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Banega manda y Soldado concreta

El Valencia mantiene el pleno con una lección del medio argentino

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Hay veces que el fútbol es una cuestión de personalidad. De que un futbolista diga aquí estoy yo; para jugar y para hacer jugar al resto. Eso es lo que hizo ayer Banega en El Molinón. Levantar la mano, pedir la pelota y dirigir a su equipo hacia una victoria que le ha situado en lo más alto de la tabla, a falta de lo que hagan estanoche el Madrid y el Betis.

Estaba el partido con el Valencia dominando en la nada desde el inicio. Acusaba la timidez inicial de Canales y la vertiente más funcionarial de Albelda en la salida del balón. A medida que han ido pasando los años, Albelda parece haber encontrado su longeva supervivencia en la colocación para dar equilibrio y en el riesgo cero con el balón. Tenía la pelota el Valencia, pero no atravesaba líneas con ella. Un toque autoritario en la intención de dominar, pero insulso por horizontal.

En ese punto fue donde emergió Banega, que no conoce el miedo ni en el inicio de la jugada ni en la línea de tres cuartos. Por muchos momentos hizo de Albelda y Canales con la jerarquía que da el manejo de la pelota. Le dio igual driblar en su campo o en el contrario. Estaba en uno de esos partidos en los que un futbolista siente que no hay quien le saque la pelota. Se sintió el mejor de los 22 que había sobre la hierba. Lo mismo escondía el balón pisándolo y repisándolo que lo protegía con el cuerpo. Y después, tac, un pase para abrir el campo. Banega firmó una clase magistral de fútbol autoritario y a partir de ella creció todo el arsenal del Valencia. Empezó a hurgar Jonas por detrás de Soldado, Canales a descubrir algún pase y Pablo y Jordi Alba a atreverse con el regate. El único que no se había sumado al ruido de esa artillería era Soldado. Hasta que apareció para remachar un despeje de Juan Pablo a disparo de Jonas.

A Soldado, máximo goleador con cinco tantos, que le gusta guerrear y el intervencionismo machacón, se le ve que está de dulce. Tocó su primer balón para ganar el partido y volvió a desaparecer. Cuando emergió en el segundo tiempo fue para hacer una gran jugada individual que le sacó Juan Pablo.

Sólo al final, el Sporting apretó al Valencia, más pendiente ya de las contras que pudiera montar con la velocidad de Piatti. En la jugada de más apuro, un disparo que se envenenó con una parábola traicionera, Guaita justificó con una mano prodigiosa por qué Diego Alves no le desbanca.