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La calabaza se convirtió en carroza

La contracrónica de la final del Mundial

LADISLAO JAVIER MOÑINO

Las ganas de sentir te pueden llevar cuatro horas antes del partido a escuchar el silencio de un estadio que será el ombligo del mundo. Un rectángulo en el que en unas horas cada gesto técnico, cada gota de sudor, tendrá una trascendencia universal. Un tapete emocional del que surgirá una división innegociable; la victoria o la derrota, el drama o el extásis elevados a la máxima exponencia del tremendismo. La calabaza que representa el Soccer City es naranja por dentro; la obviedad la construye el color de los asientos. ¡Joder! Holanda juega en casa.

Una cámara cenital reflexiva se puede elevar hasta abandonar esa silenciosa calabaza que antes de las ocho y media se convertirá en una carroza de pasiones por la gracia de la magia del balón. Soweto vive al lado como testigo inéquivoco de que el fútbol del primer mundo estuvo allí. En los alrededores del estadio, el color naranja también predomina. La Holanda cervezera y ruidosa es una de las marabuntas futboleras más fieles que existen.

Un grupúsculo de aficionados españoles, que forman islostes de cinco o seis en medio de ese mar fluorescente, pelotea con un balón, cerveza en mano. Un holandés osado se atreve a interrumpir el rondo y la pelota no le hace caso. 'No sabe, no sabe', le corean los camisetas rojas. El estilo de España ha creado una cultura de exigencia en el que por un toque mal dado en la calle puede generar cierto aire de menosprecio.

El Soccer City se volvió negro con los focos encendidos; salió Mandela

La calabaza se vuelve negra antes de que el láser dibuje uan ceremonía de cláusura innovadora y emotiva. La propia tecnología punta le hace un homenaje al papel, al entañable periodismo de hoja y tinta. Las imágenes plasman sobre el césped una portada en la que se van sucediendo los personajes y los momentos más sigulares de este Mundial. Shakira irrumpe a cadera sensual con el 'Is time for Africa'; que el futuro no la de lado.

Otra vez la calabaza vez se vuelve negra, pero están encendida toda la batería de focos de luz artificial. Mandela aparece en un coche eléctrico para ser homenajeado por esa guerra que ganó desde la razón humana. Cannavaro deposita la Copa del Mundo en lo que es una señal del cambio de orden mundial en el fútbol. En cuatro años, España le ha enseñado al mundo que la pelota nació para ser jugada.

La otra batalla empezó a continuación. Es de tacos afilados y la inicia Holanda. En ese fútbol Van Bommel representa la traición de esta Holanda a su historia. Aunque hubiera ganado no habría sudo tan recordada como la del 74 o la del 78. Campeón o no, no, Van Bommel hubiera tenido cabida en el olimpo del deporte. Bajo esos parámetros, el tapete emocional fue in crescendo hasta llegar a esos 30 minutos en el que las pusaciones conforman una tamborrada que hizo explotar Iniesta. Se fue al córner y desapareció entre la melé eufórica.

Cuando se levantó en su camiseta había una dedicatoria para Jarque, un homenaje a la altura infinita de sus sentimientos. Un homenaje que conllevaba al mismo tiempo que las lágrimas de Casillas brotaran de emocion cuando el inombrable colegiado dictaminó que España era campeona del mundo por primera vez en su historia. Que la calabaza se convertía en carroza y esta vez no eran sueños futboleros.

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