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El castigo de Contador

Frank se adjudica un triunfo pactado entre los del Saxo y el español en el último descenso. Alberto rompe a Kloden con un ataque en la Colombiere y los Schleck se apoderan del podio tras una jornada intensa

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El Tour se mueve por una continua rutina de vanidades. Algunas no paran de anunciarse en los papeles. “¿Qué quieren, que no pueda volver a Francia?”, respondía Bruyneel estos días de atrás ante el dominio del Astana en el podio. Era su escenario ideal. El Tour del estás conmigo o contra mí (y Armstrong) en su propio equipo. Un chiringuito sin feeling entre los compañeros.

Nada que ver con el Saxo Bank. Allí dos hermanos, los Schleck, fomentan la solidaridad. Andy, a rueda de Fran. “Todo lo bueno que consiga mi hermano es también mío”, repite Fran. Su fatiga siempre ha dado éxitos a la familia desde los campeonatos juveniles en Luxemburgo. Fue entonces cuando Frank empezó a controlar, con miradas furtivas, la sombra de su hermano Andy. Siempre detrás de él, como ayer en La Romme, otro puerto desconocido en el Tour, que empezó a sacudir vanidades.

Como la de Sastre, que se dio de bruces contra su realidad, después de una ataque que le condenó a una de las últimas filas del ostracismo. “Sabía que era la única oportunidad que tenía de romper la carrera y ponerla a mi favor. No ha podido ser, han sido más fuertes que yo, lo han sido durante todo el Tour y no hay que darle más vueltas”, se convencía.

Su castigo se recreó ante el regocijo de los Schleck. Un automatismo en la fatiga que destrozó al Astana por capítulos. Armstrong cedió primero, como en el pequeño San Bernardo. Su pedalada parece haber entrado en un estado de ansiedad que no acata el paso del tiempo. Ya no está para ese punch que esconden las piernas de Contador o de los Schleck. Y él es consciente de ello. Por eso, después del sonrojo en Verbier, ha reformulado su futuro alrededor de la paciencia. Lo que significa dejar hacer a los jóvenes, darle libertad a sus ataques libertinos, para aparecer en el segundo plano del sufrimiento, antes de un último revolcón de vatios en busca de la eterna juventud. El martes funcionó, pero ayer, después de tres puertos y muchos kilómetros, Armstrong entendió -sí es que no lo sabía ya- que lo suyo es correr para hacer negocios. Otros, como Contador y los Schleck, corren, sin embargo, para ganar carreras.

Una apuesta sincera por el amarillo en la que Contador es su máximo referente. Tras cuatro ataques de Andy y Frank, la compañía se reducía al de Pinto y Kloden en la cima de La Romme. Por allí, la alianza de Wiggins, Vande Velde y Nibaldi, de la que no participó Arms-
trong, comenzó con su implacable demora (un minuto). Un retraso que siguió manifestándose en un descenso que plasmó, de nuevo, la hermandad del Saxo. Porque Frank no paró de marcar a Andy el tempo de la etapa.

Se dejó caer hasta el coche del equipo para acercarle la comida, le esquivó de los peligros de la trazada y no paró de estudiar los gestos de Contador y Kloden en busca de un resquicio para la esperanza en la Colombiere. Sus rampas abrieron el diálogo entre los dos Astana. Una conversación que acabó con un par de negaciones de Kloden. “Le he dicho que iba a atacar y que cómo iba él. Me ha dicho que tirara para arriba”, explicaba Contador. Su cambio de ritmo ágil, alegre, elegante, abrió otra nueva vía a la polémica en el equipo cuando Kloden no pudo con más sufrimiento. Entonces, surgió el arrepentimiento de Alberto y las miradas continuas en busca del compañero que se había quedado por el camino. Entendió el calado del castigo.

Su error le dejó a merced de los Schleck que cambiaron el premio del amarillo de Andy por la doble recompensa para los hermanos. En el paquete de la negociación, Frank se repartió la etapa y el tercer puesto. Andy, el paso siguiente al amarillo, y poco más de minuto y medio ante Armstrong de cara a la contrarreloj de hoy que podría intercambiar caras en el podio. “Dije que estaríamos los dos en el podio y me dijeron que estaba loco. ¿Veis cómo no es imposible?”, defendía su padre Johnny Schleck, colmado de vanidad. No muy lejos, Contador seguía reflexionando sobre su castigo a Kloden. Estaba serio. Sin ningún resquicio de vanidad en el día que sentenció el Tour.