hace desde el GP de Europa infringió el artículo del reglamento que obliga a no dejar una distancia superior a diez coches respecto al safety car. La broma le costó una sanción y, a la postre, el triunfo. El piloto de Red Bull, después de protestas, caritas en el podio y pataletas varias, acabó reconociendo que tras entrar en boxes regresó 'un tanto dormido' a pista.

La F1 fagocita a los despistados, pero ha habido temporadas más relajadas. 2010, en cambio, no admite bromas. Ni propias ni ajenas. A Hamilton, por ejemplo, el abandono de ayer por avería le ha costado el liderato, desbancado por Webber. El británico es segundo, pero siente el aliento de Vettel, Button y Alonso. Ganará, como siempre, el más fiable.

Bien distintas son las batallas de Pedro de la Rosa y Jaime Alguersuari. El primero, pletórico, finalizó séptimo y sumó sus primeros seis puntos del curso, tan merecidos como sudados. Alguersuari, en cambio, vio esfumarse todos su sueños en la nube blanca que delató la rotura del motor en la primera vuelta. Se retiró.