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¿Podría Catalunya ganar un Mundial?

Su once titular en fútbol tendría siete jugadores claves para Del Bosque y en baloncesto podría alinear un quinteto casi NBA: Sada, Ricky Rubio, Navarro, Pau y Marc Gasol

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¿Alguien se ha hecho esta pregunta? ¿Sería Catalunya una potencia deportiva si se independiza? ¿Podrían volver a ser Xavi, Pique o Puyol campeones del mundo como en Sudáfrica? ¿Sería posible volver a plantar cara a Estados Unidos en baloncesto? Son preguntas que, para Carme Forcadell, presidenta de la Asociación Nacional de Catalunya, ya no parecen tener sentido. 'Nos hemos cansado de España', dice, 'y España se ha cansado de nosotros'. La realidad es que los miles de catalanes que se manifestaron en la Diada de la Independencia el 11 de septiembre apoyaron esa idea, entre ellos Pep Guardiola con su voto desde Nueva York. Porque aquel día, Catalunya se expresó en voz alta: 'Hemos demostrado que queremos ser un Estado de Europa. No podemos esperar más'.

El deporte es importante, pero no fundamental en la vida de una nación. Al menos, así lo interpreta Catalunya, que ocupa una superficie de 32.000 kilómetros cuadrados con un total de 946 municipios, en los que habitan 7.504.881 personas. Y, entre ellos, se podría formar un once para competir en el próximo Mundial de Brasil 2014 que integraría a Valdés en la portería; Montoya, Puyol, Piqué, Jordi Alba en defensa; Busquets, Xavi, Cesc, Verdú en medio campo; Tello y Bojan en la delantera. Jugadores como Cuenca, Didac, Javi Márquez, Víctor Ruiz... completarían un equipo que manifiesta un gran carácter competitivo.

De hecho, integra a siete futbolistas fijos en la lista de Del Bosque. Así que la gran perdedora debería ser España. Se desprendería de golpe del termómetro de su medio campo: Xavi y Busquets.

La otra gran leyenda del pasado verano fue la plata de baloncesto en los Juegos de Londres. Si Catalunya se independiza, España se quedaría sin tres jugadores que fueron decisivos (Navarro y los hermanos Gasol, Pau y Marc), perdería a uno de sus bases suplentes (Sada) y a la mejor alternativa de futuro (Ricky Rubio). Catalunya podría alinear de entrada ese quinteto: Sada; Navarro, Ricky; Pau y Marc Gasol. Su problema estaría en el banquillo.

De ninguna manera tendría la profundidad que tuvo Scariolo en los Juegos. Pero en Catalunya cuando se habla de independencia siempre se pone de ejemplo a Lituania en baloncesto. La independencia no le impide cada verano desafiar a los mejores.

La realidad es que en algunos deportes no hay ejemplo que valga. Para España, sería imposible mantener el nivel en hockey sobre hierba o en waterpolo. Si Catalunya se independiza, España se quedaría desnuda en hockey sobre hierba. Su corazón y su cerebro son los jugadores catalanes: Sergi Enrique, Fabregas, Roc Oliva, Santi Freixa, los hermanos Alegre.... En waterpolo prácticamente pasa lo mismo. Iñaki Aguilar, Albert Español, Xavi García, Blai Mallarach, Marc Minguell... Sin ellos, todos catalanes, España pasaría a la cola en estos deportes que, en los Juegos Olímpicos, casi siempre batallan por la medalla.

La noticia sería desagradable, pero si Carme Forcadell lleva razón 'y Catalunya se ha cansado de España...' La consecuencia es que difícilmente se volvería a repetir un oro olímpico como el del waterpolo en los Juegos de Atlanta 96. Pero ese es el precio de determinados sentimientos.

Por lo demás, Catalunya se quedaría con opciones individuales importantísimas como Mireia Belmonte en natación; Purito Rodríguez en ciclismo; Dani Pedrosa en Moto GP; Jaime Alguersuari en Fórmula 1. Y, por supuesto, en la sincronizada. No atraviesa, sin embargo, sus mejores tiempos en tenis dado que gente como Corretja, Costa, Robredo..., por no remontarse a la época de Andrés Gimeno o los Sánchez Vicario, no han encontrado un gran relevo. Igual pasa en atletismo. Una vez que se retiraron María Vasco de la marcha y Reyes Estévez, el último gran corredor español de 1.500, las mejores opciones de Catalunya se remiten a Mullera en 3.000 obstáculos; Castillejo en maratón e, incluso, Natalia Rodríguez en 1.500. Pero, a día de hoy, eso es poco para afrontar el futuro con optimismo. Al menos, en apariencia.