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Alonso y Ferrari se ahogan

Dos errores estratégicos arruinan la carrera del español, que arrancaba segundo y acabó retirándose

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Al encargado de la previsión meteorológica de Ferrari sólo le faltó predecir sol. En la vuelta 17 el augur de turno anunció que decrecía la lluvia, mandaron entrar a Fernando Alonso, le pusieron neumáticos intermedios (eficaces con poca agua, pero suicidas sobre charcos)... y comenzó a diluviar. Tanto, que el coche de seguridad apareció por tercera vez sobre la pista para contener el ímpetu de los participantes e impedir accidentes. El español volvió a visitar el garaje para calzarse las gomas extremas con las que circulaba ante de que el vidente ferrarista atisbase claros en el horizonte y, en la vuelta 25, con el asfalto anegado y el cielo jarreando, el director de carrera sacó bandera roja y los bólidos, chorreando, aparcaron en la parrilla.

Mientras el nigromante italiano se rascaba la cabeza delante del ordenador buscando la inexistente luz entre las nubes negras, los operarios del circuito Villeneuve, con el agua a la altura de los tobillos, buscaban las tapas de las alcantarillas para abrirlas y evacuar en lo posible las enormes balsas existentes en cada recodo del trazado canadiense. Para entonces, los espabilados estrategas de la Scuderia ya habían arruinado las opciones de Alonso y, va siendo hora de que lo reconozcan, su inoperancia anegó definitivamente el Mundial 2011. Salvo hecatombre histórica de Red Bull, el título tiene nombre y apellido: Sebastian Vettel.

El alemán y su equipo son eficaces al volante y en el muro, respectivamente. Sin bandazos ni alharacas, se dedican a sumar pole tras pole los sábados y a administrarla cada domingo. Básicamente, se ciñen al guión de la F1, buscan los recovecos técnicos en el diseño del bólido y corren más que nadie. Sencillo y eficaz. Sólo un exceso de confianza le costó ayer el triunfo ante Button en la última vuelta.

Todo lo contrario de lo que hace Ferrari. El equipo rojo malvive de las pingües rentas que le proporciona su leyenda. Pero, dormidos de complacencia sobre las míticas siete letras de una marca reconocida en todos los confines de la Tierra, su prestigio en F1 se desangra con actuaciones como la de ayer. Erraron con Alonso y ni siquiera fueron capaces de copiar con celeridad y eficacia la parada de Vettel, porque en un visto y no visto Massa perdió el segundo puesto, se le coló Kobayashi y la bandera roja arruinó sus aspiraciones.

La escudería italiana paga cara la artificialidad de su propuesta. Para auténtico, Hamilton. Al inglés le resbala, nunca mejor dicho durante la jornada de ayer, todo lo que se cuece a su alrededor. Le piden mesura, le ruegan prudencia pero él, en cuanto se da la salida, pisa el acelerador y no conoce a nadie. Ni a Webber, con el que colisionó en cuanto el coche de seguridad, tras el que arrancaron todos en fila india, se retiró. Ni a Schumacher, con el que se rozó segundos después. Ni Button, al que acosó sin recordar, ¿o sí?, que se trata de su compañero de equipo. Aprovechó una recta para intentar adelantar a Jenson por la izquierda, pero este, en su intento por proteger la posición, embistió a Lewis y le obligó a abandonar.

Ferrari ni siquiera fue capaz de recapacitar durante las dos horas que estuvo detenida la prueba. Cuando se reanudó, y tras nueve exageradas vueltas detrás del coche de seguridad, el asfalto estaba ya tan seco que hubo que acudir con urgencia a cambiar las ruedas de lluvia extrema por las intermedias.

Desde el muro italiano, un desastre, ordenaron entrar a sus dos bólidos en el mismo intervalo. A Massa, que iba tercero, le tocó primero, así que Alonso tuvo que esperar unos segundos preciosos y volver a la desesperada. El sufrimiento no duró mucho. Justo lo que tardó Button en ejecutar otra defensa polémica. Cuando el Ferrari rebasaba al McLaren, este le dio un toque con la rueda delantera izquierda en la trasera derecha, el F150 trompeó y quedó literalmente suspendido sobre un piano, sin posibilidad de traccionar. Colgado sobre la panza, la grotesca figura del Ferrari de Alonso refleja una larga tarde de ridículo.