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El Barça vive a cuerpo de rey

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Capdevila dice que el Barça tarde o temprano deberá perder, pero quizá se refiera a otra Liga o a otro siglo. Ahora mismo, no hay equipo capaz de hacerle daño. Al menos en la península ibérica, donde el Barcelona vive a cuerpo de rey. Gana sin fatiga y juega como los viejos maestros del jazz. Su realidad imita a la perfección, con un poder terrible sobre la pelota.  Así se justifica que los rivales se sientan invadidos antes de saltar al césped.

La prueba más rotunda fue el Espanyol, que nació como murió, sin cultura competitiva. Su derrota arrancó antes de que llegasen los Reyes, en la misma mirada de sus futbolistas, sin los ojos vidriosos siquiera de los supervivientes. Ajeno a todo, no fue dueño de nada el equipo de Aguirre, que no protegió ni el orgullo.   Todo eso provocó un partido a la carta para el Barça, en el que no se cuestionó ni uno sólo de sus deseos. ¿Qué clase de partido se puede relatar así?

En realidad, el partido duró diez minutos, que fueron los que el Espanyol tuvo  algún derecho a soñar. Pero una vez que marcó Xavi, autorizado por Iniesta, el marcador perdió la paciencia. A la media hora, el Espanyol, con cuatro goles en contra, ya estaba en los tribunales. Quizá en otra época sería una enormidad, pero ahora mismo es la lógica que expresa la estadística con fe. El 78% de la posesión fue del Barça. En realidad, el partido se jugó en un solo campo y con una sola declaración de intenciones.

Jugó el Barça la pelota como se hace en las playas de Copacabana, sin inconvenientes en ninguna parte. Ni siquiera en la línea de fondo, donde los defensas exponen sus cicatrices y centímetros como bandera. Al menos, otros defensas que no sean tan tímidos como los del Espanyol. Frente a esa gente, el Barça sentenció por cuatro veces la portería de Casilla. El portero asistió a su fusilada con 'honestidad intelectual', como diría nuestro rey. Casilla no perdió la vista a ningún balón, aunque eso no le defendió ante lo imposible. Hay balones fueron del alcance de los porteros en el Camp Nou y, naturalmente, en Copacabana, esto será así siempre.

El Barça tiró con todo clase de argumentos. Nada nuevo en un equipo, donde la pelota es una muñeca de porcelana. Por eso sus jugadores deciden con esa calma en el área y da igual quien sea el editorialista, sea Pedro, Iniesta, Cesc o el mismo Messi. Pero quizá  anoche enseñó un futbolista sin tantas posibilidades, como esos, con la pelota y que cada día que pasa parece más imperial. Se trata de Busquets que, hasta hace un par de años, se distinguía por ordenar las calles y facilitar la vida a  los demás. Hoy, sin embargo, es algo más que un ejemplo de solidaridad. Ha adquirido una seguridad que le aproxima al Beckenbauer de los setenta, a ese tipo de futbolista total destinado a  marcar una época lejos de la portería contraria.

Anoche, Busquets se permitió tirar un pase desde treinta metros, con una autoridad descomunal. Su destino fue el programando, el pie izquierdo de Pedro que, en las condiciones justas, superó a Casilla. Logró el tercer gol, el segundo de los suyos, uno más para la estadística de un Barça infinito. Las sorpresas no forman parte de su vida. Hasta ese punto llega el gobierno del equipo de Vilanova, que casi ni salió del banquillo. No hizo falta, en realidad.

El partido no prosperó a ningún lado en la segunda parte. Los imposibles no firman parte de la vida del Espanyol, un juguete más en el día de reyes con la diferencia de que este juguete estaba llenó carbón, con futbolistas cabizbajos en todas las líneas. Su vida, incluso, se aproximó a lo injustificable. Asistió a su funeral con una resignación de años. Su complejo de inferioridad empezó antes de que la pelota llegase al césped. Estuvo en la mirada como nunca se hubiese imaginado en los tiempos en los que este equipo tuvo futbolistas con la reputación de Iván de la Peña o Tamudo. Pero esos eran otros tiempos en los que el Espanyol cogía la pelota y la armaba en el Camp Nou.

Ahora, ya no hay gente así en el Espanyol, cuya reputación se ha vuelto peligrosamente conservadora. Quizá también sea el reflejo de su entrenador, Javier Aguirre, uno de esos tácticos que sueñan con partidos programados, uno de esos  tipos tan realistas que, a veces, desconfía de la ambición.  Así que un hombre así nunca tendría lugar en el Barça de Messi. O de Busquets al que ya sólo le falta tirar un pase de treinta metros en una final de Champions. Pero todo se andará. El tiempo es otra de las cosas que sobra a ese muchacho.


Barcelona: Valdés; Dani Alves, Piqué, Puyol, Jordi Alba; Busquets, Xavi (Thiago Alcantara m. 64), Fabregas (Villa m. 66); Iniesta, Pedro (Alexis m. 75) y Messi.

Espanyol: Casilla; Javi López, Colotto, H. Moreno, Capdevila; Forlín, Víctor Sánchez; Baena (Christian Alfonso m. 60), Verdú (Stuani m. 64), Simao; Sergio García.

Goles: 1-0 M. 10. Xavi sólo debe empujar el pase de Iniesta. 2-0. M. 16. Pedro, con la rodilla tras un remate de Messi que salía desviado. 3-0 M. 27. Pedro, tras un pase excelente de Busquets, pica el balón con la zurda ante Casilla. 4-0 M. 29. Messi, de penalti.

Árbitro: Gil Manzano. Amonestó a Casilla, Baena, Stuani y Héctor Moreno. 

Estadio: Camp Nou.