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Cambio de baremo tras la lesión de Leo

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Resulta complicado medir la capacidad que tienen de influir en el mundo futbolístico sus protagonistas más prestigiosos, sus caras más conocidas. Una caída aparatosa de Cristiano o Iniesta, una lesión de Messi, un enfado de Guardiola o una queja de Mourinho pueden repercutir, de manera consciente o inconsciente, en el comportamiento de los árbitros, constantemente cuestionados por sus decisiones.

Por lo visto, en las últimas semanas las grandes estrellas están ganando la partida a los futbolistas contundentes a la hora de generar entre los árbitros una especie de psicosis que les lleva a mostrar tarjetas rojas con mayor facilidad.

El último polémico episodio de esta historia tuvo lugar el sábado en San Mamés. Una entrada dura de Amorebieta sobre Iniesta, pero en un intento por jugar el balón y sin posibilidad de hacerle daño, fue suficiente para que Lahoz expulsara al defensa vasco en el minuto 35. De poco sirvieron las protestas del equipo local, que continuaron ayer. 'Es inevitable que haya lances con contacto. Antes del partido estábamos viendo un partido de liga inglesa y en diez minutos hubo cuatro entradas similares que no tuvieron ni amonestación', denunció Aitor Ocio.

El debate que se abre ahora es si el baremo de los árbitros ha cambiado desde que se armó el gran revuelo tras la lesión sufrida por Messi a raíz de la durísima entrada, con pisotón incluido, que le propinó Ujfalusi. Las imágenes de sus tacos clavándose en el tobillo, repetidas de manera reiterada, y del gran hinchazón en el pie del argentino, han calado en el imaginario colectivo.

Tras el encuentro, Guardiola apareció por la sala de prensa más enfadado que nunca. Al mismo tiempo, resonaban las palabras de Mourinho pidiendo 'protección' a jugadores como Cristiano. Sólo tuvieron que pasar tres días para que precisamente el portugués recibiera una entrada, dura pero no violenta, del espanyolista Galán, que vio una roja directa del todo desproporcionada. Tanto, como lo fue el sábado la de Amorebieta.

En una competición en la que Barça y Madrid tienen a los mejores jugadores y se presumen como únicos candidatos al título, resultará muy complicado para los colegiados encontrar el justo medio entre protegerles de la agresividad o la violencia de los equipos inferiores sin, por ello, caer en la trampa de la sobreactuación y las quejas de los poderosos.