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Apuesta por la ruindad

El Numancia empata en el último instante ante un Atlético reservón.

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La apuesta de Aguirre y de quienes le mantienen, no se sabe por qué  razón, amarrado al banco colchonero, amenaza con erosionar seriamente la grandeza de una entidad, el Atlético, que bastantes mordiscos ha recibido en su dignidad durante los últimos años. Lo peor no fue perder dos puntos vitales en el suspiro final, de penalti y en el último de los cuatro minutos añadidos por el árbitro más allá del noventa. Lo verdaderamente sangrante es que fue un castigo merecido. Incluso suave para los deméritos del grupo madrileño.

En lo bueno y en lo malo, el Atlético es transparente. Líneal, plano y soporífero como equipo. Brillante, espectacular y letal cuando aparecen sus figuras. Simao, Agüero y Forlán sostienen, a duras penas, un proyecto mal diseñado y peor gestionado. Sus apariciones, en solitario o poniendo en común sus respectivos talentos, provocan goles como el que  abrió el marcador.

Un destello de Simao buscando, y encontrando, la espalda de la defensa soriana y el eficaz latigazo de Forlán taparon un primer tiempo aburrido. Lo mejor que se puede decir hoy del fútbol que Aguirre ¿transmite? a sus pupilos es que, como sucedió antes del descanso, el Atlético es capaz de controlar sin excesivos agobios a un modesto como el Numancia. A base de toques inocuos e insulsos mantiene el balón alejado de su área y, si el excepcional trío atacante atisba un hueco, su poderío destroza a cualquier rival. Eso es todo.

Sucede que tanta y tan reiterada sosería acaba contagiando a los buenos. A esos a quienes, más por obligación que por devoción, acaba recurriendo el entrenador mexicano. Pero, a lo mejor, ya es tarde. Futbolistas de postín como Kun o Forlán se cansan de bailar en el alambre. De tener que sacar cada tarde un conejo salvador de su chistera. Y conste que lo intentan.

Aguirre prefirió no desvelar lo sucedido en el vestuario durante el intermedio, pero el resultado fue, simplemente, horroroso. Y miserable. El Atlético reculó con estrépito, el Numancia creció y, fruto de dos factores tan simples y compelmentarios, las oportunidades castellanas florecieron con descaro. Hasta que llegó el gol, de penalti, sí, pero merecido por los sorianos, que treminaron por amargar al Atlético.